Editorial | Días de amor, guerra y sorpresas

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Es difícil referirse a Donald Trump con el título de Presidente de Estados Unidos. Y lo es no porque creamos que sea un dictador, o un oportunista, o un usurpador. No es eso. No es la tentación de mentir lo que nos lleva a evitar decirle dictador. Dictador le dijo el imperio gringo y sus adláteres a Chávez durante los casi 15 años en los que se desempeñó como presidente de nuestro país. No importó el referéndum presidencial que lo ratificó en 2005. Dictador chavista se le dice a Nicolás Maduro. Y así. En ese mundo virtual en el que vivimos sin que se nos haya pedido permiso se dice, literalmente, cualquier vaina. Que sea verdad o mentira no importa.

Es difícil referirse a Donald Trump con el título de Presidente de Estados Unidos. ¿No es un dictador, Donald Trump? Pues ellos dicen que fue electo. Que ganó. Nadie pone en duda eso. Nadie lo ataca. Les creemos. Pero también creemos otras cosas. Creemos que además de ser Presidente, lo que es, es un rolo de malandro. Un malandro que tiene “colaboradores” aquí y en Estados Unidos. Basta con revisar sus últimas actuaciones como “jefe” del Estado gringo en el planeta. Las declaraciones de sus más cercanos “colaboradores” parecen salidas de una reunión de jefes de poca monta de mafias callejeras. Son malandros, malandros gobernando el mundo.

Es difícil referirse a Donald Trump con el título de Presidente de Estados Unidos. Un tipo que tiene por “socio” o compinche a Juan Guaidó, que no es más que un ingeniero contratado para vender a su patria. Ahora a los mercenarios se les llama “contratistas”. Contratistas asesinaron al presidente de Libia, Muamar Gadafi.

Contratistas armaron una guerra sin sentido en Siria, contratistas están en guerra con el gobierno de Irak.

Contratistas llama Elliott Abrams a cierta prensa libre. Donald Trump y sus secuaces convirtieron al planeta en una guarida. No respetan ninguna ley. Ningún tratado. Ningún convenio. Ningún orden internacional. Mucho menos a lo que piense la “comunidad internacional”. Es delincuencia bien organizada.

¿Qué fue sino un acto supremo, digno de un jefe de una banda de mafiosos, que el general iraní Qasem Soleimani haya sido asesinado durante una visita oficial al presidente irakí, Barham Salih? ¿Cómo se le puede llamar a eso? ¿Diplomacia? ¿Con base en qué tratado del Derecho Internacional fue ese acto de babarie? Yo invito a mi rancho a un amigo a conversar y un vecino malandro lanza una bomba y lo mata en mi casa. Sin duda una acción sorprendente, inusual, extraordinaria. Un asesinato a sangre fría que fue confesado por el autor intelectual con una tranquilidad indignante.

Nunca dejemos de sorprendernos ante la injusticia. Así como nos sorprende siempre el amor, esa sensación, esas mariposas que se sienten revolotear cerca del corazón cuando nos enamoramos. Es una sensación deliciosa. No importa cuántas veces lo hayamos sentido, siempre parece que es la primera vez. Y es maravilloso. Así debe pasarnos con la injusticia. Que nunca nos agarre indiferentes el desamparo del prójimo, que nunca nos acostumbremos al horror de la guerra, al horror de la desigualdad, al horror que nos quieren imponer. Que triunfe el amor por encima de la guerra. Por encima de Trump. Sigamos.