Gandhi

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Si de algún hermano debo hablar es de Vidal Cisneros –Gandhi, estudiante de arquitectura–, que era nuestro líder de la UCV, y actualmente mi segundo vicepresidente de la Rumbagenaria Foundation Internacional, porque el primer vice es Daniel González, de quien hablaré en pronta entrega. Gandhi ha sido el amigo más solidario de mi vida. Para empezar me rebautizó Rumberto Márquez y con ello me liberó de la pacata bobería revolucionaria, me dio la patente de corso para que hiciera lo que me diera la gana, e hiciera comprender a los otros jefes, que entre rumba y revolución no había contradicción, y que la escuela de Letras era territorio liberado.

Una tarde de viernes, nos encontramos en la Plaza Venezuela, yo iba de salida con una bolsa de manzanas, peras y uvas, para los muchachos –Ligeia y Marcel–, llevaba una semana amaneciendo y total para mí los viernes eran, de alguna manera, un día de encuentro familiar. Él comenzó con el cuento de una fiesta fantástica con muchachas de Arquitectura, que eran por cierto de las más lindas de la universidad; sin embargo, yo tenía el firme propósito de llegar temprano a casa, por alguna extraña razón tenía una baja de cariño filial. Mi pana siguió hablando del obsequio de comidas y bebidas, y no pasó mucho rato cuando me dejé tentar, pero, eso sí, con una condición, son las 4, pana, a las 8 me voy. ¡No joda!, sí, a las 8 me fui, pero de la mañana. Después, con los años, me enteré que fue la fiesta de despedida de Pedro Sanz, cuando se fue a estudiar a Londres.

En materia de alcahueterías siempre fue incondicional, casi como Tito Núñez, aunque mucho más recientes, las de Tito quedaron en el siglo pasado. Sus solidaridades pasan por apoyar cualquier tipo de locura que se me ocurra, desde hace rato estoy incubando una que se niega a nacer. Entretanto, seguiremos asistiendo al velorio de las rumbagenarias, porque ninguno de sus asistentes nos hemos muerto. Jajaja.