César por sí mismo

César Rengifo | Fragmentos del artículo «Arte, teatro y política»

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El arte, como el trabajo, es un producto del hombre social; es una producto de la relación sensible de éste con la realidad circundante y del anhelo de transformar y recrear esa realidad. Pero así como el trabajo y el arte son un producto del hombre que los crea, a su vez el hombre es un producto de ellos. El trabajo y el arte contribuyen a la humanización cada vez más perfecta e nuestra especie, librándola definitivamente de la animalidad y permitiéndole, a su vez, en forma progresiva, el dominio del medio natural en el cual vive y se reproduce.
El arte forma parte de la existencia humana; mediante él no solamente se hacen concretos los impulsos creadores del hombre y se amplían sus posibilidades comunicativas y de convivencia social, sino que sus sentidos y con ellos su sensibilidad, se van desarrollando, permitiéndole un conocimiento más extenso e intenso de sí mismo y de cuanto lo rodea.

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Si nos detenemos a reflexionar sobre la naturaleza del arte veremos que es una manifestación superior de la conciencia, de los conocimientos y de los sentimientos del hombre social. Que por medio de sonidos, líneas, color, formas, movimientos, lenguaje hablado o escrito, o la conjugación de todas estas expresiones integradas a un público, como ocurre en el teatro, se manifiestan conocimientos, sentimientos, ideas e ideales del hombre social, es decir, del hombre como producto de una sociedad históricamente determinada. El artista, mediante instrumentos específicos, bien sea su propio cuerpo o elementos de la naturaleza, crea una obra en la cual concreta y expresa la idea y el ideal que él tiene de su propia vida, de su sociedad históricamente determinada. El artista se ha expresado, pero al hacerlo, como él no es un ser aislado en el tiempo y en el espacio, sino que tiene vinculaciones con una región geográfica, con un pueblo, con una sociedad históricamente determinada y con una clase social, también ha expresado el conjunto de esas realidades, sus relaciones y contradicciones. Por ello, el arte, al ser producto del hombre, es también, necesariamente, producto social.
Es pues, totalmente ajeno a la verdad científica pretender al arte como algo específicamente puro, como producto exclusivo de la mente y de la sensibilidad del artista sin vinculación alguna con la realidad natural y social que lo sustenta y acondiciona. Aún aquellas manifestaciones artísticas que aparentemente pretenden sustraerse a toda realidad, responden en su forma y contenido a causas sociales, tienen sus raíces en realidades históricas.

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Entre las artes, quizá es el teatro donde, en el curso de toda su historia, se advierte en forma más acusada la presencia de las ideas, contradicciones y luchas políticas. ¿Por qué ocurre eso en el teatro? Porque el teatro es una de las expresiones artísticas donde con mayor intensidad se expresa la conciencia social. Su condición de arte eminentemente colectivo y público, unido al hecho de que se integren en él las otras artes, y de que se nutra esencialmente de la problemática humana-social, lo dota de mayores posibilidades para expresar con mayor trascendencia la conciencia social.

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Desde el mismo instante cuando las ceremonias dramáticas vinculadas con los cultos a las deidades de la naturaleza se van transformando y, la despojarse de su carácter mítico-religioso, comienzan a ocuparse las relaciones hombres-héroes-dioses, hombre-destino, hombre-sociedad, y el teatro como tal va logrando su propia estructura, la ideología y con ella el pensamiento y la actitud política muestran su presencia en él. Y es en la evolución de los cultos de Osiris en Egipto y Dionisios en Grecia, avanzadas ya las culturas urbanas, donde encontramos plenamente integrados los fundamentos dramáticos de donde ha de derivarse posteriormente el teatro de occidente. En estas sociedades, cuya sustentación dependía de los productos de la tierra y necesitadas de asegurar una estabilidad, las creencias, necesariamente tendían a institucionalizarse. La condición mágica maléfica o benévola atribuida a seres u objetos en la sociedad nómada y cazadora y sujeta al azar, del paleolítico, ya no bastaba. Esa idea hubo de transformarse en la mente del hombre agrario y pastoril en la de una deidad natural con dominio sobre él y la naturaleza, y luego en la del dios o dioses ligados estrechamente al grupo social; dioses en los cuales depositan el poder de protección, y ligados de tal manera al grupo social, que las clases que comienzan a dominar los hacen suyos y los colocan como sus ascendientes directos, sentando así las raíces de la aristocracia terrateniente de origen divino. En las nuevas culturas urbanas el culto a esas deidades ya no se practica ocasionalmente, sino que se sistematiza, se perfecciona en la práctica y se hace cada vez más complejo el dominio de clase, y la administración del poder bajo la dirección de las castas sacerdotales y guerreras, detentoras de los medios de producción.
El cese del comunismo primitivo, el surgimiento de la división social del trabajo, la aparición de la propiedad privada y de las clases, y posteriormente de la civilización –vida urbana-, determinan cambios profundos en las ceremonias rituales colectivas. Sus elementos arcaicos integrantes se dispersan y se le integran otros como producto de las nuevas relaciones de producción y de existencia.

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Las contradicciones de las nuevas formas de vida, luchas de clases, luchas ideológicas y políticas, así como el desarrollo de las ciudades y estados, del comercio y de la civilización en su conjunto, impulsan la transformación de las ceremonias rituales hacia contenidos y formas nuevas. Es necesario, pues, expresar los nuevos conflictos que no comprenden ya solamente a hombre-naturaleza, sino a hombre-naturaleza-hombre-sociedad-lucha de clases-lucha política. Por eso el hombre y su acontecer y la preocupación por su destino ofrecen ya la temática para la tragedia.

(….)
La tragedia griega guarda, en su contenido y formas fundamentales, la esencia de la Polis, de la ciudad Estado, de la ciudad regida por una política de clases. Por esa causa, toda ella, de Esquilo a Eurípides, va impregnada de pensamiento y acción política.
Y ese acento político –extendido también a la comedia- ha de signar el teatro en el curso de toda su historia. Producto humano social de contenido político ha de ser desde que nace como hecho artístico en las arcaicas ciudades griegas hasta nuestros tiempos. Y esa condición de hecho estético-político se acentuará en todos los momentos de grandes cambios sociales. Las obras de Shakespeare, Lope, Calderón, Molère, hasta aquellas de los más altos creadores dramáticos de nuestro tiempo: O’Neil, Miller, Rolland, Brecht afirman esta verdad que vanamente tratan de rebatir quienes consideran necesario a sus intereses persistir en la creencia de un arte, de un teatro apolitizado y desvinculado de la realidad social y del hombre.

 

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