Roque Dalton, un poeta militante

Edmundo Aray

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He aquí un poeta militante. Militante de la poesía, militante de la revolución. Por nombre Roque Dalton. Salvadoreño. Nació en mayo de 1935. Fue muerto en 1975. Estudió Derecho y Antropología en las Universidades de El Salvador, Chile y México. Se inscribió en el Partido Comunista de El Salvador cuando contaba 22 años. Perseguido y prisionero en sus país. Vivió en Checoslovaquia, Guatemala, México y Cuba.
«Conocí a Roque Dalton hace más de dos años, en México —escribió Ludovico Silva en 1966. Nos tocó leer juntos nuestros poemas un día en el Primer Encuentro de Poetas celebrado en esa ciudad (…) Dalton es delgado, pequeño, enérgico, y revela en su mirada dos cosas potentes: ingenuidad y entusiasmo. Dentro de aquel ser más o menos frágil se esconde una fuerza tremenda, la síntesis que destruyó con un huesito de pollo todo un muro de una cárcel salvadoreña, noche tras noche, para dar lugar a una huida espectacular y sangrante (…). Por aquel entonces recibí una misteriosa carta suya acompañada de un recorte de prensa en el que aparecía el poeta como perseguido político (…) Dalton escribió algunos poemas en la prisión, de los que conozco sólo dos: «Huelo mal» y «Permiso para lavarme». Vea el lector dos estrofas, una de cada uno de esos poemas:

Huelo a color de luto en estos días
que las flores enferman por su precio
cuando se muere a secas el que es pobre
confiado en que ya pronto lloverá

***
Porque aquí fuimos más de lo que fuimos
a la orilla del sol alado y fino
de sangre reja y muro bien vestidos
de moho y vaho y rata amados hijos

Taberna y otros lugares, su libro mayor, obtuvo el Premio de poesía de la Casa de las Américas, 1969. Conformaban el jurado grandes poetas de nuestra patria grande: Antonio Cisneros (Perú), René Depestre (Haití), Efraín Huerta (México), Roberto Fernández (Cuba), y José Agustín Goytisolo (España).

Uno de los libros latinoamericanos de poesía más fecundo en planteamientos y predecibilidades, escrito y consubstanciado con la década del sesenta —afirma Lubio Cardozo. Y agrega:

Surgida en uno de los períodos más ígneos de la Guerra Fría, la obra, en un lenguaje sumamente exigente, refleja el profundo drama del poeta comunista ante la complejidad histórica de esos años, en su posición bifronte: mirando con una cara a Latinoamérica y su peculiarísima entidad, y con la otra la Europa del Este bajo el soplo abrasador de la mutifacética crisis ideológica y política, sumergidas en el anhelo del bardo de un destino mejor.

(Estuve en U Fleku, Roque. Fui a buscarte en medio de la barahúnda. No es la Taberna praguense de los 66-67. Ya no están los jóvenes que te convirtieron en sociólogo furtivo, ni Lucy, ni el amor naciente en la puerta del retrete –en aquellos años prefería decir mingitorio, me sonaba divinamente inusual. Turistas del capital repartiéndose las salas que anuncian por internet. De bandoneón en bandoneón. ¿Algún poeta bebería cerveza en tu nombre, esperando el momento en que se le detendría el corazón? Tiempo perdido. Maltratada ilusión. Hablé de ti, de tus carcelazos. Nos preguntamos por la Penitenciaría Central de la patria poblada de amos. Nos dijimos que en mucho ha cambiado El Salvador. Levantamos las jarras. No es tiempo de llorar, dijimos).

He aquí a un poeta amoroso y terrible, ciertamente corrosivo y esperanzado. En palabras de Lubio Cardozo: “bardo recio, soberano, cantó al amor, la violencia, la muerte. La historia, la belleza física de la mujer (…) a la coetaneidad, a la miseria de la opulencia y a la fuerza moral de la poesía. No exento su vigor de lenguaje noble de agudas dosis de mordacidad, sátira e ironía. Rebelde con causa humana sus odas puso en la ruta de la utopía, de su concepción del mundo desesperada esperanza.

Fusión de vida y obra. Yo llegué a la revolución, afirma Roque, por la vía de la poesía. Poesía vibrante, decididamente sincera, descarnada muchas veces, siempre aguijoneada por la pasión. Convivencia del humor y el compromiso, de la rabia y del amor.
El 1999 la Casa de las Américas publicó una antología de su obra poética, preparada por el propio Roque el año de 1973, con el título La ternura no basta. Se proponía mostrar el drama del creador frente a las complejas realidades del mundo, sus amarguras y sus júbilos. Los poemas —agregaba— querían decir cuánto vivió en su camino: el amor, la lucha, la ridiculez de la burguesía, la tierna mitología de sus padres, sus propias dudas, las cárceles, la proximidad de la muerte, las sutilizas conceptuales de la lucha ideológica, el diálogo, el país enajenado, el placer, las lágrimas, la esperanza férrea.

En los años sesenta anduvimos con Roque. Asistíamos él, Juan Calzadilla y yo, a un encuentro de poetas latinoamericanos. (El mismo al que hizo alusión Ludovico). La carga ballenera y el entusiasmo subversivo se juntaron en crisol único para sorprender a lectores, concurrentes, y, yo diría, a los poetas y a la poesía misma. Todo era sorpresa, encantamiento lúdico, disparatado humor. De esos días son estos versos de Roque:

Ese que grita no soy yo
No seré yo pero alguien
grita
alguien grita de mi
dentro cerca de mí
y requisa los últimos recuerdos quemantes
Una mujer que atienda este clamor se necesita
Una mujer que ausculte esta hondura pudriéndose
Una mujer que lime esta cadena triste.

Entrañable, fácil para la ironía, siempre esperanzado; los brazos, el corazón abierto a las exigencias de la vida, protagonista y testigo, capaz de todo riesgo: así le conocieron, así le conocí. Imperturbable ante la muerte: Así le imaginamos. Militante, sí, de la poesía, guerrero, sí, por la liberación de nuestros pueblos. Palabra jubilosa, pronta al desenfado, requerida por las nuevas generaciones, tal sus modos de redescubrir los laberintos del amor y las historias bien vividas y mejor contadas —afirmación de una poética. En 1966 escribió Ludovico Silva: «Creo que Roque Dalton quedará en el futuro entre los pocos poetas americanos que se salvarán del tiempo. No es difícil profetizarlo».

(Amigos, amigas, intenten buscar un libro de una radiante hermosura, palabra de elegante compostura, fiel al modo de decir del poeta y a su limpio, purificante modo de sentir y afrontar la vida en toda ocasión. Su título: Pobrecito que era yo).

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