La poesía no la hace el individuo | Leonardo Ruiz Tirado

ALTA TENSIÓN La tensión entre el individuo poeta (podría decirse el individuo creador en cualquiera de los caminos del arte) y la sociedad contemporánea ha alcanzado, para bien...

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ALTA TENSIÓN
La tensión entre el individuo poeta (podría decirse el individuo creador en cualquiera de los caminos del arte) y la sociedad contemporánea ha alcanzado, para bien o para mal, un grado máximo en la era de la globalización, ya que las sociedades capitalistas, desarrolladas o no, siguen teniendo hoy más que nunca como epicentro de su concepción del mundo, una especie de darwinismo según el cual el más apto y más hábil para producir ganancia, excedente o plusvalía con su trabajo, es el mejor. Imagino que esa será una consideración que sigan haciendo las editoriales que imprimen libros de poesía para venderlos, o los grupos, clubes y corporaciones públicas o privadas que producen, acoplan, organizan y ponen en circulación las letras digitalizadas.

En la sociedad regida por estos principios, lo cualitativo cobra para el individuo la dimensión de una densidad que reposa, como todo producto no material (¿intangible, virtual?) dentro del capitalismo, en el prestigio privado; da la impresión de que sólo en esa esfera se realizasen o se cumplieran lo posible y lo otro, lo imaginario. Esto parece la contradicción que en efecto es. Lo que era ya en aquella escala prevista por Karl Marx cuando indagó la alienación como un proceso intrínseco al modo de producción capitalista.

Desde entonces quedó demostrado que la ideología capitalista se encarga de que parecer y ser constituyan una tensión «necesaria», «inevitable». El individuo escribe poesía. Yo escribo poesía. Tú escribes poesía. Y los libros que escriben/escribimos, malos o buenos, se venden o no. Importa poco que se lean. El asunto es que se vendan, sean consumidos, que tengan un impacto equis en el mercado. De la lectura tendría que deducirse, en la concepción capitalista, el que aquella confiera valor ideológico («plusvalía ideológica», llamó Ludovico Silva a ese valor agregado) al producto propiamente dicho, al que ostenta sin más su condición de valor de cambio.

Podría decirse en los mismos términos del marxismo clásico, que el valor de uso de una literatura, de los contenidos de una literatura, al constituirse en agregado del carácter mercantil del objeto o del vehículo que la hace descender al nivel del mercado, hace que dichos contenidos cobren fatalmente su dimensión ideológica, a menos que ellos se resistan expresamente a ese destino al precio de la condena y la marginación que ya sabemos le es inherente a todo producto resistente o refractario a la mercatilización.
O esto otro, dejando de lado al libro (al «real» y al virtual): lo importante no es ni siquiera la calidad de la obra como tal, sino el prestigio de quien la ejecuta de una manera lineal, sistemática. En su condición de productor de «ideología» (que de ese modo pasa a ser un sucedáneo de la cultura entendida como impulsadora de los cambios necesarios en la sociedad y en el individuo para su «bienestar»), el autor de poesía forma parte de un sector de la sociedad cuyo prestigio es adosado a quien edita y vende los libros, sea el Estado o sean las editoriales privadas (muchas de las cuales, dicho sea de paso, son subsidiadas por el Estado, al menos en Venezuela).

La internet ha diluido y ampliado ese problema en la vastedad virtual de una globalizada ignorancia de esta problemática que, cada día más, arrincona tanto a hacedores como a consumidores de poesía, no porque haya desplazado al negocio editorial tradicional, ni mucho menos porque impida que se continúe escribiendo todo tipo de poesía.

Desde la óptica de internet, el asunto habría que planteárselo de otro modo. Sabemos de la existencia de centenares de lugares en la web destinados a la poesía. Las estadísticas verifican la existencia de un vasto volumen de sujetos y destinatarios de «todo tipo de poesía». Virtuales o reales, tales destinatarios sólo pueden ser eso: volumen y número. Poesía de cualquier país del mundo. Poesía sobre el caballo o el plástico. Poesía y pájaro. Poesía cibernética. Poesía negra, blanca, índigo, ultravioleta. Poesía homosexual, heterosexual, transexual. Es posible establecer cualquier relación con la poesía; verla desde cualquier perspectiva a través de los vínculos que ofrecen, «gratuitamente» o no, los cada día más sofisticados mecanismos de la red. Las opciones son infinitas. La métrica ya no es aquella oscura prisión que espantaban a los antiguos versolibristas de comienzos del siglo XX, sino una herramienta más de estilos, marcos y formatos susceptibles de personalización las opciones de un vasto menú.

La máquina ha sustituido, en el autor y en el lector, aquella falsa y tan difundida necesidad que antaño provocaba la poesía de ser asimilada a las tres o cuatro metáforas postuladas por Borges. Y la ha sustituida por otra hipermetáfora no menos borgeseana: el infinito. Las opciones de la poesía han superado con creces la condición estadística que el mismísimo Borges consideró podría ser el quid de la democracia. Los mecanismos ideológicos se sublimizan, se hacen de una especialización tal, se afinan, se disfrazan y se entrampan a sí mismos, confundiendo muchas veces, casi siempre, incluso a quienes creen estar operando ideológicamente en sentido contrario a la reproducción de valor agregados a lo literario.

En ese mismo sentido operan, también a veces inconscientemente, quienes promueven y organizan los concursos literarios convencionales a través de los cuales los poetas (y los escritores en general) «se confrontan» en búsqueda de prestigio personal y de un puñado de dinero.

