Vainas de la lengua ǀ Por más que te contonees…

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Acompáñenme a ver esta triste historia. Personajes: Carmen; mujer, taxista, intelectual, vivaz, encantadora, se esfuerza por mostrar una posición neutral y es una hermosa guabina en las conversaciones que rozan el tema político, para no perder clientes. Ligia; clienta fija de Carmen, señora que se desenvuelve en un estatus social más arribita de la clase media y si decidiera escribir un libro lo titularía: Los pobres son pobres porque quieren.

Tras varios meses de relación, todo marchaba perfecto. Hasta que una tarde de trancas y semáforos caprichosamente en rojo, Ligia le contaba a Carmen sobre un hombre famosísimo de las grandes ligas o de la NBA (da igual) que se la pasaba aquí, en esta ciudad de infiernos, visitando constantemente un barrio popular donde tenía amigos. No sabemos si fue el calor, el cansancio, la amenaza de lluvia o la emoción de la infidencia, lo cierto es que algo hizo que nuestra taxista bajara su guardia y respondiera con imperdonable honestidad: “Chica, qué bueno que no se desclasó”. ¿Desclasó? ¿Dijo des-cla-só? ¡Ajá! ¡Caída con los kilos! Ante los ojos de Ligia, a Carmen debe haberle crecido una enorme y enmarañada barba castrocomunista.

Con esa sola palabra quedó al descubierto, desnudita, con las tetas de su marxismo al aire. Si el contexto no hubiese sido Caracas del siglo XXI, sino la Alemania de Hitler o la España de Franco o el Chile de Pinochet, Carmen habría perdido mucho más que una clienta, pues alguien que usa tan alegremente el término “desclasado” y afines, tiene bien claro qué es la lucha de clases y ha de haber tirado una que otra piedrita contra el sistema.

Hay vocablos delatores, términos que anuncian cómo pensamos, de dónde somos, cuál es nuestro oficio, cuán grande es nuestra ignorancia o nuestro conocimiento sobre un asunto, qué leemos, hace cuánto nacimos, incluso qué carrera profesional estudiamos y de qué universidad egresamos, así de específicas pueden ser las pistas que dejan algunas de las palabras que usamos. No hace falta ser experto en sociolingüística para percibir e interpretar muchas de ellas.

Y, pues sí, sepa que un solo leño basta para que se venga abajo la montaña de disimulo que arman nuestros discursos cotidianos.