La Caraqueñidad | Reyes Magos y La Candelaria

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Desde que Chela y Rodolfo nos incorporaron a su tradicional fiesta en honor a los Reyes Magos, esa madrugada de 5 para 6 de enero –no recordamos el año–, en la que todo el mundo eleva sus peticiones al cielo y pide con fe por el ciclo que apenas inicia, literalmente nos atraparon, nos hicieron en definitiva una pieza de ese engranaje que se pasea libremente de lo divino a lo pagano a ritmo de parranda, suaves tambores y maracas, una que otra salsa coleada, platillos típicos del recién culminado rumbón navideño, pasapalos, postres, panes rellenos, ceviche y un infaltable aderezo etílico que enseria el toque festivo.

Eso, al igual que en su casa, debe ocurrir en otro montón de hogares caraqueños y venezolanos, pero ninguno como éste, por la clase y lo meloso de los anfitriones, por los invitados, por los músicos, por su particular clima de montaña, por un montón de cosas más, pero sobre todo por los nuevos amigos, entre quienes destacaron –y desde entonces presentes– Yineska y Luis, dos hermanos que allí nos presentó la vida y que también nos secuestraron para ser parte indisoluble de su tradicional celebración de la Virgen de La Candelaria, cada dos de febrero, que según el calendario católico coincide con la Paradura del Niño Jesús.

La fiesta de la Virgen de La Candelaria se realiza los 2 de febrero de cada año.

Reyes: de México pa’l mundo

Así como César González era “el amigo de todos”, Chela y Rodolfo son los panas de todos… y los súper anfitriones de todos. De verdad, botan la casa por la ventana. No obstante, por curiosidad y ante el irreverente ateísmo de él, indagamos sobre su empeño en aquella festividad de origen religioso –al menos eso creíamos– y nos aclararon que se trata de una tradición nacida en México que consiste, entre otras cosas, en esperar la llegada de Melchor, Gaspar y Baltazar, justo a la medianoche, para que oigan “de primerito” los ruegos, deseos y peticiones de los asistentes a la fiesta.

Esos deseos se escriben en un papel, se atan a un globo hinchado con helio y se echan al aire en aquella suerte de gusano multicolor que se eleva alegrando al oscuro cielo cargado de rocío y muchas esperanzas. Unas palabras de alabanzas y agradecimiento al momento, a la unión familiar, a la salud y a la vida.

Llega la degustación de dos roscones dulces contentivos, uno de un florerito y otro de un muñequito. A ritmo de melodías relacionadas con la fecha, cada invitado, tiritando ante el amenazante frío, corta su trozo de pastel. El premiado con el florero deberá llevar flores a la Virgen de La Candelaria el venidero 2 de febrero. Y el del muñequito deberá hacer la fiesta en honor a la milagrosa virgencita venida desde las Islas Canarias y adorada ahora en todo el mundo, especialmente en los Andes venezolanos, en la central parroquia caraqueña que adoptó su nombre y en la casa de Yineska y Luis, quienes pidieron públicamente eliminar el “muñequito” del roscón porque ellos serían en lo sucesivo “los dueños absolutos y permanentes” de tan acogedora celebración. Y así lo han hecho.

Venga de México o de donde sea, qué tradición tan bonita, tan cargada de magia. Gracias.

Candelaria hermosa…

Candelaria hermosa, brillante lucero,/ fuiste aparecida el dos de febrero…/ el dos de febrero fue tu aparición,/ el pueblo te añora con gran devoción…/ le cantó “Un Solo Pueblo” a la jefa de la advocación mariana, cuyo significado se relaciona desde lo etimológico con candelero, candela, luz, iluminación, guía, brillo, surgimiento, y aclara los caminos para afianzar los pasos al éxito y avanzar a una mejor fe…

Entonces, ese es el canto que prevalece en el coro que guía la miniprocesión que sale cada madrugada de los 2 de febrero desde la casa de Yineska y Luis, encabezada por la divina imagen de la inmaculada madre de Dios que apareció por vez primera en un jardín de una doña trabajadora de Tenerife, donde en agradecimiento y unida con el párroco del lugar erigieron su primera capilla.

