A 200 años de la doctrina humanitaria del Mariscal Sucre

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Antonio José de Sucre (1795-1830) es pionero en la defensa de los derechos humanos. Y es precursor de los derechos humanos en la circunstancia más difícil: la guerra. Cuando afloran las emociones más perversas y se cometen los actos más atroces en nombre de una causa. Cuando la propensión natural de los involucrados los lleva a justificar los más horrendos crímenes, a ensañarse incluso con los seres inocentes. Así, en medio de los horrores de la conflagración Sucre se erige en paladín de la humanidad, guardián de la justicia y protector de la vida. Es en palabras de Bolívar: “un copo de nieve sobre un charco de sangre”.

1820: Tratado de Regularización de la Guerra

En lo más duro de la contienda, a instancias del Libertador, Sucre promueve el Tratado de Regularización de la Guerra firmado en Trujillo el 26 de noviembre de 1820. Allí está el núcleo de su doctrina humanitaria y su alma pintada en el papel. Estipula unas cláusulas que enaltecen la condición humana: 1) La guerra entre España y las fuerzas patriotas se hará como la hacen los pueblos civilizados. 2) Todo militar tomado en el campo de batalla se guardará como prisionero de guerra y será respetado hasta lograr su canje.3) Los heridos no serán prisioneros de guerra y serán curados. 4) Los militares o funcionarios que hayan desertado de sus banderas no pueden ser castigados con pena capital. 5) El canje de prisioneros será obligatorio.6) Los habitantes de los pueblos que alternativamente se ocuparen por las armas de ambos gobiernos serán respetados y gozarán de absoluta libertad y seguridad.7) Los cadáveres, en los campos de batalla, recibirán los últimos honores de la sepultura. El pacto es tan humanitario que el Libertador lo considera “digno del alma del general Sucre… y el más bello monumento de la piedad aplicada a la guerra”.

Ecuador, Perú y Bolivia: “La victoria no da derechos”

El espíritu que anima a Sucre al redactar este pacto es el que mantiene vivo como militar y el que enarbola como gobernante, tanto como Presidente de Bolivia, gobernador del Perú y principal héroe de la actual República del Ecuador. Guiado por el ideal que lo inspira, iza la bandera en defensa de los derechos humanos en momentos cuando como vencedor o como autoridad pudo haber recurrido al desquite y la represalia: después de las victorias en la Batalla de Pichincha (24 de mayo de 1822) que dio la libertad a Ecuador, de la Batalla de Junín (16 de agosto de 1824) que aseguró la independencia del Perú, al concluir la Batalla de Ayacucho (9 de diciembre de1824) que selló la independencia de Suramérica; como Presidente de Bolivia entre 1825 y 1828 ; y en 1829 después de alcanzar el triunfo en la Batalla de Tarqui (27 de febrero de 1829) contra un ejército anexionista opuesto al Libertador. La conducta de Sucre estuvo siempre apegada a la defensa incondicional de los derechos humanos de todos: partidarios y enemigos. “La victoria no da derechos”, afirma.

En efecto, el héroe cumanés triunfa en la Batalla de Pichincha y ofrece una honrosa capitulación. Al respecto Bolívar escribiría: “Esa batalla consumó la obra del celo de Sucre, de su sagacidad, de su valor…aquellos pueblos veían en él su Libertador, su amigo; se mostraron más satisfechos del Jefe que les era destinado, que de la libertad misma que recibían de sus manos”. (Resumen sucinto de la vida del general Sucre, 1825)

Luego se da la Batalla de Ayacucho, donde se ventila el destino de América. Al frente de las fuerzas realistas se encuentra el virrey del Perú José de La Serna, y comandando las republicanas está Antonio José de Sucre con apenas 29 años de edad. Triunfan Sucre y el ejército patriota. Los oficiales y soldados vencidos aguardan el castigo y no esperan menos que la humillación y la pena de muerte. Sucre en cambio les ofrece un trato decoroso y respeto por sus vidas. “Sucre nos concedió la más bella y honrosa capitulación de que se tenga noticia en los anales de la guerra”, expresó La Serna.

Luego del triunfo de Ayacucho, y siguiendo instrucciones de Bolívar, Sucre entra en el Alto Perú (hoy Bolivia) el 25 de febrero de 1825. Convoca una Asamblea Popular el 9 de julio donde se firma el “Acta de la Independencia”, que lleva fecha del 6 de agosto de 1825. Nace Bolivia. Entre 1825 y 1828 será su Presidente. Luego renuncia. En su mensaje de despedida declara: “No he hecho gemir a ningún boliviano: ninguna viuda, ningún huérfano solloza por mi causa; he levantado del suplicio porción de víctimas condenadas por la ley; y he señalado mi gobierno por la clemencia, la tolerancia y la bondad. Para formar a Bolivia preferí el imperio de las leyes a ser el tirano o el verdugo que lleva una espada pendiente sobre las cabezas de los ciudadanos”. Propone que se gobierne “sin que el estrépito de las bayonetas esté perennemente amenazando la vida del hombre y asechando la libertad”. (2 de agosto).

Igualmente, a comienzos de 1829 Bolívar lo designa jefe del Ejército y le encarga la misión de combatir las fuerzas invasoras peruanas comandadas por el general José de La Mar quien pretendía desmembrar el territorio de Colombia (Venezuela, Nueva Granada y Ecuador) y anexar la provincia de Guayaquil al Perú. Sucre lo derrota en la Batalla de Tarqui. Le ofrece una capitulación digna. Le escribe: “Generoso por carácter, olvido mis agravios personales cuando media la causa pública y en lugar de venganzas y los estragos de la guerra, ofrezco… la concordia entre los pueblos”. (28 de enero de 1829). Así lo hizo siempre.

Sucre contra el tirano y el verdugo

Hoy los patriotas de toda América Latina debemos enaltecer la figura de Sucre, difundir su pensamiento y celebrar fervorosamente los doscientos años del Tratado de Regularización de la Guerra, núcleo de su doctrina humanitaria. La que hoy es mancillada en Bolivia, Ecuador y otras naciones, donde las bayonetas están perennemente amenazando la vida y asechando la libertad. Donde hoy sus proclamas solo pueden leerse en la clandestinidad porque son un alegato contra sus gobernantes, que llevan una espada pendiente sobre las cabezas de los ciudadanos. Donde cualquiera que cite sus textos es calificado de sedicioso. Donde el pueblo oprimido demanda clemencia, tolerancia y bondad. Donde su nombre se ha convertido en bandera en la lucha contra la represión y la injusticia.

Por consiguiente, los tiranos de estos países donde tanta gente solloza por su causa, no quieren que le recuerden a Sucre, que simboliza todo lo contrario de lo que ellos son. Dijo lo que ellos nunca podrán afirmar: “tengo mi conciencia libre de todo crimen”. Sienten que éste les acusa de verdugos porque ignoran su consejo: “las armas que llevan son para proteger a la ciudadanía”. Además, experimentan envidia porque de ellos la Historia nunca dirá lo que Bolívar dijo de Sucre: “Como soldado fuiste la Victoria. Como magistrado, la Justicia. Como vencedor, la Clemencia. Como ciudadano, el Patriotismo. Como amigo, la Lealtad”.

Ciudad Ccs/José Gregorio Linares