Sobre el mal y la tortura y la reafirmación de lo humano

JEAN-PAUL SARTRE | TRADUCCIÓN DE J. A. CALZADILLA ARREAZA

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Se nos ha enseñado a tomar en serio el Mal: no es ni nuestra culpa ni nuestro mérito haber vivido un tiempo en que la tortura era un hecho cotidiano. Todo nos demostraba que el Mal no es una apariencia, que el conocimiento por las causas no lo disipa, que no se opone al Bien, como una idea confusa a una idea distinta, que no es el efecto de pasiones que se podrían curar, de un miedo que se podría superar, de un extravío pasajero que se podría excusar, de una ignorancia que se podría esclarecer, que no puede de ninguna manera ser esquivado, retomado, reducido, asimilado al humanismo idealista, como esa sombra sobre la que Leibniz escribe que es necesaria al resplandor del día. Satán, dijo Maritain, es puro. Puro, es decir, sin mezcla y sin remisión. Hemos aprendido a conocer esta horrible, esta irreductible pureza: ella brillaba en la relación estrecha y casi sexual del verdugo con su víctima. Pues la tortura es primeramente una empresa de envilecimiento: sean cuales sean los sufrimientos soportados, es la víctima la que decide en última instancia sobre el momento en que son insoportables y en que se debe hablar; la suprema ironía de los suplicios es que el paciente, si muerde el anzuelo, aplica su voluntad de hombre a negar que él sea hombre, se hace cómplice de sus verdugos y se precipita por su propio movimiento a la abyección. El verdugo lo sabe, él acecha esta debilidad, no porque obtendrá de ella la información que desea sino porque ésta le probará, una vez más, que tiene razón de emplear la tortura y que el hombre es un animal que se debe llevar a golpes de fusta; de esa forma intenta aniquilar la humanidad en su prójimo. En sí mismo también, por contragolpe: esta criatura gimiente, sudorosa y mancillada, que pide clemencia y se abandona con un consentimiento pasmoso, con unos estertores de mujer enamorada, y entrega todo y se encarece con un celo iracundo sobre sus traiciones, porque la conciencia que ella tiene de hacer mal es como una piedra en su cuello que la arrastra siempre más abajo, él sabe que ella tiene su misma imagen y que él se encarniza sobre sí mismo, tanto como sobre ella; si él quiere escapar, por su cuenta, a esta degradación total, no tiene otro recurso que afirmar su fe ciega en un orden férreo que contenga como un corset nuestras inmundas flaquezas, dicho brevemente, poner el destino del hombre en las manos de potencias inhumanas. Llega un instante en que el torturador y el torturado están de acuerdo: aquel porque ha satisfecho simbólicamente, en una sola víctima, su odio a la humanidad entera, ésta porque no puede soportar el odio que se tiene a sí misma más que llevándolo al extremo y porque no puede sufrir su culpa más que odiando a todos los hombres consigo misma. Más tarde el verdugo será colgado, quizás; si ella se salva, quizás la víctima se rehabilitará: ¿pero quién borrará esta Misa donde dos libertades han comulgado en la destrucción de lo humano? Sabíamos que ella se celebraba un poco por doquier en París mientras nosotros comíamos, dormíamos, hacíamos el amor; escuchamos gritar calles enteras y comprendimos que el Mal, fruto de una voluntad libre y soberana, es absoluto como el Bien. Llegará un día quizás o una época feliz que, asomándose al pasado, verá en estos sufrimientos y estas vergüenzas, uno de los caminos que condujeron a su Paz. Pero nosotros no estábamos en el ámbito de la historia hecha; estábamos, lo he dicho, situados de tal forma que cada minuto vivido nos aparecía como irreductible. Llegamos entonces, a pesar de nosotros mismos, a esta conclusión, que parecerá chocante a las bellas almas: el Mal no puede ser redimido.

Pero, por otra parte, golpeados, cegados, rotos, la mayoría de los resistentes no hablaron; rompieron el círculo del Mal y reafirmaron lo humano, para ellos, para sus torturadores mismos. Lo hicieron sin testigo, sin socorro, sin esperanza, a menudo incluso sin fe. No se trataba para ellos de creer en el hombre sino de quererlo. Todo conspiraba a desanimarlos: tantos signos a su alrededor, esos rostros inclinados sobre ellos, ese dolor en ellos, todo concurría a hacerlos creer que ellos no eran más que insectos, que el hombre es el sueño imposible de las cucarachas y de las cochinillas y que ellos se despertarían parásitos como todo el mundo. Este hombre, había que inventarlo con su carne martirizada, con sus pensamientos hostigados que lo traicionaban ya, a partir de nada, por nada, en la absoluta gratuidad: pues es en el interior de lo humano donde se pueden distinguir unos medios y unos fines, unos valores, unos preferibles, pero ellos se encontraban aún en la creación del mundo y sólo tenían que decidir soberanamente si habría allí dentro algo más que el reino animal. Ellos callaban y el hombre nacía de su silencio. Nosotros lo sabíamos, sabíamos que a cada instante del día, en los cuatro rincones de París, el hombre era cien veces destruido y reafirmado. Obsedidos por estos suplicios, no pasaba semana sin que nos preguntáramos: «¿Si a mí me torturaran, qué haría?». Y esta única pregunta nos llevaba necesariamente a las fronteras de nosotros mismos y de lo humano, nos hacía oscilar entre el no man’s land donde la humanidad se reniega y el desierto estéril de donde ella surge y se crea.

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