El pensamiento cristiano de Mario Briceño-Iragorry | Julio Borromé

En torno al proyecto racional materialista del siglo XVVIII y su nexo interior con la primera y segunda guerra mundial y la crisis de la iglesia, se juega...

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En torno al proyecto racional materialista del siglo XVVIII y su nexo interior con la primera y segunda guerra mundial y la crisis de la iglesia, se juega Mario Briceño-Iragorry el drama de su vocación cristiana —con sus vicisitudes pasionales y dudas determinadas por la angustia de finales del siglo XIX e inicios del siglo XX. Y por lo tanto también culpable. Culpable y caído en el horror de lo humano.

El pensamiento cristiano de Briceño-Iragorry evoluciona de un idealismo-místico hacia posiciones concretas a medida que los acontecimientos históricos mundiales y nacionales adquieren carácter apocalíptico y revelan el fracaso de la promesa universal de felicidad del hombre, a propósito del mito del Progreso.

Las razones de fondo de esa quiebra moral, teológica y filosófica sólo pueden quedar implícitas en el incumplimiento del proyecto moderno, definido por el bienestar económico que nunca alcanzó su realización plena y definitiva. Y también, al fracaso de la Iglesia europea, latinoamericana y venezolana, como esperanza de los pobres, más bien, su prédica desfavoreció toda esperanza de los desheredados y condenó los principios de la Teología de la Liberación.

El positivismo y el pragmatismo fase culminante del fin de la metafísica condicionan la crítica de Briceño-Iragorry hacia esas formas del pensamiento que han posibilitado el ocultamiento del espíritu, y han creado una interpretación de los fenómenos que tiene en los factores experimentales su grito de combate y en la muerte del pensamiento especulativo su fundamento.

Briceño-Iragorry sobrepasa el enfoque científico, económico y materialista de los conceptos con que se enfrenta: teología, ética, moral, filosofía, cultura, el planteamiento filosófico del positivismo y del existencialismo sartriano limita su tarea a fundarlos en sus condiciones de posibilidad y reinserción cristianas. Mundo sin Cristo, el materialismo y el carácter autoritario de la Iglesia, aliada a los sectores explotadores, han borrado los signos de la sociedad tradicional y los principios de convivencia humana, dejando como estela sustitutiva de su paso la economía de guerra y la economía del espíritu, que la analítica liberal y eclesiástica se ocupan de globalizar.

EL MUNDO ES UNA REVUELTA
El mundo a finales del siglo XIX y mediados del XX ofrece rasgos sombríos, de un escepticismo cabal próximo al nihilismo, de una indiferencia absoluta respecto a cuanto le rodea. No obstante, fue un siglo de revueltas populares donde el capitalismo inicia sus años fabulosos (La Exposición industrial de París, 1900) y acelera el proceso de expansión colonial hacia la consolidación de la etapa Imperialista.

De la revolución de julio de 1830, a la insurrección de los obreros de Lyon entre 1831 y 1834, la de los tejedores de Silesia de 1844, en 1847, se instala la Liga de los Comunistas y el año 1848, el Manifiesto del Partido Comunista sale a las calles. Ese mismo año sucede la Revolución y Marx escribe Las luchas de clases en Francia 1848 a 1850. La primera y la segunda guerra mundiales y las consecuencias de la Guerra Fría.
En este contexto Mario Briceño-Iragorry se halla, en general, en una tesitura espiritual formativa y agónica. Pues no puede escapársele a la lucidez, que el exceso de racionalidad y materialismo del siglo no es en absoluto, por sí solo, propiciador de rumbos felices, convirtiéndose, en un contexto como el período de entreguerras, en que se acusa un fiasco del proyecto salvador de la modernidad, en pertinaz refugio del más penoso nihilismo.

Lo cierto es que Briceño-Iragorry ilumina con fuego el pasado, y también el presente como determinado por el pasado. Pero, ¿qué caminos abre al espíritu que puedan ser transitables en el contexto de Venezuela y en diálogo con los pensadores europeos precursores de la Nueva Cristiandad? El dilema se dibuja con una vocación de cristiano primitivo que deja espacio a la práctica y a la militancia de la fe, la esperanza, la caridad y el amor como soluciones vitales frente a la crisis de la razón y del materialismo; y a la crítica del capitalismo, íntegramente habitado por su carácter bestial y su ausencia de solidaridad.

