El arte del agravio

Christian Kupchik

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Resulta conocido el temor que inspiraba Winston Churchill en propios y extraños a raíz de su filosa lengua. Entre otros muchos episodios en los que brilló el sarcasmo y la maledicencia, se recuerda aquel que lo enfrentó a Lady Nancy Astor, primera mujer que ocupó un escaño en la Cámara de los Comunes por el partido de izquierda Sinn Fein. Enfurecida por una participación del líder conservador, Astor le espetó: «Si yo fuera su esposa le pondría veneno en su taza de té». A lo que Churchill, sin inmutarse, respondió: «Si yo fuera su marido, me lo bebería».

Es dado imaginar que este tipo de refriegas son naturales en el mundo de la política, pero también se extiende al campo del pensamiento y la literatura. Para seguir con el mismo personaje, ya que se le atribuían cualidades literarias además de las evidentes como estadista (no olvidar que se le concedió el Nobel a las letras en 1953), en 1914 otro Premio Nobel, el irlandés Georges Bernard Shaw, le envió dos invitaciones para que asistiera al estreno de su obra Pigmalión en el prestigioso Her Majesty’s Theatre de Londres, acompañadas con la siguiente nota: «Para que venga con un amigo (si es que lo tiene)». A lo cual Churchill respondió: «Me es imposible asistir a la noche inaugural, pero sin dudas iré a la segunda función (si es que la hay)».

Podría pensarse que esta versatilidad en el arte de la ironía y la ofensa responde a una tradición británica, y existen pruebas suficientes que sostendrían tal tesis. Se presume que hasta el propio William Shakespeare manejó con maestría la esgrima del vilipendio, como lo demuestran los duelos verbales de sus personajes, en donde los insultos y la humillación oral hacen contrapunto a otro tipo de combates, como los de las espadas o aquellos que tienen por escenario los pozos interiores del alma. Uno pocos ejemplos de su virulencia:
¡Que si tuviese un hijo, sea abortivo, monstruoso y dado a luz antes de tiempo, cuyo aspecto contranatural y horrible espante las esperanzas de su madre, y sea ésa la herencia de su poder malhechor! (Ricardo III, Acto I, Escena Tercera)

Fuera de aquí, hambriento, piel de duende, lengua seca de buey, bacalao… ¡Oh, si tuviese aliento para decirte a todo lo que te pareces! ¡Vara de sastre, vaina, mascarón de proa, vil espadín!… (Enrique IV. Primera parte, Acto II, Escena Cuarta).

¡No estás lo bastante limpio para que te escupa! (Timón de Atenas. Acto IV, Escena Tercera).

Demasiado directo, quizá. Se atribuye a Thomas De Quincey la historia por la que, durante una discusión, a cierto caballero se le arrojó un vaso de vino en el rostro. El afectado sólo apeló a replicar: «Esto, señor, es una digresión. Ahora espero su argumento».

De acuerdo a la crispación ambiente de los tiempos actuales, no resultará sencillo encontrar respuestas de este tenor, ni siquiera entre los flemáticos británicos. Aunque tampoco ellos poseen el monopolio de la elegancia en el agravio. En 1936 Jorge Luis Borges completaba su Historia de la eternidad con un breve ensayo que daba cuenta acerca del «Arte de injuriar». Allí, yendo de Groussac a Swift y de Johnson a Macedonio, intenta rastrear en la vituperación y la burla las raíces de un género literario poco explorado. Unos años antes, había publicado el artículo Quevedo humorista (1927), donde muestra una concepción del humor que no abandonará. Manifiesta en este escrito el desagrado que le producen los juegos de palabras y la «invención chocarrera» que asume como referencias a las alusiones sexuales, la escatología y la vileza:
Que esa fotografía basurera (la locución es de Paul Groussac) tenga gustadores, me extraña; que la encuentren alegradora, me maravilla. No sé qué pensar de esa superstición. (Textos recobrados, 2011, p. 284).

