Tzara

Gustavo Pereira

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[«Yo escribo este manifiesto para mostrar que pueden ejecutarse juntas las acciones opuestas, en una sola y fresca respiración; yo estoy en contra de la acción; a favor de la continua contradicción, y también de la afirmación, no estoy ni en favor ni en contra y no lo explico porque odio el sentido común», reza así el Manifiesto Dadaísta de 1968, cuyo principal impulsor fue el poeta francés de origen rumano Tristán Tzara. Padre de este movimiento de vanguardia que surgía en Zurich durante la Primera Guerra Mundial, Tzara adversaba el orden establecido y proclamaba la oposición a toda facultad lógica y racional, mientras que proponía la absoluta e indiscutible espontaneidad del arte, que se traduciría en libertad del hombre. Para celebrar los 121 años del nacimiento de este poeta, reproducimos el texto de Gustavo Pereira publicado en su libro El peor de los oficios (Fondo Editorial Fundarte, 2014).]

Tzara nació en Moinesti (Rumania), en 1896. Por 1916 se encuentra en Zúrich, donde en compañía de Arp, Ball y Huelsenbeck, funda el movimiento dadaísta.

Las contingencias que rodearon la vida de Dada han sido prolíficamente expuestas en varios libros (entre ellos los de Hans Ritcher, Georges Hugnet, Ribemont Desaignes, Michel Sanouillet, Nadeau, Huelsenbeck, etcétera). Todos coinciden en que nihilista en su esencia, Dada será sin embargo la semilla de la revolución estética que sacudiría a la Europa de la primera postguerra. Había nacido —diría más tarde Tzara— de una «rebeldía que era común a todas las adolescencias, que exigía una adhesión completa del individuo a las necesidades profundas de la naturaleza, sin consideraciones por la historia, la lógica, la moral imperantes». Honor, Familia, Patria, Arte, Religión, Libertad, Fraternidad, etcétera, de tantas nociones que responden a las necesidades humanas, apenas subsistían esqueléticas convenciones, porque estaban vacías de contenido esencial. Tzara vio en aquel orden injusto, que defraudaba toda sensibilidad, un blanco innoble y obligado: contra él arremetió.
Lo hizo primero para escandalizar. De este tiempo quedan tumultuosos recuerdos de sesiones frenéticas en Zurich y París. Cuando estalla la Segunda Guerra, Tzara adscribe al Partido Comunista Francés y hasta su muerte, en 1963, fue de aquellos hombres que dieron un contenido real a la idea de libertad.

La obra poética de Tristan Tzara es extensa e impresionante. Para él la poesía-actividad-del-espíritu es lo opuesto a la poesía-medio-de-expresión, es decir, la poesía latente antítesis de la poesía-manifiesto, aunque, precisa, «la primera tiende a integrar la segunda». Esta integración, legítima en todo verdadero poeta, es el paso de lo particular a lo universal. «La poesía no expresa una realidad —decía en una conferencia en La Sorbonne, en 1947—. Ella es, en sí misma, una realidad. Ella se expresa a sí misma. Pero para ser válida, debe estar inmersa en una realidad más extensa, la del mundo de los seres vivos». Y poco después: «La poesía es acción. No se deja encadenar en sistemas cerrados. Si la poesía no sirve al hombre, si no le ayuda a liberarse de sus apremios interiores, de orden moral, y exteriores, de orden social, ella no es más que objeto de goce, simple divertimento»:

He escuchado la queja he visto pasar a las gentes
encorvadas descuidadas bajo la sordera de la lluvia
cada uno llevaba en sí una parte de la claridad
ponía un freno a las alegrías anteojeras a los sufrimientos
oh vidas humilladas envueltas en angustias
vuestras heridas me hieren vuestras miradas de cuchillos
despiertan vidas vencidas para nosotros humillado
llevo la venganza antigua de vivir sin rugir.

