La página de Aquiles | Crónicas

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El infierno rodante

Un crujiente montón
de abollado latón
que vomita, al pasar, sobre el viandante
un humo turbio, fétido, asfixiante.

Unos asientos hechos
al máximo de estrechos
provistos de una especie de bojotes
sucios, rotos, más duros que Monote
y en los que viaja usted casi en cuclillas
sin saber cómo hacer con las rodillas.
Y esto si no le toca ir parado,
besándole el cogote al que va al lado.

Un timbre que no suena
porque tiene la cuerda reventada,
y un chofer que no atiende o se envenena
si se le pide a voces la parada.

Unas descalabradas ventanillas
con el vidrio atascado o vuelto astillas;
una lámina entera despegada
que causa, en un frenazo, una cortada;
un piso con los hierros levantados
hundiéndose en los pies de los parados,
y unas costras oscuras en el piso
que parecen casabe untado en guiso.

Una puerta de atrás que no funciona
cuando se va a bajar una persona,
o que funciona tan violentamente
que, de darle donde es, mata a una gente.

Y, sobre todo esto, una hedentina
tan fuerte y tan tenaz a gasolina,
que, sin echarse un palo, hasta el más macho,
si hace el viaje hasta el fin, llega borracho.

Este infernal suplicio,
digno de Adolfo Hitler y su corte
se llama aquí “Servicio
Público de Transporte”.

Elegía a la dulcera de Sociedad

¿Qué se habrá hecho la dulcera
de la esquina de Sociedad
con su gorra de cocinera
y su esponjado delantal
y su azafate que por fuera
tenía tanto de vitral
y que por dentro el gozo era
de nuestra hambrienta capital,
con sus tortas tipo burrera
y sus tajadas de manjar
y sus esféricos coquitos
que parecían de cristal?

¿Qué se habrá hecho la dulcera
de la esquina de Sociedad
que se pasó la vida entera
junto al lugar donde estuviera
en otro tiempo el City Bank?
Brava, locuaz, dicharachera,
rica de pintoricidad,
fue, sin que nunca lo supiera,
un tipo de esos que le dan
a la ciudad su verdadera
categoría de ciudad:
¡rolliza estampa callejera
de Dulcinea popular,
como mejor nunca se viera
ni en la pintura de Lovera
ni el los sainetes de Guinán!

¿Qué se habrá hecho la dulcera
de la esquina de Sociedad,
la que dejó tan hondas huellas
en nuestro criollo paladar
con las grandes tortas aquellas
de majestad episcopal
tan parecidas a su dueña,
y que de haber podido hablar
hablando hubieran, como ella,
un rudo inglés de Trinidad?

Aunque de más de una manera
-excepción hecha de su hablar-
más caraqueña y criolla era
que las criollísimas chiveras
de la parroquia de San Juan,
de vez en cuando a las seseras
se le subía Trinidad,
y de sus fibras patrioteras
daba las muestras más severas
no vendiéndoles sino a
los estirados y corteses
americanos medio ingleses
del Royal Bank of Canadá.
(Y una tarde, tarde cualquiera,
y procedente de la acera
de la antigua universidad,
se presentó una periquera
de San Francisco a Sociedad.
Y amenazada la dulcera
de ser tumbada en la carrera
que la arrollaba sin piedad,
no se movió de allí siquiera,
sino se irguió, grave y severa
con la más alta dignidad,
y en la británica bandera
embojotó su humanidad).

¿Qué se habrá hecho la dulcera
de la esquina de Sociedad?
Yo no lo sé, mas dondequiera
que se haya ido a refugiar,
sepa que aún queda un poeta
-tal vez el último juglar-
que dejaría su actual dieta
que es casi toda de galleta
de la más dura de mascar,
para que en alguna tarde quieta
volver sus dulces a probar.

El poste

Este flaco gigante callejero,
amigo fraternal de los borrachos,
lo menean alegres los muchachos
y lo baña contento el aguacero.

Un adiós musical le da al viajero
de pájaros que alegran sus penachos
-brazos de mástil fatigados, gachos-
de buscar por el aire un marinero.

Estatua de mudez, torre vacía,
monumento al ciprés, lirio de hierro;
esclavo de extranjera compañía.

Poste pueblo del aire y del cencerro,
mirándote tan grande, ¡quién diría
que te levanta su patica el perro!

Good morning

Turismo del color: las dulcerías.
Nota social: las hojas de recreo.
¡No os suicidéis por mí, ventanas mías!
¡Adiós, casas, adiós, voy de paseo
arbolitos que dais los buenos días
del cielo os mandaré fotografías
hasta luego, ciudad, tonto museo!

Good morning. ¿Es usted americana?
Lo digo porque he visto en su pañuelo
traducida, al inglés, esta mañana.

¡Para mi capitán, que en las esquinas
le compraré a la miss fotos del cielo
y un álbum souvenir de golondrinas!

Ciudad CCS / Mercedes Chacín / Ilustración Clementina Cortés