Carlos Escarrá: «Soldado de la ley»

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Se cumplen ocho años de la repentina muerte del notable abogado al que Chávez llamó “soldado de la Ley, soldado constituyente, soldado de la Patria nueva”. Siempre fiel a sus convicciones, murió a los 57 años con el mismo espíritu que tenía a los 15, cuando era ya un aventajado estudiante universitario, con el Libro Rojo de Mao bajo el brazo.

El día del fallecimiento de Carlos Escarrá Malavé, el 25 de enero de 2012, el comandante Chávez caracterizó al abogado y dirigente político como «gran soldado del pueblo, entregado por entero a la batalla, a la Revolución; un soldado de la Ley, soldado constituyente, soldado de la Patria nueva”.

Esas palabras fueron una especie de homenaje a la alianza cívico-militar que ha caracterizado a la Revolución Bolivariana y que tanto deploran sus adversarios. Escarrá, que al momento de morir tenía 57 años, nunca vistió uniforme militar, pero desde el campo del Derecho y de la política fue un auténtico guerrero.

Desde muy (y en este caso, muy significa realmente muy) temprano, lo suyo fueron las aulas universitarias. Ingresó a la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) con apenas 15 años y se graduó de abogado antes de cumplir los 20. Por si eso fuera poca hazaña, lo hizo con honores. Luego siguió cosechando lauros académicos en estudios de maestría y doctorado en la misma casa de estudio y en la Universidad Central de Venezuela. Sus credenciales académicas siempre fueron un gran escollo para quienes practican el deporte de descalificar a cualquiera que no sea contrarrevolucionario.

Tampoco esperó mucho para encontrar el amor. En los pasillos de la UCAB, en aquellos inicios de los años 70, el chamín se empató con Luz María Gil, quien luego se convertiría en su esposa. Fue un amor inicialmente contrariado por la familia de la novia, entra otras razones por la tierna edad del pretendiente, dos años menor que ella. No obstante, el sentimiento era firme y mutuo, de modo que unos años más tarde terminaron casados y trajeron al mundo a Carolina, Alejandro y Luz María.

En un antiperfil escrito en 2007 por el periodista Sebastián de la Nuez (sí, para que sepan, el antiperfil no es un invento de Épale), titulado “El corderillo parlanchín” y publicado en el blog Hable conmigo, se dice que aquel adolescente aventajado siempre llevaba consigo un ejemplar del Libro Rojo de Mao Tse Tung. El dato lo dio la exesposa de Escarrá: “No ha cambiado. Siempre ha sido muy comprometido, muy intenso… Hace las cosas con suma entrega”. Luego, De la Nuez dio a entender que la separación de la pareja fue causada por el advenimiento de la Revolución, pues mientras la señora tenía ideas más reposadas, Carlos seguía siendo el mismo quinceañero del librito rojo.

Escarrá era tan brillante que logró, por muchos años, ser aceptado como profesor de la UCAB, a pesar de no haber renunciado nunca a sus ideas ni a su militancia comunista. Según tirios y troyanos, era un gran docente, al que, además, le gustaba jugar fútbol con los estudiantes. Su clase siempre estuvo concurrida, hasta que comenzó su segregación política, justo en la primera década del siglo. Para evitar que los tacharan de chavistas infiltrados, muchos estudiantes prefirieron no inscribir su materia. Posteriormente, las autoridades universitarias se encargaron de excluirlo por completo. Si eso hubiese ocurrido en una universidad pública con un profesor opositor, se hubiese armado un gran escándalo internacional, pero siendo como fue, pasó por debajo de la mesa.

El sentimiento contra Escarrá en la UCAB fue un poco más allá del encono que allí se sentía (y sigue sintiéndose) por cualquier chavista. La razón es el rol que el abogado jugó en la propuesta de reforma constitucional de 2007. La UCAB, entonces dirigida por el sacerdote Luis Ugalde, desempeñó un papel estelar en el rechazo a dicha reforma, a través de un movimiento estudiantil de derecha.

Escarrá también cultivó odios especiales en el antichavismo por haber sido uno de los padres de las leyes del Poder Popular, impulsor de los consejos comunales y de las comunas.

Entre los asambleístas opositores acumuló muchos resentimientos, pues tenía la capacidad de combinar los argumentos políticos y jurídicos más sólidos, producto de su excelencia académica, con un estilo lleno de desparpajo, fruto de su formación como dirigente popular. Estas dos características le sirvieron también para presentarse con mucho éxito en programas de la televisión estatal, donde era un invitado de lujo. Entre sus participaciones en VTV se recuerdan las que tuvo en La Hojilla, sumando su mordaz elocuencia a la de Mario Silva.

