Punto de quiebre | Balas uniformadas hablaron con su dialecto de muerte

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Era primera vez que hacían un nacimiento y bastante que su mamá les había insistido en que la ayudasen a armar el de la casa. Aquello era otra cosa. Era en plena calle, en medio de risas y juegos y rodeados de todos sus amigos y las chicas de su edad. Unos villancicos se dejaban escuchar en un equipo de sonido que había sacado Filomeno, un vecino de la calle, muy conocido porque era un bonchón empedernido. Aquello era algo así como una fiesta colectiva del barrio.

Olía a pólvora. Pero no a la pólvora mala, de esa que mata, sino a pólvora de fuegos artificiales, porque un señor había lanzado unos cohetones. Un barrio alegre y unido. Hasta los perros eran felices porque siempre conseguían quien se apiadase de ellos y les diera algo de comer. La cosa se complicaba solo cuando llovía, porque todo se volvía barrial y mugre. Pero aquella tarde no había llovido.

La calle 18 de El Valle no tiene fama de ser peligrosa, por lo menos no en la parte baja. Aunque por allí pasan los malaconductas que viven en la parte alta. Pero siguen de largo y no se meten con nadie, quizás porque ese no es su territorio y por allí deben pasar todos los días.

Componenda guapetona

Los agentes estaban sentados viendo televisión. No había ninguna salida prevista. Dentro, en el calabozo, un grupo de prisioneros jugaban cartas y uno de ellos se fumaba un cigarro mirando al techo. El sudor rodaba hasta el piso mugriento, donde yacían varias colillas espaturradas. El que fungía de jefe de los uniformados tenía los pies montados en el escritorio. Miraban al Chavo. Risotadas estruendosas y eso que era un programa repetido. Una foto de un general, al lado del ministro del Interior y del presidente Nicolás Maduro descansaban sobre un mueble de metal en el que guardaban decenas de carpetas.

La puerta se abrió y una ráfaga de viento entró con rapidez, pero también se coló el mal olor que desprendía una montaña de basura que estaba en la esquina. El camión del aseo llevaba ya dos semanas que no pasaba por el lugar. El agente de civil entró y se sentó en una silla plástica que estaba en un rincón. Me acaban de robar la moto, soltó sin mayores preámbulos. Todos quedaron boquiabiertos. Cómo es eso de que te robaron la moto.

Eran como cuatro carajos. Creo que son de la 18, Esos coños no se cansan de joder. Vamos a recuperar la moto y a darles su merecido.

El reloj acababa de marcar las siete de la noche. Eran nueve los policías, tres de los cuales tenían excelente preparación comando, porque pertenecían al FAES. Se pusieron de acuerdo y elaboraron un plan. Había que enseñarlos a respetar. Tres de ellos subieron como quien va a la Panamericana. Al llegar al kilómetro 0 se bajaron de las motos y se subieron a un muro. Desde allí divisaban buena parte de la 18. Los otros llegaron directo en las motocicletas.

Los primeros disparos se confundieron con los cohetones que había lanzado hacía rato el vecino. Las balas corrían furiosas desde la parte alta del muro, pero también desde la entrada de la calle. Las paredes salpicaban trozos de cemento pintado. Los bloques de concreto se astillaban en pedazos ante la llegada de los pedazos de plomo. Los gritos no se hicieron esperar. Eran muchos gritos, gritos de mujeres, pero también de niños que no alcanzaban los catorce años. La mula y el buey saltaron por los aires, mientras San José quedó allí, en medio del pesebre, con la cabeza destrozada. La virgen María resultó ilesa, pero no podía creer lo que veían sus ojos.

La sangre de uno comenzó a fusionarse con la del compañerito que tenía al lado. Cuando llegaron los uniformados no dijeron nada, por lo que nadie sabía qué era lo que estaba pasando. Debe ser que tumbaron a Maduro y estos bichos se endemoniaron y ahora quieren ajustarles cuentas a los chavistas. Siempre supe que esos bichos de rojos rojitos no tenían nada, pensó Don Filomeno para sus adentros.

