Mujeres, raza y clase

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Vivimos en un mundo signado por relaciones humanas basadas en el ejercicio desigual del poder, apareciendo éste como el antagonista del amor. Un amor al que han convertido en objeto de apropiación y explotación por medio de la instauración de una jerarquía en relación con el sexo-género, que impone como única forma de relacionarse la heterosexualidad, pues es necesaria para la continuidad del patriarcado, ya que la misma expresa la obligatoriedad de relaciones sexoafectivas entre varones y mujeres, como forma de apropiarse de esa fuerza productiva y reproductiva de los cuerpos de las mujeres.

Ante este panorama, no es de extrañar que las mujeres lesbianas hayamos integrado estas prácticas desiguales dentro de nuestras relaciones interpersonales, convirtiéndonos en una réplica de cualquier relación heteronormada entre un hombre y una mujer, en la cual ambas mujeres nos turnamos o, peor aún, rivalizamos ante el ejercicio del poder según sea el caso o nuestros intereses.
Por eso es que, en el mes del amor, aprovechamos para invitar a todas las mujeres que aman a otras mujeres, a repensarnos las formas en las que relacionamos, y a que construyamos nuevas formas mucho más horizontales, basadas en el respeto y en la voluntad de ser libres:

Y así me libero de la pasión por poseer

Me prestaron un amor por un rato, no me dijeron cuándo debo devolverlo, no hay un contrato con fecha de vencimiento. Así que, por el momento, yo me ubico en un lugar del jardín desde donde observo. En el centro destaca un germinado cuyas flores, me contaron, antes ocupaban el jardín entero. No sé de qué tipo de flora estaba provisto, pero parece que de todas ellas quedaron semillas que siguen creciendo. Desde mi rincón, se ve más bien como una enredadera de esas que se adhieren, que necesitan enrollarse a cualquier estructura que les dé soporte, y de ahí se extienden a los lados. En todo caso las enredaderas siempre ameritan de esta guía que las apoye y asegure, para que puedan alcanzar altura. Hay un cartel de esos que te advierten de la hiedra venenosa que dice: “Ten cuidado, ese amor no es tuyo, es un amor prestado”.

Mientras tanto, yo no ocupo mucho espacio, pero en mi rincón voy aprendiendo a sembrar semillas de las que broten flores sencillas que recuerden el carácter transitorio de la vida, como las margaritas. Que iluminen el espacio de todos los colores como las gerberas. Alejadas de la sobrecarga y de la abundancia, como el loto, cuyo brillo se eleva en medio del lodazal, que florezcan desprendidas de todo apego y vivan efímeramente, pero más livianas, como las del cerezo. No faltará la pasión de las rosas rojas, acompañadas por la sabiduría de las orquídeas violeta. Y, por supuesto, evocando la luz y la energía, estarán por otro lado los girasoles.
En este rincón del jardín no existen carteles,

aquí solo se cultivan las sensaciones, nos despojamos de las malezas y al hacerlo, valoramos más los esfuerzos intencionales que realmente añaden valor a la vida.