También solía hacer algo para lo que pocos revolucionarios tenían estómago: dar entrevistas a canales privados nacionales y extranjeros. En Youtube se conservan los videos de su “peguita” verbal con el entrevistador matutino de RCTV Miguel Ángel Rodríguez. Habituado a sacar de sus casillas a los invitados, este comunicador tomó un poco de su propia medicina con Escarrá, quien terminó burlándose de él porque al tomar café, en medio del acalorado debate, la taza le tembló en las manos.

En otra oportunidad, rechazó la forma de interpelarlo del dúo integrado por Patricia Janiot y Fernando del Rincón, en CNN. Luego de exigir respeto a su derecho a no ser interrumpido por Janiot, y en vista de que ella seguía haciéndolo, colgó el teléfono y la dejó hablando sola.

Frente a otro tipo de entrevistadores, Escarrá sacó a relucir lo mejor de sí. En un diálogo con José Vicente Rangel, poco antes de fallecer, explicó cómo se preparaba para dejar su curul en la Asamblea Nacional y asumir el cargo de Procurador General de la República. Rangel le preguntó sobre las objeciones de los opositores, quienes auguraban que iría a la Procuraduría a hacer política. Escarrá dijo: “Yo soy político y me siento orgulloso de serlo, de mis cicatrices físicas y de mis cicatrices del alma. La persona que dice ‘no soy político’, ya asume una posición política. Ser procurador es un compromiso con el pueblo, con la Revolución y con el comandante Chávez. La gran enseñanza de los primeros revolucionarios es que hay que prepararse para cumplir el rol que le toque en cualquier escenario”.

La vida no le permitió desarrollar los planes que tenía como procurador. Un infarto le cobró el hábito de poner su salud detrás de prioridades políticas. De hecho, lo habían invitado a Cuba para uno de esos superchequeos médicos que se hacen en la isla. Otros destacados dirigentes revolucionarios aprovecharon la oportunidad. Él, en cambio, dijo que estaba demasiado atareado. Era su manera de vivir.

La muerte de Carlos Escarrá desató los demonios que muchos opositores llevan dentro. Los mismos que habían salido a pasear sus fealdades cuando murieron otros emblemas de la Revolución como Danilo Anderson, Luis Tascón, Alberto Müller Rojas, Lina Ron, Willian Lara y Clodosbaldo Russián. Los mismos diablos que, poco más de un año después, harían fiesta con la desaparición física del comandante Chávez.

Para despecho de los maledicentes, el acto velatorio que se realizó en el hemiciclo de la Asamblea Nacional fue hermoso. Y lo fue, en particular, porque el también abogado Hermann Escarrá pronunció el discurso de despedida de su hermano. En ese tiempo, la posición política de los Escarrá era diametralmente opuesta. Hermann mantenía una postura notoriamente contraria al gobierno de Hugo Chávez. Su alocución fúnebre fue, sin embargo, un canto al amor fraternal y a la conciliación. Expresó que su hermano menor era de fuertes convicciones, entendiendo por tal que era sincero en la defensa de sus los valores. “Siempre fue fiel hacia la idea revolucionaria”, subrayó.

Explicó que tenían una especie de pacto: “Le dije: como tú eres del Caracas y yo del Magallanes, llevemos quienes nos quieran provocar a ese terreno del debate”. Y eran muchos los que querían provocarlos, lo que condujo a Hermann Escarrá, un destacado católico, a parafrasear las sagradas escrituras y decir: “Así como hay bienaventuranzas, hay malaventuranzas, y yo digo: ‘malaventurados aquellos que inoculan el odio’”.

El panegírico finalizó con la lectura de un poema del republicano español Marcos Ana. A cinco años de la muerte de Carlos y a sabiendas del giro que ha dado Hermann Escarrá, esos versos lucen tan pertinentes como entonces: “Triste es luchar en una misma casa / Romper la mesa donde el pan se come / Vivir entre paredes enfrentados / tercamente en un mismo territorio / Pero más triste es ser ciego y sordo / al llanto de las madres dolidas / Tener un tacto de áspera corteza / para su corazón en carne viva / Hay que tener los pulsos amarillos / la sangre sin vertiente, seca el alma / para dejar oscuro el pecho / sin esa luz urgente que necesita la patria. / Ni un paso más, hermano: / que no pueda «el ayer» o sus cenizas / sus odios oponer a nuestro encuentro. / Porque ni tú ni yo apagamos la lumbre, / ni robamos el pan, /ni dejamos sin techo y sin puertas nuestra Patria”.

Ciudad CCS