15 y último | Criptomonedas: ¿Libera tu mente?

Luis Salas Rodríguez

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Luis Salas Rodríguez

¿Recuerdan esa escena de Matrix I donde Morfeo enseña a Neo a saltar de un edificio a otro?
Una clásica de esta trilogía: como parte del entrenamiento para desenvolverse en la Matrix, Morfeo le dice a Neo que lo único que necesita es “liberar su mente”. Motivado, éste comienza a mentalizarse. Y agarra vuelo al tiempo que se repite “¡libera tu mente!” saltando hacia la azotea del rascacielos vecino. Lo único que ocurre es que inmediatamente cae al vacío como cualquier otro mortal hasta estrellarse contra la calle.

Una vez fuera de la Matrix, Morfeo le explica que en el mundo virtual puede igual morir, pues no está exento de las reglas del mundo real, como por ejemplo la gravedad. Estas reglas pueden torcerse e incluso romperse, pero lo que no se puede es actuar como si no existieran.

Algo similar puede decirse de las criptomonedas. Pese al imaginario ultrafuturista que las envuelve, y pese incluso a todas las novedades que, en efecto, implican con respecto a la era en que nuestros antepasados comerciaban con conchas marinas, morocotas, billetes de papel y hasta el propio dinero electrónico, en líneas generales, conservan las mismas reglas. Podemos torcerlas, adaptarlas y hasta ver cómo romperlas: pero lo que no podemos pretender es que no existen.

Una de esas reglas es el poder de emisión. En el mundo de las monedas reales se le denomina señoreaje. En el de las criptomonedas: minar. El mismo no solo implica un beneficio económico a quien lo posee (es decir, un ingreso que percibe quien emite la moneda por el simple hecho de hacerlo, como ocurre con Estados Unidos y el dólar). Sino también uno político: quien emite (o “mina”) asume potestades monetarias sobre la sociedad en la cual circula dicha moneda (se convierte en señor del dinero, en el sentido feudal del término). El papel histórico de los bancos centrales fue centralizar este poder para reducir el abuso que de él hacen los particulares y las desigualdades que conlleva.

Seguramente esto no se ha hecho del todo en el mundo, y en el caso del BCV, es evidente que hace rato abandonó su autoridad monetaria dejando el bolívar en manos de los usureros de todo tipo.

Pero no tener presente este detalle histórico-político a la hora de hablar de las criptomonedas en una economía como la venezolana puede pagarse caro. Para decirlo en criollo: supondría saltar de la sartén al fuego del descontrol y el abuso monetario.

En tal sentido, se saluda el anuncio del superintendente Carlos Vargas de que el petro no se minará por privados. Esto desató una polémica entre los fanáticos de las criptos, pues esa es justo su gracia. Sin embargo, el deber de un Estado es salvaguardar los intereses colectivos. Y en este caso, para hacerlo debe buscar conservar –o en todo caso recomponer, dado lo dicho del BCV– la autoridad monetaria pública.

Por cierto que, en 1940, cuando se creó el BCV, los bancos privados, que emitían monedas y guardaban las reservas en oro del país, se opusieron y hasta demandaron. Argumentaron que devolver el oro –que no era de ellos sino de la República– y dejar de emitir –por lo cual cobraban al Estado– afectaba sus intereses particulares. Y era cierto desde luego. Pero lo que privó fue el interés colectivo sobre el de unos privados y se impuso la medida. Cuenta la leyenda que el Banco Venezolano de Crédito en mano de los Mendoza nunca devolvió el oro. Y aunque en ese tiempo no había mundo 2.0, deberíamos recordar esa historia como moraleja cuando hablemos del petro, su emisión y su respaldo.


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