Chávez intimidado ante “la giganta Caracas”

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Quizás el instinto premonitorio de todo llanero que se avecina a un reto, fue caldo de cultivo de aquel miedo infernal que sintió el sute Chávez en su primer encuentro con Caracas la grande, la que sin saberlo sería el escenario del cambio de sus sueños por una realidad que desempolvaría su rebeldía por la que entregó hasta la vida a cambio de lograr objetivos que aún están pendientes.

“Cuando me tocó viajar yo le tenía un miedo terrible a la giganta Caracas”, confesó Hugo Chávez en una de tantas entrevistas en las que hablaba sobre esa extraña sensación, por el impacto que implicaba el choque cultural y de costumbres de un joven pueblerino de apenas 17 años de edad que se enfrentaba al bagaje de una ciudad cosmopolita donde, sin sospecharlo (¿quién sabe?) desarrollaría aptitudes para inscribir su nombre en la historia.

El adolescente Chávez viajó esa primera vez a la capital porque iniciaba una serie de exámenes requeridos para su ingreso a la Academia Militar, a la que llegó como excusa para acercarse al beisbol organizado y a la disciplina necesaria para bregar duro y lograr lo que su volátil imaginación marcaba como metas.

El objetivo primordial del hijo de los maestros de educación primaria, Hugo de los Reyes Chávez y doña Elena Frías, era emular a su ídolo del Magallanes, Néstor Isaías Chávez Silva, el Látigo Chávez, lanzador derecho firmado por los Gigantes de San Francisco.

Las vivencias del sutico Chávez, que incluso había sido monaguillo, sus lecturas, más los cuentos de sus padres, maestros y amigos, le crearon un background que poco le sirvió para mitigar el pánico de ese primer roce con la sultana del Ávila, aquella madrugada en la que se apeó del viejo bus en el Nuevo Circo, procedente de su natal Barinas, escotero, con apenas un bolsito cargado de sueños, un jean ajado, una camisita sencilla y una chaqueta negra que le prestó un amigo para tan especial ocasión.

Atrás estaba dejando, sin sospechar que, para siempre, su mundo circunscrito a la chapita, a las caimaneras sabaneras, a su visión pueblerina para iniciar, sin baquiano alguno, su aprendizaje (“porque naiden nace aprendío”, dicen en el llano), en medio de lo refinado que suponía la capital.

Es que no debe ser fácil, y menos para aquel veguerito medio ingenuo aún, cambiar hamaca por cama, sabana por avenida, velas por neón, mastranto por fetidez, aljibe por tanques, tinaja por nevera, totuma por vaso, cachama y pisillo por enlatados, fogón por plancha, picas por veredas, bestias por carros, calma por agitación, arreboles por polución, amigos por desconocidos…

Recordaba haber viajado sobre-aviso porque previamente un amigo de infancia tuvo que traer un encargo para un tío: Tres gallos que echaría a pelear en El Calvario. Con la mala suerte de que al bajar del bus se abrió la caja y se escaparon esos bichos. Y aquel llanero anduvo como canapiare por todo ese Nuevo Circo persiguiendo a los animalitos, ¿se imaginan eso?, contó más de una vez, a mandíbula batiente.

Lo cierto es que aquella primera pisada de Chávez con sus US-Keds sobre el asfalto caraqueño advirtió la diferencia respecto de sus pasos en alpargatas o descalzo sobre los pisos de tierra de Sabaneta, donde tanto influyó en su crianza la abuela Rosa Inés, quien cultivó su imaginación y sembró quimeras bajo las premisas de igualdad e inclusión debido a su apego por los pobres.

El ambiente

Los Beattles aún copaban la escena mundial. Caracas era de Los Dementes, Federico y su combo, los peinados afro, las protestas estudiantiles en liceos y universidades, el movimiento hippie y la marihuana, los zapatos machotes, los pantalones acampanados, las fragancias Atkinson, Pino Silvestre y Old Spice, además de los interiores Wilson, “lo primero que se pone un hombre”.

Lógicos contrastes

Ese potrillo indómito venía de jugar sus caimaneras en aquellos peladeros de chivo que no conocían más límites que el horizonte de la extendida llanura. Aunque también jugó en campos modestos de su Barinas natal, ¡pero nada como jugar en un moderno estadio de la capital!, debe haber alardeado en sus ventoleras juveniles.

