Punto de quiebre | Te arrepentirás si me vuelves a pegar

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Luis Alberto sospechaba que algo andaba mal, pero no lograba precisar qué podría ser. Por las noches se atormentaba, y casi que no podía dormir. Duraba largo rato mirando al techo, mientras se acariciaba los genitales. Se aterraba solo de pensar que Keila Maribel ya lo había dejado de amar, que había conocido a otro hombre, que se había fastidiado, que había funcionado aquello de “amor de lejos, amor de pendejos”. Pero lo que más le atormentaba era la posibilidad de que definitivamente hubiese una tercera persona.
Fueron varias las ocasiones en que la llamaba por teléfono y la interrogaba, tratando de sacarle una verdad, cualquiera, que por lo menos le aclarara el panorama. Pero Keila Maribel siempre lograba convencerlo de que estaba viendo fantasmas y que no había ninguna actitud extraña en ella, que seguía siendo la misma, que él era el único hombre que había amado en su vida, que se dejara de estar pensando cosas extrañas y que le tuviera confianza porque muy pronto las cosas iban a cambiar y hasta se casarían y tendrían muchos hijos.

Luis Alberto quedaba todo esponjado luego de hablar con ella, porque de verdad que esa mujer lo cargaba loco. Pero a los días volvían las ausencias, el no contestar el celular, ni el teléfono de la habitación, los “no puedo esta semana”, y por supuesto retornaba la incertidumbre, pero de inmediato regresaba el “no me pasa nada”, “sigo siendo la misma de siempre”.

Luis Alberto tenía cuarenta años de edad y trabajaba como médico cirujano en el hospital Victorino Santaella en Los Teques. Era dieciocho años mayor que su novia, Keila Maribel, quien estudiaba 9° semestre de Agropecuaria en la población de El Chatal, Apurito, estado Apure y residía en el sector Madre Vieja II. Desde que habían iniciado su relación sentimental ella solía venir cada vez que tenía chance a Caracas o él viajaba para el estado Apure. Pero nacieron las excusas y siempre había una explicación sobre el por qué ella no podía venir a la capital este fin de semana o por qué él no podía ir a Apure, que si tengo exámenes, que si debo hacer como tres trabajos, que si este fin de semana un profesor nos va a dar unas clases de recuperación, que si no tengo plata porque mi papá no me ha depositado.

Plata es lo de menos, decía él, yo te deposito. Anda chica vente, estamos juntos y después yo te ayudo a estudiar. Tú no sabes nada de esto. Son exámenes muy complejos, acuérdate que estoy en la recta final. Ya no me quieres como antes. Sí te quiero, pero debo salir bien en mis exámenes y necesito concentrarme. Te noto rara. Anda, compréndeme, tenme paciencia, ya verás que en lo que salga de mis estudios, todo cambiará. O prefieres que yo vaya para allá, tengo guardia, pero podría hablar con un colega para que me haga el quite. No vale, de verdad, este fin de semana no puedo. Nos vemos el fin de semana que viene.

Luis Alberto estaba obsesionado y le comentó el asunto a un colega y este le recomendó que era mejor que cortara esa relación, pues Keila Maribel era muy joven para él y que eso de tener a una novia tan lejos, no era muy bueno que se diga. Pero no era eso lo que Luis Alberto quería escuchar.

Incertidumbre y acoso

Tanto fue el tormento, que en una ocasión se comunicó con un amigo común que vivía allá en Apure, y le dijo que estaba muy preocupado porque Keila Maribel estaba como rara y le preguntó si él no había visto nada extraño. Pero este le dijo que él siempre la veía en la universidad con un grupo de amigos de su misma edad, pero que él no se podía poner, como si policía fuera, a seguirla para ver lo que hacía o dejaba de hacer y que era mejor que fuera él mismo a averiguar lo que pasaba.

El tormento continuó. En ocasiones él la llamaba y no hablaba sino que se quedaba callado, escuchando. O cambiaba la voz. Ella preguntaba quién era, él simplemente respondía “tu novio”. Ella simplemente le trancaba. Él nunca supo si le trancaba la llamada porque no le gustaban esos jueguitos, o porque le había identificado la voz y sabía que era él.

Una de las últimas veces en que se vieron ella recibió una llamada telefónica y él se puso pendiente para averiguar cuál era la contraseña del celular. Poco después, una vez que habían salido juntos en el carro de él, ella se bajó a comprar unas cosas en una farmacia.

El teléfono quedó allí en el asiento del copiloto. Él miró a todos lados. Sudaba copiosamente. Le daba miedo encontrar algo en aquel celular. Finalmente se atrevió. No halló nada anormal. Solo mensajes de compañeros de la universidad, así como de su familia.

No obstante, el tormento continuó y él incluso intentó contratar a un policía privado para que la investigara, para que la siguiera. Finalmente desistió. pero persistieron sus dudas, su desvelo, sus noches de insomnio.

Y se descubrió la verdad

En una ocasión, ella tenía que venir a Caracas a solucionar unos asuntos en el ministerio de Educación Universitaria y lo llamó para ver si se podían ver y pasar la noche en un hotel.

Él no hallaba qué hacer. Estaba todo loco de la emoción. Por momentos apartó todas sus dudas y sus sospechas locas. Se decidió a ser feliz. Esa noche fueron a comer en un restaurant y al regreso hicieron el amor, como tenían meses que no lo hacían. Los dos quedaron exhaustos. Ella se levantó y se fue a bañar y él tomó el celular de ella y comenzó a revisarlo.

Tú a mí no me pegas

Cuando ella salió del baño, él se le fue encima, la jamaqueó y la haló por los cabellos. Ella no entendía, hasta que vio su celular no en la mesita sino en la cama. Él quería que ella le dijera quién era ese Raúl que le había mandado aquellos mensajes. Ella no atinaba a responder. Él la golpeó. Ella se puso como una fiera y le dijo que sí, que ese era su novio y que se pensaban casar. Y entonces él la golpeó de nuevo, ella le dijo que si le volvía a pegar se iba a arrepentir. Y él la volvió a golpear, tan fuerte que por poco la desmaya. Ella quedó toda atolondrada y él se acostó a su lado y le pidió perdón y luego se volteó para que ella no lo viera llorar. Pero ella no lo vio, estaba en otra cosa… Se levantó y fue al baño, se lavó la cara y al regreso abrió su cartera y sacó unas tijeras. No fue una ni dos ni tres las veces en que la tijera entró y salió del cuerpo del médico. Fueron muchas. Él intentó gritar, pero el terror de ver cómo le salía sangre por todos lados, lo paralizó. Ella se lavó y se vistió. Tomó algunas cosas de él y se marchó. Mi esposo se va a media mañana, dijo en la recepción al salir. Una semana después fue detenida en la población de El Chatal, en Apurito, estado Apure.

Ciudad CCS / Wilmer Poleo Zerpa