15 y último | Y tú ¿Lo sabías? Feminicidios

Jessica Dos Santos

Jessica Dos Santos

En los últimos meses han sido muchas las noticias sobre venezolanas asesinadas en el exterior. Y lo que es peor: van en aumento. Sin embargo, ha sido mínimo o profundamente injusto el tratamiento mediático que se les ha dado.

Las víctimas sufren en el país otra triple muerte: el silencio de los medios oficiales, que ignoran la información o la rozan a vuelo de pájaro, para no abonar en la tesis de la emigración masiva y la crisis humanitaria. El escándalo en los medios privados (incluyendo a los mal llamados “independientes”), que se aprovechan para abonar dicha matriz y reclamar una intervención extranjera. Y la indolencia de compatriotas de todas las tendencias, que afirman que se merecían lo que les pasó “por putas”, “porque nadie las mandó a irse”, o cualquier otra barbaridad, en ese raro afán que lleva a algunos a normalizar y hasta justificar los feminicidios.

Se trata de al menos 16 mujeres, venezolanas, jóvenes, asesinadas en: EE.UU., México (6), Panamá, Curazao, Colombia, Perú, Ecuador y Chile. Todas y cada una de estas muertes nos llevan a formularnos una serie de preguntas, en especial ante aquellos casos ligados al mundo de la prostitución:

¿Qué llevó a estas mujeres a dedicarse a esto? ¿Fue una “decisión personal” o formaron parte de una red de trata de mujeres que ha visto en la crisis venezolana un mar revuelto, ideal para pescar? Las venezolanas que se van, ¿conocen los riesgos a los cuales se exponen y qué hacer para tan siquiera minimizarlos? ¿Sabían sus allegados a qué se dedicaban o ellas aparentaban en Facebook un mundo idílico en el extranjero?, ¿Cuál fue y debería ser el papel de las embajadas venezolanas en estos países y ante estos casos? ¿Sus familiares recibieron algún tipo de apoyo?, ¿Quién les exige una respuesta contundente a las autoridades de estas naciones?, ¿Debería ser el Estado?

Si esto ocurriera en Venezuela, la Casa Blanca, por ejemplo, estaría exigiéndonos una explicación. O haría una alerta pública a sus ciudadanas para que tomen medidas preventivas especiales. Pero hoy las autoridades mexicanas intentan hacernos creer que la culpa es de las venezolanas porque son muy bonitas y enamoran a los narcos, ¡dígame las zulianas!

Por su parte, las autoridades ecuatorianas nos juran que una chica se ahoga con su propio vómito y por eso aparece a orillas de carretera desnuda y con las pantaletas en las rodillas, aunque luego hayan citado a un taxista a declarar sobre el suceso. Unos y otros nos hacen creer que si eres prostituta no tienes derechos. O peor aún: mereces la muerte.

No se trata tampoco de ocultar los feminicidios que se cometen en Venezuela sino todo lo contrario. Yo, de hecho, fui y soy la primera en cuestionar que el 8 de marzo de 2017 y de 2018, algunos estuviesen hablando solo de nuestros logros (que existen y son muchísimos), pero obviando los feminicidios en aumento, la violencia contra la mujer (incluso de figuras públicas), el ruleteo hospitalario al que están siendo sometidas nuestras embarazadas, la vuelta a la dependencia económica (de un hombre) por culpa de la crisis, las sutiles formas de prostitución, etc.

Hoy, mujeres, venezolanas, pelabolas, son las que tenemos por delante, empezando por la visibilización de lo que nos aqueja, para que “ni una menos” sea más que una simple consigna.


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