Pero lo cierto e inevitable es que todavía hay hombres y mujeres respirando detrás del poema, del libro, o hasta detrás de la biblioteca virtual. Se sienta en un cibe-café. En un banco de la plaza. Después de haber aplanado sus nalgas por cuatro horas de navegación en la red, entre sitio y sitio de poesía, sin siquiera abrir su laptop sino con un bolígrafo barato de ese que manchan la camisa o la cartera, garrapatean unos versos para esos utópicos, anónimos e «integrados» segmentos sociales que son los públicos lectores.

Escriben, como hace dos mil y pico de años, desesperadamente triste, alegres, eufóricos, deprimidos y, entre un verso y otro, abren un pequeño libro de bolsillo ¿de Whitman, de Ungaretti? No logro verlo bien desde acá. ¿Quién es ella? Evidentemente, no se trata del individuo poeta en tensión con la sociedad. Ese individuo en tensión pertenece al mundo del análisis, de la crítica, pero no a su mundo creativo.
El individuo poeta o poetisa, el lector o la lectora de poesía, estuvo/estuvieron sentado/s cuatro virtuales horas allá, ante el timón digital de su locura planetaria, de su net hipercolectiva y global. ¿Quién leía a quién allá, en esa contra-utópia nusquama de la red? ¿Quién escribió lo que de allá venía, fantasmal, bajo la forma (o la firma) de Safo de Lesbos, de Anacreonte , de Fernando Pessoa, de Abel Martín, de Lawrence Ferlinguetti, de Jenni Lim o de Amiri Baraka?
Pero es que, si a leer vamos, allá, esos, aquellos, no son ni individuos, ni países, ni sociedad. Son, ante todo, por encima de todo, por debajo, por los lados, desde adentro y desde afuera, máquina, nunca individuo, nunca sociedad; ni yo, sentado en este banco, sacando mi bolígrafo barato del manchado bolsillo de mi camisa, soy ya ni individuo, ni sociedad. O sí, soy individuo pero no sé cuál, quién, cuán individuo soy. Persona soy, pero en cuanto máscara. Soy sociedad, pero sociedad anónima. ¿No seré yo Microsoft mismo, u otra de esas sectas productoras de más y más riqueza material y de récords de venta y de consumo? ¿Soy acaso el conejillo de Indias provinciano y tercermundista en la boca del lobo de otro software que busca liberarse de las imposiciones y los controles ejercidos por la gran corporación?

Siento un ruido ensordecedor. Algo pasa allá arriba. Es un estruendo impropio de estas horas tan tempranas, aquí en la gran ciudad.

ÉTICA Y POESÍA
¿Puede la poesía, sin desnaturalizarse, sin desuniversalizarse, tener legítimamente la aspiración a pertenecer a una época, a un sentido de realidad, de patria? Puede hacerlo naturalmente, universalmente, porque su sentido es su patria y la imaginación de ésta es su única realidad. Su patria es el lenguaje compartido por un conglomerado humano, en un momento determinado de la historia y hacia todos los tiempos. Hecha de tierra y de hablas inventadas que incluyen respiraciones y silencios, pausas, ritmos y asombros cotidianos, ella —la poesía— siempre temerá perderse si la halan. Paradoja: una mínima demanda la desgarra, aunque darse sea un esencial don, su más alto y nunca bien cumplido deseo.

Como ella es otredad siempre, cuando se le aleja puede pretender conminarla a situarse, a exponerse, y ceder es en ese caso dar lugar al abandono. Y la realidad es que hay asunto y situaciones lejanos al interés particular de uno u otro autor de poesía que, sin embargo, son poesía para el otro, y he ahí el reino de la libertad y la tolerancia: asumir que eso otro sea, en legítimo derecho, poético.

Libertad y tolerancia suelen ser estremecidas cuando, en uno u otro lado, el poeta y la poesía actúan ya desde o hacia lo colectivo, ya desde o hacia lo individual.

El oficio poético dio al hombre la posibilidad de hacer patente la maravilla y el talante, desde luego compartidos con los otros, de atravesar la vida como dimensión ética. El brillo, o más bien la nitidez que la poesía confiere a la imaginación, no es cosa de mero contorno, de guarnición. Esa nitidez (que cuando no es brilo es justeza y equilibrio perfecto de lo nombrado y que puede ser también el misterio o la interrogación desde lo oscuro), la logran hombres y mujeres conscientes o intuidores del valor de uso que para la vida y su permanencia tiene la verdad poética en cuando ética.

Pero la intolerancia ha hecho que ciertos asuntos relacionados con la noción de ciudadanía, formen parte del catálogo de rechazos practicados por las minorías más reaccionarias y conservadoras del status quo. Así, por ejemplo, todo lo que huela a pueblo. La actitud olfativa es bien ilustrativa, toda vez que el pueblo parece inspirar el típico «asco de clase» que algunos poetas metidos a políticos transmiten al referirse a la imposibilidad de asociar pueblo y poesía como si ésta se asquease «naturalmente» del hedor «grueso» que exhalan las expresiones poéticas (y en general, culturales) del pueblo. Esos rechazadores han llegado a la descabellada pretensión de hacer creer a no se sabe quiénes que «el grueso del pueblo es incapaz de poesía», como si el don fundamental de la poesía, el lenguaje, no residiera, como en efecto reside, en el pueblo como su principal generador, portador y portavoz.

Fragmentos de «La poesía no la hace el individuo»,  publicado en Palabras de la polis (2008), de Leonardo Ruiz Tirado.

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