Juan Félix Sánchez, el gigante de El Tisure

Hoy se cumplen 20 años de la partida de este insigne creador andino

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Creador del pueblo

Su mundo fue la creación. Desde muy jovencito Juan Félix pintó murales de figuras religiosas y animales en las paredes de su cuarto. Luego ese espíritu inquieto se hizo titiritero, maromero, mago, sombrerero, tejedor, fabulador, artesano, en fin, creador del pueblo. Quienes lo conocieron refieren su alma noble, su sonrisa amorosa y su vocación por servir a Dios. Dicen que también era muy echador de broma, gran conversador y extremadamente solidario. Cada vez que alguien llegaba a su casa lo sentaba cerca del fogón a comer lo que tuviera, y les contaba cuentos, uno de sus favoritos era sobre Tinjacá y Nevado, de quienes por cierto hizo dos tallas en una hermosa madera que tomaba un color rosado, a la que llamaba quitasol.

Este cultor popular amó la naturaleza. Para él, Dios estaba en la naturaleza, en las plantas, en los animales y hasta en las piedras; y así, juntando piedras, colocando piedra sobre piedra, y piedra entre piedra, creó diferentes obras que se encuentran en San Rafael de Mucuchíes y en el Complejo del Tisure. Sobre las piedras decía Juan Félix: “La piedra se ha de escoger, es decir, el puesto que exige la piedra. Al ponerlas ellas van diciendo su lugar (…) Hay piedras bonitas, que son especiales para ciertas cosas. Y hay piedras que son feas, que no les hacemos caso, y esas son otras, tienen su puesto y son útiles así sean feas”.

Umberto Eco, quien tuvo la oportunidad de conocerlo, señaló: “Juan Félix Sánchez no es un artesano, no es un artista, no es un aficionado al bricolaje; es un asceta de la montaña, un visionario (…) A su vez, refirió sobre su obra: “hacia los tres mil metros, en un valle verdísimo, se ve una pequeña iglesia de piedra. A primera vista me recuerda a una parroquia románica entre Perpiñán y la frontera catalana, pero las formas son más libres. De cerca, ciertos toques materiales, me hacen recordar a Gaudí. La iglesia es inclinada, sinuosa, la pequeña nave está decorada con muebles casi zoomorfos, hechos uniendo troncos de distintos tamaños ya petrificados por la naturaleza. El altar evoca lo que por convención llaman art naïf, pero si el autor es un primitivo, sabe hallar soluciones técnicas de muy buen gusto”.

Por su parte, Rowena Hill refirió: “El respeto de la naturaleza y la colaboración con la misma que el concepto de conservación implica, son valores fundamentales en el mundo y en la obra de Juan Félix. Él mismo parece un árbol, que ha crecido lento y robusto en el páramo para prestarle su sombra a los caminantes y para dar su fruto a la hora de la madurez”.

Entrevistado sobre su hacer creador, Juan Félix, solía decir: “Por donde uno pasa, más que sea una huella ha de dejar. Uno debe procurar por lo menos dejar un recuerdo, o ser útil a la patria, no con aspiraciones de nada”. Y así vivió este humilde hombre del pueblo, labriego y comunero, conocido como el arquitecto del páramo y también como el gigante de El Tisure. A sus ochenta y dos años recibió el Premio Nacional de Cultura Popular Aquiles Nazoa, el Museo de Arte Contemporáneo le dedicó una exposición individual titulada “Lo espiritual en el arte” y se publicó el primer libro sobre su obra, Juan Félix Sánchez, elaborado por el Grupo Cinco. En 1989 recibió el Premio Nacional de Artes Plásticas.

Arte en las alturas

Nació el 16 de mayo del año 1900, en San Rafael de Mucuchíes, estado Mérida. Sus padres fueron Benigno Sánchez y Vicenta Sánchez. Estudió en la escuela sin grados de don Ramón Jáuregui, donde estuvo hasta los trece años. Creció entre bestias, la tierra productiva y la imponente presencia del páramo. Seguramente tenía tatuado en sus pupilas el verde jade de las hojas del frailejón y el amarillo intenso de sus flores. Ya, desde los diez años de edad, acompañaba a su padre al trabajo de la tierra. Además de la agricultura y la crianza de animales, de su padre aprendió a reparar y construir objetos de carácter utilitario. Fue su madre quien cultivó en él su amor a Dios.