Su Magallanes querido acababa de ganar la Serie del Caribe de 1970. Eso enfiebró más al bisnieto de Maisanta y aumentó la obsesión por su ídolo, a tal punto que en su primera salida como cadete de la Academia Militar fue a postrarse ante la tumba del Látigo Chávez como muestra de su veneración.

A Huguito, como le decían sus hermanos, se le hacía difícil asimilar ese juego geográfico y geométrico que presuponía venir de su sabanal a enclaustrarse en una ciudad que lucía inmensa pero subdividida de norte a sur y de este a oeste por cerros, montes y colinas, que además le conferían la forma de varios minivalles dentro de un gran valle. Todo lo contrario a la libertad que desde lo bucólico implicaba su Barinas.

Esa, sin duda, fue una de las limitaciones que enfrentó aquel vaquero adolescente en su devenir por esta ciudad, que debió jurungar para aclimatarse, conocerla y amarla por ser la cuna de quien más adelante inspiraría su vida hasta el fin: Bolívar.

Aquellos días

No solo era la salsa que imponía hasta la manera de caminar, sino que desde lo deportivo su Magallanes querido estaba consolidado y el beisbol en general comenzó a exportar jugadores. Fue también época de oro para el boxeo, porque justamente en ese año 1971 Venezuela coronó cuatro campeones mundiales: el semipesado Vicente Paúl Rondón y los orientales Alfredo Marcano y Antonio Gómez.

Es que además de sus amores carnales cultivó un gran apego por el deporte. Lo practicó y también lo honró: ese zurdo, que no cuajó en el diamante pero sí en lo político (lo que despertó en torno a su figura apegos y rechazos), fue el primer Presidente que le dio rango constitucional a la actividad física con su artículo 111; creó un ministerio propio y sancionó la tan esperada Ley del Deporte.

Claro está que desde 1999 anduvo revisando su lineup porque algunos de sus peloteros le robaron las señas para pasárselas a los rivales (dentro y fuera del país). “Por confiao estaba poniendo a zamuro a cuidar sebo. No jile. Y ellos pata’e rolo. Pero por más que se tongoneen siempre se les ve el bojote. Los mandé a coger este trompo en la uña”, habrá dicho en su empeño por perfeccionar el juego, tarea que sigue pendiente.

De este a oeste

Relató que su primera madrugada en Caracas la pasó en La Castellana, (“llegué en un taxi que me cobró 5 bolos desde el Nuevo Circo”). Era la casa del entonces presidente de Fedecámaras, donde tuvo que esperar tres horas a su pariente Chicho Romero, quien era el chofer de esa familia. Como por obra del destino, al amanecer de ese sábado para domingo se fueron a la casa de Romero, allá en Catia (“de polo a polo”), donde poco pudo ver porque prefirió descansar hasta el lunes, fecha de su primera prueba oficial en la Academia Militar.

En menos de 24 horas, Chávez (“Andaba más asustao que un venao. Tenía miedo a los cambios, a la soledad. Pero Chicho fue mi salvación en esos días…”) experimentó el contraste este-oeste capitalino, lo que quizás influyó en el radical giro de sus objetivos.
Con esas vivencias volvió a su terruño donde terminó de alistarse para las próximas dos visitas a la capital que le imponían las exigencias académicas.

Para un llanero dicharachero, lector, cuentacuentos, con dotes de liderazgo, el ser cantante y poeta abría puertas, pero el no saber bailar y ser “un indio feo” (como se autocalificó más de una vez) se las cerraba. Por eso tenía que ingeniárselas. En las tardes de baile durante las visitas que le dispensaban todos los viernes en la Academia, armaba su palenque y transformaba la salsa en bolero para llevar el paso. Eso le acarreó llamados de atención, chalequeos y corazones rotos.

Al formalizar sus salidas del claustro académico los fines de semana, comenzó a familiarizarse con Caracas, a constatar que ya no había caimaneras y que (como deseos no “empreñan”) sus condiciones atléticas, aunque buenas, no estaban al nivel requerido para cumplir su sueño, como se lo hizo saber uno de sus profesores, el mismísimo Luis Peñalver, uno de los líderes criollos en los Panamericanos de Chicago 59, cuando Venezuela se quedó con la de oro. Por eso, el aspirante a oficial comenzó a extender la vista sobre el horizonte y a centrarse en los estudios, en la historia y en el bolivarianismo.

Ciudad Ccs/Luis Martín