El feminismo negro y proletario de Angela Davis

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Angela Davis llegó a aparecer en esos carteles de “Wanted” (se busca) y en las listas de los terroristas más peligrosos de su natal Estados Unidos. Es que era una pantera negra y, por tanto, enemiga pública de la inmaculada democracia norteamericana.

¿Cuáles eran los delitos por los que la perseguían y que, en 1970, justificaron su detención? Pues, era líder de un feminismo negro y proletario, una combinación de luchas que, ciertamente, atentaba –y atenta– contra el corazón mismo de una sociedad burguesa, patriarcal y racista.

El título de uno de sus más reconocidos libros es un resumen perfecto de esa revulsiva conjunción de ideas: Mujeres, raza y clase. Y es que Davis plantea que no basta con luchas separadas por las reivindicaciones femeninas o contra la discriminación por motivos étnicos o en favor de los derechos de la clase pobre: se trata en verdad de una confrontación integral que ha de hacer frente a un sistema mundial que oprime a la mayoría empobrecida de la humanidad, en particular a la mitad femenina, y que se ensaña con las personas no blancas.

“El feminismo que no es antirracista, anticapitalista y solidario con aquellos que están atrapados en la pobreza, por culpa del capitalismo global, es una contradicción de términos”, sostiene.

Con los avances alcanzados en algunos de esos aspectos en EEUU y otras naciones (avances ahora amenazados por el auge de los movimientos reaccionarios más radicales), líderes como Davis terminaron por ganarse un puesto en el escenario democrático. Luego de aquellos días de persecución, en los que el FBI advertía que era una malvada criminal, y que posiblemente iba armada, la presión de las calles la salvó. Acusada de ser la propietaria de un arma utilizada en una situación de rehenes vinculada a las Panteras Negras, estuvo casi año y medio en prisión, pero fue liberada luego de una de las primeras campañas mundiales en pro de una persona privada de libertad, la que utilizó la consigna Free Angela. En 1972 fue declarada inocente y se consolidó como un ícono del EEUU profundo y rebelde, ese que casi no figura en los grandes medios de comunicación.

A los 76 años (cumplidos el pasado 26 de enero), ella sigue siendo una inconforme, pues sabe que si no se le enfoca en términos holísticos, las luchas pueden ser meras apariencias. Por ejemplo, existe un feminismo de mujeres blancas y de clase media que no le sirve de casi nada a las obreras y campesinas afrodescendientes, latinas o indígenas.

Esa visión amplia ha hecho de Davis una defensora de los derechos de todos los excluidos, los discriminados, los segregados de la sociedad, incluyendo allí a las personas privadas de libertad y a la comunidad sexodiversa.

“La forma más pandémica de violencia en el mundo es la violencia de género. Debemos comprender la relación que hay entre las distintas formas de violencia de género y la violencia estatal; entre la violencia que se expresa a escala individual y la violencia en las cárceles, las guerras y la que proviene de la policía. Esto es algo que las mujeres de color han vivido”, dice Davis en sus conferencias y escritos.

No se trata de aproximaciones teóricas. Desde niña, Davis conoció acerca de la segregación. Nació en el sur de EEUU, en Birmingham, Alabama. El nombre de su barrio ya anunciaba mucho: Dynamite Hill, traducible como Cerro Dinamita. Lo llamaron así porque las casas eran frecuente diana de los ataques con explosivos del Ku Klux Klan. Corrían los años 40 y el racismo tenía bases jurídicas, pues regían leyes estadales o municipales llamadas Jim Crow, mediante las cuales se les daba trato discriminatorio, principalmente a los negros (pero también a latinoamericanos, asiáticos y aborígenes) en las escuelas, los lugares públicos y el transporte.

Por destacarse en sus estudios en la modesta escuela de su localidad, Davis tuvo el privilegio de cursar el bachillerato en Nueva York, en una institución privada que desafiaba al anticomunismo fanático impulsado por el nefasto senador Joseph McCarthy. Así fue como entró en contacto con otras ideas peligrosas en los EEUU de la Guerra Fría: las del marxismo. Llegó a ser, incluso, militante del Partido Comunista de EEUU.

Su brillo académico la llevó a la universidad en Massachusetts, donde conoció a quien sería uno de sus mentores, Herbert Marcuse. Se enrumbó por el sendero de la Filosofía y, a su regreso a EEUU, dio clases en la Universidad de California.

Finalizando los convulsos años 60, era una joven y talentosa profesora, de frondoso afro, en rebelión contra el racismo, el machismo y el capitalismo. No tuvo nada de raro que la calificaran como criminal y terrorista.

La campaña mundial para liberarla dio resultados y desde 1972 Davis ha sido una voz indoblegable en la denuncia contra un sistema de dominación que cada día se hace más inicuo, tanto a escala mundial como dentro de EEUU.

“En ciudades como Chicago, la juventud negra sufre enfermedades de malnutrición similares a las que afectan a los niños y niñas de las zonas de hambre de África, pero aun así se han suprimido los desayunos en las escuelas y los servicios de comida”, dice Davis en su libro Mujer, cultura y política. Allí puntualiza que los recursos “ahorrados” por las élites políticas con esos recortes presupuestarios son destinados a engordar los contratos de las industrias militares.

Hoy, con su mítico afro ya plateado, casi blanco, Angela Davis es una referencia de un segmento poblacional que muchos ni siquiera creen que existe: el de los y las estadounidenses anticapitalistas y descoloniales. Como tal anda por el mundo, dando conferencias que se llenan a reventar de esa gente que piensa que sí, que otro mundo es posible.

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No es lesbiana, es queer

La capacidad de cuestionamiento al statu quo que tiene Angela Davis es tan profunda que algunas veces quienes estudian sus textos o asisten a sus conferencias quedan problematizados, preguntándose si las ideas que ha defendido hasta entonces no son, en el fondo, muy conservadoras.
Así les pasa, por ejemplo, a quienes le han reclamado que, a pesar de ser ella lesbiana, no haya tenido posiciones más claras respecto a esa preferencia sexual. Davis explica que, al menos en sus inicios en EEUU, las luchas de la comunidad lésbica y gay eran cosas de gente blanca y se centraban demasiado en lo sexual y de género, ignorando aspectos como el racismo y la pobreza que siempre hacen más complicada la situación de quienes disienten de los parámetros heteropatriarcales.
Suele poner como ejemplo las luchas de las mujeres (tanto heterosexuales como lesbianas) y de los hombres gais por el derecho a hacer carrera como militares. “¿Queremos ser parte del Ejército o queremos abolir el Ejército?”, reta Davis a sus audiencias.
Si hay que etiquetarse, ella prefiere la categoría queer, que abarca todos los comportamientos, identidades y preferencias fuera de lo establecido, basándose en la tesis de que los roles tradicionales no son producto de la biología, sino constructos sociales.
Una amiga que estuvo en una de sus charlas, lo resumió en una frase: “Cuando uno va, ella viene”.

Ciudad CCS / Clodovaldo Hernández