Gracias a Isaína Dávila, madre de su compañera de vida y cómplice en su acción creadora, Epifanía Gil, aprendió a tejer. Sus tejidos no solo eran coloridos y de hermosos diseños, sino que con gran inventiva, creó un telar de tres lisos, con maderas de manteco, yaque, horquetero y quitasol. Sobre su artefacto contó: “con el pie piso los pedales y también hago girar el peine para apretar, así me salen distintas las tramas del tejido y es más rápido de hacer para facilitar estos quehaceres”. Con veintisiete años se encargó de la Secretaría de la Prefectura de San Rafael, y luego presidió por una larga temporada la junta comunal, donde entre otras cosas logra una turbina de electricidad para el pueblo. Fue un trabajador incansable y un gran servidor público. Recorría los pueblos vecinos para conocer sus problemas, y en cada visita también hacía espectáculos populares de magia para alegra a los lugareños. Vale decir que por su trabajo comunal, nunca recibió ni una puya.

En 1935 inició su obra escultórica con una talla de Cristo, la Virgen y la Magdalena, cuyo destino son desconocidos. Posteriormente, participó junto a la comunidad en la reconstrucción de la Iglesia de San Rafael de Mucuchíes.

El Tisure: lugar de devoción

Dos años después de la muerte de su madre se fue con Epifanía páramo adentro, donde desplegó sus capacidades creadoras en la construcción del Complejo El Tisure, integrado por una pequeña capilla dedicada a la Virgen de Coromoto, en cuyo interior hay una estampilla con su imagen, realizada en homenaje a los 300 años de la aparición de la Virgen. Seguidamente está otra capilla de mayores dimensiones dedicada al Dr. José Gregorio Hernández, para celebrar los cien años del natalicio del santo popular. Ambas, hechas de piedras y otros materiales naturales, y sin uso de cemento o argamasa. Junto a Epifanía, recogía piedras por todos lados y las cargaba al hombro. En estas andanzas, los acompañó Prometido, un perro que le regaló su compadre. Cuentan que un día, el compadre le dijo: “¡en el rancho le tengo el perro prometido!”, y entonces, cuando Juan Félix llegó a casa con el perro, le dijo a Epifanía que se llamaba Prometido.

Además de los monumentos de piedra, se encuentran en el complejo varias esculturas en madera, a través de las cuales representó con gran dramatismo la crucifixión de Jesús y el que cultor denominó El Calvario. Sobre El Tisure, Eduardo Planchart Licea señaló: “(…) la piedra habla, y muestra entre sus rigurosidades y diversidad un lenguaje que nos lleva a una vivencia de interioridad, que se concretó en ese asombroso “Complejo del Tisure”. Transformándose, así, en uno de los patrimonios espirituales y artísticos de mayor importancia para la Venezuela de hoy”.

En su diario, dedicado a estas construcciones, Juan Félix escribió sobre el día que llevó las piezas del Calvario: “El día jueves 1 de enero, y primero del año 1976, a las 10 de la mañana, cargamos con las cruces y todas las semejanzas que estaban en piezas, para ir a ponerlas en su puesto; primero clavamos el Cristo y enseguida amarramos a los ladrones en las cruces que hicimos, los hoyos, y los pusimos cada cual en su lugar, hasta las 4 de la tarde, y pasamos el día de año nuevo en una obra buena”.

En 1982, El Tisure fue declarado Monumento Nacional. Entre 1982 y 1984, construyó con sus manos y herramientas rudimentarias la capilla de San Rafael de Mucuchíes.

Juan Félix por voz propia

“Mi primera oración que empecé a aprender fue el Padre Nuestro que me enseñaron mi papá y mi mamá, y en los 84 años que tengo siempre me ha acompañado. Yo de religioso soy devoto de la Santísima Virgen, sea lo que sea, cualquiera de ellas, por eso cuando me fui al Tisure le hice una capilla chiquita a la Virgen de Coromoto y otra destinada para el Dr. José Gregorio. Después hice las tallas y las capillas grandes. Yo tenía de hace mucho la idea de hacer lo que se entiende por un Calvario y me puse a hacerlo (…) de mi imaginación (…) Esto le he hecho yo todo por devoción y creencia (…)”.

Al sitio de los sueños

El 18 de abril de 1997, Juan Félix, muy afectado de salud, se fue “al sitio de los sueños”. Su huella quedó en el páramo, en la belleza de la piedra sobre piedra que asciende al cielo como ofrenda y vehículo, para atraer hacia la tierra infinitas bendiciones.

Lorena Almarza

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