Poco a poco los uniformados se fueron acercando. Una mujer lloraba arrodillaba, junto al cuerpo delgado y malogrado de su sobrino, de apenas 14 años, a quien le habían dado un tiro en la espalda. La mujer pensaba que estaba muerto. Un poco más allá el hijo de la mujer, de unos doce años, se retorcía en el piso con un fuerte dolor en el brazo. Una de las balas le había partido el hueso. Dónde está la moto, preguntó la pistola humeante del policía. De qué moto me habla señor, yo no sé nada de motos. Nosotros estábamos montando un nacimiento. Una patada en la cara lo tumbó de bruces. Otra pistola humeante observaba con cara de pocos amigos al resto de los vecinos.

Una vecina se les había enfrentado a los uniformados. No ven que son unos niños. Aquí no hay delincuentes.

Creo que nos equivocamos, se escuchó decir. Pero la pistola humeante no escuchaba nada en aquel instante. El niño, con el disparo en el brazo, continuaba suplicando que no le hicieran daño. Quizás temía que lo fueran a rematar. Ni siquiera le habían pedido la cédula para saber que era un menor. La pistola humeante lo miró con rabia a los ojos y, sin ton ni son, escupió un pedazo de plomo. El pómulo adolescente se abrió para dar paso a un chorro de sangre. Ya el niño no clamó más.

Un hombre salió de la casa y se les enfrentó. Se identificó como miembro de un organismo de seguridad. Les exigió que trasladaran a los heridos hasta el hospital. Por radio comenzó a pedir “un cien”, que en lenguaje coloquial-civil significa “necesito ayuda, necesito refuerzos”. Los policías guardaron las pistolas humeantes, algunas de ellas salpicadas de sangre y olorosas a muerte. Trasladaron a los heridos hasta el hospital. El Hospital de Coche les quedaba cerquita, pero ellos prefirieron llevarlo a uno más lejos. Optaron por el Clínico de la UCV. El adolescente del tiro en la espalda fue intervenido de inmediato falleció a las 6 de la mañana.

Este jovencito era del interior del país. Pasaba unas vacaciones en casa de su tía. El muchacho del tiro en el brazo, rematado con el balazo en el pómulo casi a quemarropa estudiaba quinto año. Los otros dos heridos también eran menores de edad. Salvaron sus vidas de chiripa.

Prebendas y alcahuetería

Esa misma noche el FAES capturó a los nueve asesinos. Ya se habían bañado y cambiado de ropa y estaban tranquilazos en su comando de El Valle. Veían televisión, como si no hubiesen hecho nada aberrante. Un juez les dictó privativa, pero resolvió que los seis polinacionales quedaran presos en su mismo comando de El Valle, es decir, rodeados de sus amigos. Lo mismo se resolvió para los tres del FAES, quienes fueron recluidos en una de sus sedes.

Otra cosa mala es que en menos de un año han cambiado a la titular del juzgado 14° de Control en cuatro ocasiones y la audiencia la han suspendido nueve veces. Que si no hay aire, que si no hay agua, que la jueza está enferma, que los defensores no vinieron, que no pudieron llegar porque había una guarimba callejera, que si no trajeron a los imputados completos, que si no salió la orden de citación del tribunal. El pasado martes 28 de enero volvieron a suspender la audiencia. La excusa de ahora es que tres de los policías decidieron cambiar de abogado. La familia de los infortunados no tiene dudas de que el Estado, con sus instituciones, los están alcahueteando y que le están apostando al retraso procesal. La próxima audiencia fue fijada para el 17 de febrero. Las caritas inocentes de Ricardo y Jhonaikel lo observan todo desde allá arriba.

Ciudad CCS / Wilmer Poleo Zerpa