La Caraqueñidad | Del Carnaval y sus diversas prácticas

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El Carnaval desde siempre ha sido más que libertinaje y juego con agua y otras sustancias. Se complementa con rituales propios y ajenos, con representaciones divinas o no, para agradecer a la agricultura la fecundidad y la tierra.

Visto así, el Carnaval es una fiesta pagana con signos religiosos. Culturas milenarias como la egipcia, la romana, la griega o la india, antes que la del resto de Europa y posteriormente de América, lo relacionan con la fertilidad, con permitir lo carnal, con un doble sentido, porque se desarrolla en cuaresma y termina el Miércoles de Ceniza, justamente en la antesala de su antítesis ritual: la Semana Santa.

Los orígenes carnavalescos remontan a los días en que los egipcios adoraban las bondades de Falo o de Isis, o el Mes Phaljova en India, así como entre los años 500 y 265 AC lo hacían en Grecia y Roma con Baco, Saturno y Dionisio; todo previo al cristianismo, que lo secuestró y amoldó a sus intereses y creencias.

La palabra

El término originario pudiera ser “currusnavalis”, por el culto de los egipcios a su diosa Isis, a manera de procesión de un barco que paseaban por sus ciudades. Al contar de boca en boca esa tradición del “carro naval” la palabra se transformó en carnaval.

Diversas corrientes introdujeron el vocablo carnestolendas en referencia a las carnes prohibidas. Y hay quienes afirman que se trata de un italianismo proveniente de carnevale, que derivó en carnovale.

Su llegada a las Américas

Las manifestaciones más evidentes del Carnaval en América marcaron pasos firmes en México, entre su población originaria, bajo el influjo de los conquistadores europeos. No obstante, cada región y cada etnia le agregó su sazón (música, bailes, ofrendas, vestimentas), como ocurrió en el resto del continente, en esas festividades en honor a la Pachamama, sus cultivos, alimentos y fecundidad.

En el caso venezolano los dominantes indios caribes nunca fueron adeptos a esas prácticas, porque sus principales fortalezas, por encima de la guerra, fueron la caza y la pesca, por tanto no hay referencias claras en cuanto a sus celebraciones carnestolendas ligadas a la agricultura.

Además, los curas españoles transformaban las manifestaciones originarias so pretexto de que las comunidades autóctonas posicionaban sus ritos paganos que adversaban las costumbres, mitos y poderes instituidos por la Colonia.

De la historia a la rumba

En el siglo XVIII el mismísimo obispo de Caracas, Diego Diez Madroñero, prohibió la celebración definitivamente por los excesos y libertinajes inherentes a la fecha. Juró “acabar con esta barbarie que se llama Carnaval: voy a traer al buen camino a estas mis ovejas descarriadas que viven en medio del pecado…”. Y el 14 de febrero de 1759 lanzó su edicto para arraigar las buenas costumbres y aumentar estilos piadosos.

Según el cronista Alberto Veloz, durante los 12 años de mandato de aquel cura el Carnaval se acompañó de procesiones santas, cantos litúrgicos, el rosario diario y rezos en nombre de Nuestra Señora de la Luz.

“Caracas se convirtió en un santuario… Las mujeres olían a incienso y los hombres a cera…”, aseveró el historiador Lino Duarte.

Por su parte, el periodista Abraham Quintero dijo que el representante eclesiástico “trató con celo apostólico reformar las costumbres díscolas de sus ovejas con decisiones que marcaron el espíritu del obispado”. Pero como todo tiene su final, el cura falleció y sus ovejas volvieron a ser ovejas… llegaron los saraos y retornó el espíritu irreverente.

Arístides Rojas afirmó que “la barbarie estableció que había diversión en molestar al prójimo, mojarlo, empaparlo y dejarlo entumecido (…) El entusiasmo no llegaba al colmo sino después de haberle ensuciado, bañado…”, y agrega que esas bacanales eran con jueguitos de manos y tocamientos, al referirse a los bailes callejeros como el fandango y la mochilera, que incluían contactos físicos inaceptables.

Explica Rojas que había que cerrar puertas y ventanas para guarecerse de los desadaptados que transformaban las noches caraqueñas en paisajes lúgubres.

Permisos y prohibiciones

Antonio Guzmán Blanco, con su afrancesado estilo de amoldar a Caracas, fracasó en el intento de aniquilar aquellas tropelías y darles otro sentido a las fiestas del rey Momo. El Ilustre Americano pretendió un Carnaval civilizado como el del primer mundo y, aunque innovó elementos en la ornamenta, no pudo erradicar los juegos con pintura y negro de humo que vulneraban la dignidad del agredido.

Con esa herencia llega el Carnaval al siglo XX, con Juan Vicente Gómez al mando para darle otra cara a la tradición. Estableció comparsas y desfiles con sus reinas (tipo procesión). El Benemérito erradicó el juego con agua, harina, almidón o azulillo. Luego prohibió toda celebración callejera debido a los sucesos de la Generación del 28. Por control solo se permitían fiestas en grandes hoteles y clubes como el Venezuela.

Otro que combatió férreamente, hasta prohibir la práctica del Carnaval, fue Marcos Pérez Jiménez, porque hacia el final de su dictadura infiltrados de la clandestinidad lanzaban consignas y escudados en disfraces daban vida a la protesta. Aunque en sus días iniciales se dieron los más coloridos y rumberos carnavales de Caracas, comparados con los de otros países por la presencia de grandes orquestas y músicos internacionales.

Fueron esos los días de “En el Ávila es la cosa” (grandes fiestas en el recién inaugurado hotel de San Bernardino)… Las primeras negritas pasan gratis (exoneraban a las primeras disfrazadas que generalmente eran muchachos salidos del clóset)… “Relámpago” (un show nudista de escasa duración)… “A que no me conoces” (por la calidad de disfraces y máscaras); todo al son de la Billo’s y otros genios musicales del momento, con la participación plena de toda la ciudadanía que, a pesar de las marcadas diferencias sociales, compartía tanto los bailes de etiqueta como las comparsas y desfiles de carrozas desde donde lanzaban caramelos al grito de “Aquí es, aquí es”.

Con la permisividad de la democracia retornó el Carnaval salvaje con sustancias dañinas, la violencia y sus saldos rojos. En varias zonas se preparaban hoyos con pantano, pintura y materiales nocivos, para zambullir a quienes decidieran los guapos de barrio.

Ciudad Ccs/Luis Martín