Momo, el rey de la pachanga

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Se entiende que es la pareja de la reina del Carnaval, aunque para escoger a la reina suelen aplicarse criterios clásicos (joven, bonita, que esté chévere) y para su contraparte se usan, tal parece, otros completamente opuestos, pues el rey Momo con frecuencia es viejo, gordo y feo.

Eso sí, la tendencia es a que sea un tipo simpático, aunque se sabe que a veces se otorga el puesto de monarca de la gozadera mediante un vulgar tráfico de influencias, de modo que Momo termina siendo el ricachón parrandero que aportó la mejor contribución para organizar el relajo en el pueblo o la ciudad.

Al margen de esas injusticias –propias por lo demás de un tiempo de máscaras–, eso de ser el rey Momo tiene su lado serio, aun cuando desde el punto de vista etimológico sea un dios de la burla.

Si se le pregunta a un experto en mitología, dirá que Momo fue escogido como rey de las fiestas de Carnaval porque tenía un rol peculiar entre los dioses y otras criaturas sobrehumanas: era algo así como el payaso, el bromista, el jodedor de los alrededores del Olimpo. En los listados de personajes divinos y cercanos a los divinos (entre los dioses griegos también había estratos y jerarquías), él aparece como el encargado de los sarcasmos, las sátiras y las burlas. También es una especie de patrono de los poetas y los escritores, aunque será solo de algunos, porque muchos poetas y escritores son, por el contrario, demasiado serios o aburridos.

El Momo griego les vino de perlas a las autoridades del imperio romano cuando este asumió el cristianismo como religión oficial (luego de haberlo perseguido hasta la saciedad). En ese tiempo se hizo necesario conciliar las seculares tradiciones de fiestas colectivas paganas, como las saturnales, las bacanales y las lupercales, con el nuevo credo, que pretendía ser casto y desapegado de los placeres de la carne, al menos de la boca para afuera. Iba a resultar muy difícil que la gente común y corriente aceptara la eliminación de tales jolgorios y lo más probable es que los emperadores y otros jerarcas tampoco quisieran dejar de realizarlos… ¡Ni locos que estuvieran!, porque aquellas eran unas tremendísimas rumbas de varios días seguidos de desenfreno etílico y sexual.

La manera de ensamblar las bacanales con el puritano cristianismo imperial fue establecer ciertos períodos de licencia. Verbigracia, antes de los cuarenta días previos a la Semana Santa, es decir, antes de la cuaresma, habría un tiempo de licencia para derraparse de lo lindo: el Carnaval.

En ese contexto, algunos conocedores de este aspecto de la historia consideran que el rey Momo, como gran señor del Carnaval, era una especie de dios gozón, algo así como un Cristo autoproclamado y reconocido por una camarilla de rufianes y vividores.

La pachanga y su líder bufo fueron implantados entonces como una válvula de escape, a sabiendas de que el verdadero Dios estaba en su trono, ejerciendo el mando universal.

Visto así, no falta quien equipare a Momo con el diablo mismo, sátiro entre los sátiros, que pretendió darle un golpe de Estado a Dios y por eso lo expulsaron del Paraíso. Esa es la razón por la cual los cristianos más radicales rechazan de plano la jarana carnavalesca y consideran a Momo una encarnación de Satán. Eso podría explicar también, por cierto, por qué escogen para representarlo a los viejos, gordos, feos… y a los ricachones.

En la iconografía de otros tiempos, Momo, como zar del Carnaval, aparece semienmascarado. Se le representa con la cara parcialmente cubierta con un antifaz que a veces él mismo se quita para llevarlo en la mano. Este es un detalle muy revelador sobre el personaje y sobre la fiesta que preside: la gente, al principio, quiere utilizar disfraces para ocultarse, guardando las apariencias, pero a partir de cierto momento se caen las caretas, las poses… ¡y hasta la ropa!

Siguiendo esa línea de camuflarse parcialmente, acompañan al rey Momo infinidad de personajes, dependiendo del lugar donde se celebra el Carnaval. En El Callao, por ejemplo, las comparsas están repletas de madamas y de diablos; en Zulia abundan los viejitos y mamarrachos; y en la Caracas de mediados del siglo XX, el Carnaval era el tiempo propicio para disfrazarse de negrita y sacar a relucir alguna personalidad oculta.

En los diversos carnavales famosos de Venezuela (El Callao, Maturín, Barquisimeto, Mérida, Puerto Cabello, Margarita), el rey Momo no parece tener tanta importancia como en otros lugares de Latinoamérica, especialmente en las ciudades más carnavalescas de Brasil y Colombia. En esas localidades, según dicen, la pugna por el cetro es dura entre figuras políticas, señores de poder económico y gente vinculada a la cultura carnestolenda. En el caso de Río de Janeiro, la disputa por el reinado es entre las escuelas de samba. No es para menos, porque el escogido recibe las llaves de la ciudad y se convierte en una especie de alcalde del bochinche, que comienza varios días antes del Carnaval y moviliza a millones de personas.

En algunos lugares, ser rey Momo se toma como una gran responsabilidad, por lo que los ascendidos al trono hasta presentan sus programas de gobierno y hacen promesas. En Barranquilla, por ejemplo, es normal que los designados digan que van a luchar por consolidar las tradiciones o porque en las festividades reine la paz y el respeto.

Al final del cuento, en ese y en todos los carnavales, a la gente lo que le importa, en verdad, es que la reina sea joven, bonita y esté chévere y que el rey Momo ponga a valer la pachanga, aunque sea viejo, gordo y feo.

Otros reyes de Caracas

En los míticos carnavales de la Caracas de los años 50, 60 y 70 hubo muchos reyes y reinas, que opacaban a cualquier otro monarca, incluido el mismísimo Momo. Fueron los grandes artistas y agrupaciones que se presentaban en esos años en los hoteles más prestigiosos y en diversos locales nocturnos de la capital.

Por estos lados estuvieron en tiempos carnavalescos Celia Cruz, Tito Rodríguez, Rolando Laserie, Miguelito Valdez, el Negrito Chapuseaux, Bienvenido Granda, Carlos Argentino, Luisín Landáez, Josephine Baker, y las orquestas Aragón, Fajardo y sus Estrellas, Anacaona, Siboney, así como las infaltables rivales del patio: La Billo’s Caracas Boys y Los Melódicos.

En 1956, una auténtica reina planetaria fue la figura central del Carnaval. Susana Duijm, ganadora del Miss Mundo de 1955, estuvo en lo alto de un enorme globo terráqueo colocado sobre la plataforma de un camión. Eran tiempos de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, cuando alcanzaron su auge los carnavales con desfiles de carrozas que recorrían las nuevas avenidas de la urbe.

Dicen los chismosos que en ese tiempo no se aplicaba la regla de elegir como rey Momo a un gordito. Es que hubiese podido ser interpretado como parodia del retaco general que gobernaba el país con mano dura. Ese tipo de desplantes no le estaba permitido ni siquiera al rey de las burlas.

Ciudad Ccs/Perfil: Clodovaldo Hernández