2018: ¡Qué añito!

Clodovaldo Hernández

¡Ah, añito pa’ desgraciao!”, dijo mi amiga A., al comentar esta idea de hacerle un perfil a 2018. Me hizo recordar los diciembres de mi niñez, cuando oía a los adultos decir que “ojalá se termine de ir rápido este piazo de año”. La verdad, no entendía por qué repetían cada vez la misma opinión, lo que implicaba que sus esperanzas de que el año siguiente fuese mejor, nunca cristalizaban. ¡Qué vida tan sombría!

Siendo justos, 2018 no fue tan desgraciado como 2017 al menos en un aspecto crucial: no hubo una ola de violencia política sacudiendo las calles por cuatro meses y poniéndonos al borde de la guerra civil. En verdad, luego de ver gente quemándose viva y, sobre todo, después de oír a tantas personas “decentes” justificando esa barbarie, es difícil encontrar un año peor que el 17.

Sin embargo, debemos tener en cuenta que potencialmente la violencia de 2018 pudo ser peor que la de 2017, si hubiesen cristalizado los planes de los magnicidas de agosto. Por fortuna, esos hechos no se consumaron.

La convicción de que triunfó la paz, incluso en ese momento tan riesgoso, debería ser suficiente para cambiar la percepción de que ha sido un año particularmente nefasto. No obstante, el peso que ha tenido la violencia económica incesante e inmisericorde, ejercida sobre el pueblo inerme 24 horas al día, es de tal magnitud que el “añito”, como lo llamó sarcásticamente la amiga A. se hace prácticamente indefendible.

Imaginemos un analista político, sociólogo o economista del futuro que revise los grandes números nacionales de este año. Seguramente se preguntará por qué el Gobierno no se desplomó o por qué no resultó perdedor en las dos mediciones electorales que hubo. Tendrá que escudriñar mucho para entender que 2018 fue el año en el que la oposición se empeñó tercamente en fracasar.

La antirrevolución no tardó mucho en empezar a gestar su desastre. En enero, sin explicaciones razonables (o confesables), los dirigentes rompieron el diálogo que trabajosamente había avanzado en República Dominicana. Con sus poses de muchachitos bravos, patearon la mesa justo cuando pudo haberse encontrado el camino hacia una etapa de paz.

Esa decisión tempranera marcó el rumbo del año entero, empezando porque la alianza opositora comenzó a deshacerse a raíz de los desacuerdos en torno a asuntos cruciales como dialogar o no, ir a elecciones o no, renunciar a la violencia o no. Tan profundas contradicciones terminaron por reventar a la Mesa de la Unidad Democrática, una formación política que en 2015 había tenido el más sonoro éxito del antichavismo en (para ese entonces) 17 años de pugnas electorales y no electorales con la Revolución Bolivariana. Se anunció el nacimiento de una nueva estructura, el Frente Amplio Venezuela Libre, que hasta ahora ha tenido como grandes logros unos mítines en el Aula Magna de la Universidad Central, muy exitosos si nos vamos a guiar por los trending topic, pero que más allá de las redes sociales no han despertado ni un mal pensamiento.

Llegó así un mayo raro porque en lugar de lluvia y malestares estomacales, como es su costumbre, nos trajo elecciones presidenciales. Contra los planes de la maltrecha MUD transmutada en Frente Amplio, el presidente Nicolás Maduro no concurrió en soledad a los comicios, sino que aparecieron en el horizonte opositor tres personajes que animaron la carrera, para decirlo con voz de revista hípica: el exgobernador Henri Falcón, el pastor evangélico Javier Bertucci y un representante de sectores que alguna vez fueron chavistas, Reinaldo Quijada.

La historia registrará –aunque algunos de ellos lo nieguen– que al menos tres dirigentes políticos de partidos opositores anunciaron sus precandidaturas en enero, con el claro propósito de que la MUD los designara como abanderados de la coalición: Henry Ramos Allup (Acción Democrática), Pedro Pablo Guanipa (Primero Justicia) y Andrés Velásquez (La Causa R). También lo hizo Claudio Fermín (sin partido). Todos se retiraron de la naciente contienda bajo las enormes presiones de quienes realmente mandan en la oposición, una gente malhumorada que –según los chismes– da instrucciones en inglés.

Derrotada por el voto de los chavistas y los del sector opositor que apoyó a los candidatos postulados, la exMUD siguió cuesta abajo en la rodada, con sus principales líderes dedicados a una de las más vergonzosas tareas que nunca haya asumido dirigencia política alguna: procurarle, con aliados extranjeros, crecientes sufrimientos a la población de su propio país, con la finalidad de generar una ruptura política.

En ese trance andaban cuando explotaron los drones que pretendían descabezar no solo al Ejecutivo Nacional sino también al alto mando militar y a buena parte de las instituciones del Estado. Fue el evento que, de no haber fallado, hubiese cambiado la historia no solo del año 18 sino de quién sabe cuántos más de los que vienen.

El resto del año se caracterizó por el esfuerzo de los principales personajes opositores por hacer más intensas las mal llamadas “sanciones” (son represalias ilegales y mafiosas en el contexto del Derecho Internacional), la única de sus estrategias que ha tenido “éxito”, si es que puede llamarse así a un bloqueo financiero internacional propiciado por estos factores. Un “éxito opositor” que ha traído muerte, enfermedad, hambre, estancamiento productivo, migraciones masivas y, como consecuencia natural, tristeza, dolor, resentimiento, desesperanza, baja en la autoestima nacional.

Ese es el único y terrible coctel que muchos tendrán en sus copas este fin de año. Diremos entonces como aquellos adultos de los años 60: “¡Ojalá vengan días mejores en 2019!”.

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Las llagas que afloran

Los astrólogos se lo atribuyeron a que Júpiter pasó casi todo el año (hasta noviembre) en Escorpio. Se supone que el efecto de ese tránsito planetario es sacar a la luz toda la podredumbre. Muchos no creen en esas cosas, pero lo cierto es que 2018 fue un año de revelaciones y escándalos en todas partes del mundo, y Venezuela no fue la excepción.
La cantidad de casos denunciados este año dejan una sensación de náusea, aunque por supuesto que es positivo que, finalmente, los secretos a voces se hayan convertido en gritos.
Ha quedado claro que la mayoría nacional rechaza la corrupción galopante que nos ha desangrado impunemente. La lista la encabezan Pdvsa y Cadivi-Cencoex, pero el mal está generalizado, y 2018 ha sido un tiempo bueno para dejar de ocultar la basura bajo la alfombra y para tomar conciencia de que ese mal –igual que el bloqueo financiero– nos daña a todos, nos resta vida, nos quita derechos.
Y como no todo puede ser desfavorable, 2018 fue también un año en el que se ha verificado que “el que se mete con Venezuela se seca”. Cayeron gobiernos como el de Kuczynski en Perú y Rajoy en España; el crecimiento de la impopularidad de Duque ha roto todos los récords de velocidad; Macri y Macron bailan en un tusero; perdió la derecha en México; y a Almagro lo execraron de su propio partido en Uruguay…
Uno piensa en eso y le pega un fresquito de feliz año.


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