La gente llega a este hogar caraqueño, impregnada de los cuentos y con las expectativas formadas un mes atrás en casa de Chela y Rodolfo. Cada quien aporta. Cero gallinas viejas (que comen, beben y no ponen; no, en ambas fiestas todo el mundo debe poner algo, colaborar, por tradición, por mandato, por situación y por “dile no al chuleo”).

Se hace una suerte de Paradura del Niño. Letanías y oraciones entremezcladas con los infaltables aguinaldos y el sabroso ritmo de parranda tradicional que sale de las afinadas cuerdas de cuatros y guitarras de los hermanos Parra, Benjamín Zambrano, Ignacio Barreto –actual director del Centro Nacional de Música y de la Biblioteca Nacional–, el anfitrión –además de poeta, es músico– Luis Contreras y la percusión menor de Ramón Pecheche.

La filosofía se hace risa, canto, abrazos, buenos deseos, toques, danzas. Cada quien suelta un verso, un paso o se inventa un coro. Y bienvenida la improvisación que rápidamente se adapta gracias al diestro manejo de esos ejecutantes que van de un re mayor a un do menor sin ensayos previos y sin mayores dificultades, demostrando que cuando hay consenso, cariño, pasión, fe… y mucha curda, las cosas quedan exquisitas.

La Virgen es paseada por toda la urbanización. Los vecinos salen, participan, cantan, se echan un palito –a veces de sus propias botellitas.

Ciudad Ccs/Luis Martín

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Historias de Nuestra Gente

Christian, Kobe y Naranjo…

El fin de semana del 25 y 26 de enero de 2020 quedará en la memoria colectiva por su huella trágica signada por la muerte de la superestrella de la NBA, Kobe Bryant, del reconocido jazzista y salsero Alberto Naranjo y, por si no fuese suficiente, falleció por afecciones cardíacas el futbolista sub-19 del Caracas FC, Christian Carrillo, el menos conocido de los tres…

Primero se supo lo del joven futbolista nativo de El Vigía, Mérida. Había estado fuera de acción por la cardiopatía que incluso lo alejó de un equipo colombiano que había mostrado interés por su fichaje.

La otra noticia, la de mayor impacto, como es lógico, fue la referida a la muerte accidental del escolta de los Ángeles Lakers. Y en tercer orden llegó la información acerca del adiós del gran Alberto Naranjo, el hombre que fusionó ritmos y acopló sonidos para regalarnos las mágicas producciones de su hijo consentido, una suerte de Fania criolla, El Trabuco Venezolano, capaz de superar con sus versiones y arreglos las composiciones originales del mismísimo Conjunto Libre, como por ejemplo Tres Días o Imágenes Latinas.

Las redes sociales reventaron. Y, por supuesto, la mayor cobertura, informativa, especulativa, interpretativa y de ciertos análisis, fue alrededor de la figura del número 24, quien junto a Shaquille O’Neal, hizo historia al grado de ser comparado con uno de sus ídolos, Michael Jordan.

De Carrillo no se sabe siquiera el número exacto de su dorsal, ni sus funciones específicas se difundieron en el ciberespacio. En cambio, de Naranjo se sabe mucho, debido a su amplia carrera musical. Hasta ahí íbamos bien, diríamos. Pero se le ocurrió a un disociado (y con él o ella comenzó un agite) comparar el impacto mediático entre los tristemente finados. Hubo quien osó reclamar que “cómo es posible que escriban más de un extranjero que de un muchacho venezolano que apenas estaba empezando a vivir”.

Señores, se entiende, y eso tampoco debe dejar dudas, que todos esos decesos, por causas naturales o accidentales, afectan a todo el mundo. Que nadie puede celebrar la partida de nadie. Pero también debe tenerse presente que no hay comparación posible. Y no se trata de alabar lo de afuera y desconocer lo nuestro. Es ser realista ante los hechos. Bryant labró con sus manos, sus movimientos, su osadía, su tino y sus condiciones más que atléticas su destino como estrella que ahora brilla desde la eternidad. Negarlo sería una estupidez. Naranjo también está entre los duros, por su recorrido. En cambio, de Carrillo se sospecha que iba en indetenible ascenso.

Ciudad Ccs/LM