Pelota, incultura y TV

0

En este inicio de década, algunas tendencias están muy pendientes de Trump y sus demenciales pretensiones bélicas, y otras, que son la mayoría, esperan la reactivación del biopago para despilfarrar, como sea, su medio petro. Mientras eso ocurre, como siempre en estos comienzos de año, el béisbol profesional nos atrapa. La Guaira sueña en serio después de 34 años. Caracas agoniza. Caribes y Zulia, literalmente imitan a EEUU e Irán. Y Lara aspira la revalidación contra unos Navegantes desfavorecidos por MLB, pero favorecidos por la liga de un torneo raro, signado por circunstancias extradeportivas, extraéticas y extrafronteras. Además de extraidioma, extrasintaxis, extrasindéresis, extrainteligible.

Como la situación económica obliga (al menos aquí en Caracas es así), la gente tiene que ver el show por TV; no el de la AN sino el del Universitario, donde la nueva rivalidad capitalina protagoniza las acciones comandadas por un mánager que, ganando fácil, parece que está perdiendo y que quiere perder, contra otro mánager que está perdiendo y también quiere perder. Los únicos que quieren ganar, al parecer, son los 3.500 fanáticos (promedio de asistencia en un aforo de 25 mil) que siguen con fidelidad a sus respectivas divisas: una samba muy alegre, aunque sin convicción, y un maullido cada vez más moribundo aunque, con la oportunidad que le brinda el timorato rival, quizás pudiera subir los decibeles. Al sortario (lechúo) no se le puede dar chance.

Vamos a lo que nos ocupa (menos mal que todos los aparatos de tv tienen un botón que dice MUTE. Si usted lo usa no lea más esto, pero si no lo usa quizás esté de acuerdo): los tres primeros juegos de la capital, porque en el cuarto y quinto, damos fe de ello, al menos uno de los trabajadores de ese día cumplió bien su función, con título y profesionalismo, sin divismo y sin excentricidades ni violaciones al elemento natural, el lenguaje. Ellos y ustedes saben quiénes son. Hablar banalidades de béisbol es una cosa y ser comunicador deportivo es otra.

En sus transmisiones emiten lo que quieren y como quieren, sin el más mínimo cuidado del contenido ni de las formas (qué hablar del fondo).

A pesar de sus privadas críticas destructivas contra sus colegas paisanos y extranjeros, al ejercer su sagrado derecho al trabajo se les olvida el sagrado derecho del público a estar bien informado. Cómo le encantan los apodos, vamos con kilo de estopa, a quien vende sus enredos de numeritos que solo él entiende, pero que debe exponer porque es dueño de la empresa que los produce.

Ciudad CCS / Luis Martín