La página de Aquiles | Niños y niñas

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Glosa para volver a la escuela

Comienza el año escolar,
y septiembre en Venezuela
vuelve a ser como una escuela
que se abre de par en par.

Oh escuela de mi niñez
donde en las tardes llovía,
¡quién pudiera en un tranvía
ir a tu encuentro otra vez!
Cerca ya de la vejez,
no te he podido olvidar,
pues en mi afecto un lugar
donde aún me cantas, existe,
y en el que siempre más triste
comienza el año escolar.

Con tu pueril mirador
y tu violenta lechada,
yo te creía pintada
con lápices de color,
Y en tu jardín interior,
que era un jardín de novela,
llegué a pensarte gemela
del viejo Tontoronjil…
¡Y es que en mi infancia era abril
y septiembre en Venezuela!

¿Dónde está tu Director
con sus miradas siniestras?
¿Dónde sus lindas maestras
que nos mataban de amor?
A veces un tierno olor
a tela nueva, a canela,
de tu ambiente me revela
la vieja aroma dormida,
¡y entonces toda la vida
vuelve a ser como una escuela!

Y hoy, al volver la excursión
de niños a la mañana,
yo he vuelto a oír tu campana
cantando en mi corazón.
Deja, pues, que en tu salón
tome el último lugar
y permíteme soñar
que vuelvo a la edad sencilla
en que el mundo es un Mantilla
que se abre de par en par.

Los cazadores de muchachitas

Cuando una de estas jóvenes que interrumpen un día
su curso de “Inglés Básico” y mecanografía
para entrar en el mundo de los que “tienen modo”
con un joven decente que “compró carro y todo”.

Cuando una de estas jóvenes, por haberse casado
con doctor, ya figura entre lo más granado,
lo primero que aprende es a hablar del suplicio
que es hoy día en Caracas la cuestión del servicio…

“Con lo pésimo -dicen- que está el servicio ahora,
nadie sabe el trabajo que pasa una señora.
La última que tuve fue una negra tuyera
y ¡ay, mijita!, te digo que aquello era una fiera.

Y eso que la poníamos a dormir en el baño
y le dábamos libres dos domingos al año
¿Y sabes hasta dónde llegaba su osadía?
¡A pedir que le dieran tres comidas al día!”

“Es que esas son sirvientas maleadas por Caracas
-le responde la otra-. Yo en cambio de Tucacas
traje una que me dieron para que yo la eduque
y esa me lo hace todo. –Pregúntaselo a Luque:

Lava, plancha, cocina, me le atiende al chiquito,
y eso sí, niña: ¡tiembla cuando le doy un grito!
Esa no mueve un dedo sin pedirme permiso
porque, caray, ¡le saco los ojos si es preciso!

Un sábado le dije: “Mire, cuando haya gente
usted no entre ni salga por la puerta del frente”.
Como a los cuatro días me desobedeció
y, con visita y todo, supo quién era yo.

Le dejé esas costillas que -pregúntale a ella-
todavía le duelen cada vez que resuella.
Ella quisiera irse, pero esa no se va…
¿No ve que allá en Tucacas la espera su papá?”…

Y así, cada domingo, cada fin de semana
sale de nuevos ricos la alegre caravana
a recorrer los campos buscando muchachitas
como quien busca lapas o picures o arditas.

Se pasan un gran día de monte, y al regreso
junto con el cochino, las cachapas y el queso,
se traen a una idiota marcada de viruelas
que se estrenó ese día sus primeras chinelas.

Y ya tiene otra misia quien le haga los mandados
y a quien matar a palos y a quien darle sobrados
y a quien pelarle el coco y a quien hacerle odioso
¡todo lo que en la vida pudiera ser hermoso!

Una pela

Por fin, después de toda una semana
de llovizna obstinada y fastidiosa
ha vuelto a aparecer, como una rosa
de juventud, el sol esta mañana.

Y abierta hacia los campos la ventana
me siento ante mi Remington mohosa
con ganas de escribir alguna cosa
en loor de San Isidro y de Doñana.

Pero de pronto, rotos, conmovidos,
me llegan unos trágicos gemidos
y el áspero chasquear de una correa.

Y olvido a San Isidro y a Doñana…
¡Cómo encontrar hermosa una mañana
que para un pobre niño está tan fea!

Degas en una fiesta

En el verdirrojo de la gelatina
hay dos niñas:
la del verde ensaya ser un sueño
la del rojo quiere ser bailarina.

Selección de Armando Carías / Ilustración Clementina Cortés