Un interés mayor, en cambio, le merece el retruécano, cuyo uso condena cuando tiene un “carácter serio” y hace responsable de “esta práctica aberrante” nada menos que a Baltasar Gracián, “que lo utilizó con verdadera exquisitez de mal gusto”, y a quien le dedica un demoledor poema que comienza diciendo: “Laberintos, retruécanos, emblemas, / helada y laboriosa nadería, / fue para este jesuita la poesía, / reducida por él a estratagemas”. Lo cierto es que a pesar de la laudatoria opinión que le merecen estos juegos, el propio Borges no se privó de utilizar estos artificios en numerosas ocasiones, ya bajo la máscara satírica o humorística, pero siempre con la finalidad de desairar e incluso despreciar las obras de otros colegas. Alcanzará con mencionar que se refirió al Nulario sentimental o el Roman-Cero de don Leogoldo Lupones; que cambió los nombres de conocidos escritores por los de Vega Lope, Zorrino de San Martın, Pablo de la Paz Roja, Enrique LaRecta, u Ortelli y Gasset. Al encontrarse con Gerardo Diego para recibir el premio Cervantes en 1980, planteó: “O es Gerardo o es Diego”; en tanto que no dudó en sindicar a García Lorca como «un andaluz profesional».
Juegos inocentes, se podrá coincidir, ante la acritud de la época. Incluso más tenues que los proferidos por otros grandes nombres de las letras. Aunque en Borges había mucho de juego: destrozó, por caso, el Ulises de Joyce cuando fue el primero en lengua castellana en descubrirlo, escribir sobre él y alabarlo a poco de publicado en inglés.

Distinto es cuando se busca profundizar una herida. Precisamente, existe un vocablo antiguo, el verbo «zaherir», que expresa con justeza el arte del insulto. Este último término se vincula a «saltar», en tanto se «arremete contra el otro». Injuriar, a su vez, tiene una raíz más formal que lo liga al derecho: el iure implica que la ofensa llega a los tribunales. Zaherir, en cambio, implica herir, lastimar, dañar. El participio za deriva de faz, rostro, con lo cual se completa el origen totalmente físico del vocablo. De modo que en cierto sentido zaherir es dejar una marca en el otro, una herida y, acaso, una cicatriz. Simbólica, claro, porque como propuso Freud, el deseo de luchar y batirse fue sublimado en el proceso civilizatorio por los debates intelectuales o, en el mejor de los casos, por agudezas, sátiras, apostillas hirientes. Acaso apegado a este sentido, Groucho Marx le respondió a un amigo que lo había traicionado: «Jamás olvido una cara, pero en tu caso estaré encantado de hacer una excepción».

A continuación, una serie de juicios y venerables duelos verbales que tuvieron como protagonistas a muchas de las mentes más brillantes de la civilización.

Nietzsche sobre Sócrates
Por su origen, Sócrates pertenecía a lo más bajo del pueblo: Sócrates era chusma. Se sabe, e incluso hoy se puede comprobar, lo feo que era.

Thomas de Quincey sobre John Locke
[…] creo que una objeción insalvable a la filosofía de Locke (si acaso hiciera falta) es que, aunque el autor paseó su garganta por el mundo durante setenta y dos años, nadie condescendió nunca a cortársela. (De El asesinato considerado como una de las Bellas Artes)

Gustave Flaubert sobre George Sand
Una gran vaca rellena de tinta.

Bertrand Russell sobre G. W. F. Hegel
La filosofía de Hegel es tan extraña que nadie habría podido esperar que lograse hacer que hombres cuerdos la aceptasen; pero lo logró. La expresó con tanta oscuridad que la gente pensó que debía de ser profunda. Puede ser fácilmente explicada con lucidez en palabras sencillas, pero en ese caso su absurdo se torna palmaria. (De Filosofía y política)

Oscar Wilde sobre G.B. Shaw
No tiene ningún enemigo en este mundo, y ninguno de sus amigos lo quiere.

Virginia Woolf sobre Joyce
Ulises es el trabajo de un estudiante despistado de preparatoria rascándose los barros.

Borges sobre Joyce
Creo que Ulises es un fracaso. Cuando se ha leído lo suficiente se saben miles y miles de circunstancias sobre los personajes, pero no se los conoce. Y pensar en los personajes de Joyce no es lo mismo que pensar en los de Stevenson o Dickens, porque en el caso de un personaje, en un libro de Stevenson, por ejemplo, un hombre puede que sólo esté presente en una página, pero se siente que uno lo conoce o que hay más de él por conocer. En Ulises se cuentan miles de circunstancias sobre los personajes: que han ido dos veces al baño, los libros que leen, sus posturas exactas cuando están sentados o de pie, pero, realmente, no se los conoce. Es como si Joyce hubiera pasado por ellos con un microscopio o una lupa.

Cyril Connolly sobre Orwell
No podía sonarse la nariz sin tener que moralizar sobre la industria del pañuelo.

Zizek sobre Chomsky
Bueno, con todo el profundo respeto que tengo por Chomsky, mi primer punto es que él que siempre enfatiza en cómo uno debe ser empírico, preciso, no solamente exclamar locas especulaciones lacanianas y todo eso… bueno, no creo conocer a ningún sujeto que empíricamente se equivoque tanto y en tantas cosas, ¡en sus descripciones, en cualquier cosa!

Este artículo de Christian Kupchik, lo hemos tomado de www.eternacadencia.com.ar

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