Entre tantos defraudadores, la de Tzara fue una verticalidad de los sentidos, en comunión con los dictados de la razón. Por ello, tal como lo escribió, pudo, por fin, trasponer aquellos límites en los que son los demás quienes, haciendo de sus sueños estandartes, alimentan toda poesía: «El compromiso del poeta no es una acción que se relacione con la literatura, sino con la vida, en sus manifestaciones diversas. No tendré la pretensión de hacer creer que ciertos poetas de hoy han encontrado la fórmula mágica mediante la cual el hombre, uniendo el sueño a la acción, se ha reconocido consigo mismo. Sé que eso será posible en un mundo nuevo, en un mundo razonablemente, humanamente organizado. Otros problemas surgirán quizás en ese momento. No creo en un paraíso terrestre, porque a cada etapa de la evolución humana, todo se vuelve a transformar en objeto de conquista. El individuo no se afirma sino en la lucha, por la lucha».

Fragmentos de Manifiesto Dadaísta (1918)

DADA —ésta es una palabra que lleva a la caza las ideas; cada burgués es un dramaturgo en pequeño, inventa temas diferentes, en vez de colocar a los personajes convenientes al nivel de su inteligencia, crisálidas en las sillas, busca las causas o los fines (siguiendo el método psicoanalítico que él practica) para cementar su intriga, historia que habla y se define.

(…)

DADA NO SIGNIFICA NADA
Si a uno le parece fútil y si uno no pierde el tiempo con una palabra que no significa nada… El primer pensamiento que revolotea en esas cabezas es de índole bacteriológica: hallar su origen etimológico, histórico o psicológico, por lo menos. Por los diarios se entera uno que a la cola de una vaca santa los negros Krou la llaman: DADA. El cubo y la madre en cierto lugar de Italia: DADA. Un caballo de madera, la nodriza, doble afirmación en ruso y en rumano: DADA. Hay sabios periodistas que ven en esto un arte para los críos, y otros santos jesúsllamandoalosniñitos del día, el retorno a un primitivismo seco y ruidoso, ruidoso y monótono. La sensibilidad no se construye sobre una palabra; toda construcción converge en la perfección que aburre, idea estancada de una dorada ciénaga, relativo producto humano. La obra de arte no debe de ser la belleza en sí misma, o está muerta; ni alegre ni triste, ni clara ni oscura, regocijar o maltratar a las individualidades sirviéndoles pasteles de las aureolas santas o los sudores de una carrera arqueada a través de las atmósferas. Una obra de arte jamás es bella, por decreto, objetivamente, para todos.
La crítica es por lo tanto inútil, no existe más que subjetivamente, para cada uno, y sin el menor carácter de generalidad. ¿O acaso se ha hallado la base psíquica común a toda la humanidad? Quedan, bajo las alas anchas y benévolas del intento apocalíptico: el excremento, los animales, las jornadas. ¿Cómo es que se quiere ordenar el caos que constituye esa infinita informe variación: el hombre? El principio «ama a tu prójimo» es una hipocresía. «Conócete» es una utopía, pero más aceptable pues hay un contenido de maldad en ella. Ninguna piedad. Luego de la matanza nos queda la esperanza de una humanidad pacificada. Y hablo todo el tiempo de mí, puesto que no quiero convencer, no tengo derecho a arrastrar a otros en mi corriente, no obligo a nadie a seguirme y todo el mundo hace su arte a su manera, si es que conoce la alegría que sube en flechas hacia las capas astrales, o aquélla que desciende a las minas de flores de cadáveres y de espasmos fértiles.

(…)

Cada página debe reventar, ya sea merced a la seriedad profunda y grave, el torbellino, el vértigo, lo nuevo, lo eterno, merced a la burla aplastante, merced al entusiasmo de los principios o la manera en que queda impresa. Y queda un mundo bamboleante y los medicastros literarios con ganas de mejoramiento.
Yo se lo digo: no hay comienzo y nosotros no temblamos, no somos sentimentales. Nosotros desgarramos, viento furioso, la ropa de las nubes y de las plegarias, y preparamos el gran espectáculo del desastre, el incendio, la descomposición. Preparemos la supresión del duelo y reemplacemos las lágrimas con sirenas tendidas de un continente a otro. Pabellones de júbilo intenso y viudos de la tristeza de la ponzoña.

 

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