CONTRA LOS PRELADOS DE LA IGLESIA

Mario Briceño-Iragorry, exiliado y perseguido en España, produjo la mayor parte de su escritura nacionalista y sostuvo los años de la dictadura perezjimenista, una posición de crítica hacia las cúpulas de la Iglesia venezolana. A su lucidez no se le escapa que al declive de la iglesia sucede también el de la crisis de un sistema de pensamiento y de una civilización, la occidental. El hombre nuevo —el sujeto cartesiano— propuesto por la filosofía moderna, y el dogma asumido por la iglesia católica en nombre de la verdad, representan un mito que ha sucumbido a la política de derecha, al sometimiento económico del espíritu y a la conquista de la naturaleza.

Recordemos que la Iglesia venezolana acumula mayores sospechas de ser o parecerse al progenitor (Dictador) cuando calla, defiende o comparte los festines de las clases burguesas, panecillos, ostias y vinos con el agente más preciado del terror, Pedro Estrada. Y se lanza a la calle, aliada con los partidos del Puntofijismo, a vociferar contra los comunistas, unida a la comparsa mundial orquestada por la política internacional de los Estados Unidos.

Sólo queda entonces en la concepción cristiana de Briceño-Iragorry un retorno, no hacia el pesimismo que algunos historiadores han rotulado a su pensamiento o al estancamiento de sus ideas, sino hacia la práctica social de las enseñanzas de Cristo. Es la caridad «…el solo aglutinante social que puede evitar la crisis definitiva de la civilización». La caridad, que es amor, es el antídoto contra el pesimismo y el desencanto del siglo.

Preguntar por las ideas religiosas de Briceño-Iragorry me parece, por tanto, un método inadecuado para penetrar en su concepción cristiana. Mejor, pues, dejar hablar al Cristo de los pobres. Dejar hablar al Cristo de la calle, que es quien de hecho irrumpe contra la élite eclesiástica, los fariseos y especuladores del pueblo. Es el Cristo que irrumpe el orden natural y se acerca a los ciegos, a los enfermos, a los marginados y olvidados, que nombra y llama a los pescadores analfabetas y no a los prelados de la iglesia.
Este es el Cristo que Briceño-Iragorry enseña, y que es preciso alcanzar en coherencia interna, íntima, entre la carne del que afirma el amor y la caridad, y el contenido de su palabra rebelde.

VIÑETAS DE CRISTO
Mario Briceño-Iragorry es un enamorado de lo que está vivo en Cristo. Es característico de quien accede a una existencia espiritual tomar conciencia de sí mismo bajo la forma de la afirmación de los principios cristianos (justicia, libertad y tolerancia), y mostrarse ante sí y ante los demás como apólogo del amor y la caridad.

Por ello, el cristianismo es necesidad subjetiva, mirada interior que lleva al Nosotros y al rescate de los pobres, como lo sugiere Briceño-Iragorry en Los Riberas. No es casual que la forma expresiva, en la cual Don Mario discurre acerca del cristianismo, sea la epístola, escritura de los sentimientos y de los estados interiores que llega al develamiento de la subjetividad. No la subjetividad cartesiana ni kantiana, sino la existencia sentida y palpada hasta la médula. Don Mario se asumía como un hombre débil en su morada interior.

Briceño-Iragorry estableció un diálogo abierto y secreto con pensadores cristianos, supo sentir y comprender las intuiciones de J. Maritain (el Cristo humanista), Kierkegaard (la angustia y el sentido de la responsabilidad ética frente al desmoronamiento de la fe), Marcel (la omnidebilidad de Cristo, propuesta de este pensador existencialista que lo acerca insospechadamente a la noción de Vattimo, la del Cristo relativo o del Cristo Débil), y al «cristianismo laicizado (…) a las energías del Evangelio pasen a la vida temporal de los hombres», de Maritain.

Briceño-Iragorry lee el Evangelio en las páginas de Papini (el Cristo practicante del amor y la caridad), Malaparte (el Cristo feo contra el esmero de la estética aria del fascismo) y Kazantzakis (el Cristo del sacrificio y del encuentro pasional con los que sufren y padecen las injusticias del orden).

Sin embargo, Briceño-Iragorry reinserta en el mundo su propio Cristo robustecido por su poder de transformación y emancipación a través de la caridad. Cristo es amigo de los pobres y no contenido de materia teológica y figura disciplinada para rendirse ante ella. Por ello, Briceño-Iragorry, enseña a los venezolanos el Cristo redentor que vino al mundo por amor y no por la violencia, y vino a subvertir el orden impuesto por los poderosos. Es a través de la caridad, y no del dogma de la iglesia y de la lógica racionalista alcanzada en su máxima expresión capitalista, cómo Don Mario, reinserta la esencia de los valores cristianos en la sociedad venezolana y apuesta a un orden cristiano universal.

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