Cuentos de feminismo corriente de los 80

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A Hugo Chávez Frías, el hombre que asumió el feminismo

Por la prensa supe, por allá en los 80, de un movimiento de base estudiantil que se alzó contra un decano autoritario y la curiosidad alcanzó para colocar en todas las opciones Ingeniería. Llegué a la UCV en 1982, porque una vez graduada de bachiller, en agosto de 1981, empecé a estudiar en un instituto universitario, de la mano de mi hermano Pedro, quien fue el primero que me habló de feminismo, cuando me explicó siendo una carajita, que como mujer no estaba obligada a plancharles la ropa a mis hermanos ni a mi papá ni a ningún hombre. Pero como el machismo no se trataba en 1980 de hermanos dando órdenes y menos si era Pedro explicando una acción liberadora, la planchaba sin que él me viera, porque si no la planchaba yo, la iba a planchar mi mamá y si yo era más joven, ¿por qué no hacerlo yo? Menudo peo para una niña de ocho o diez años en Altagracia de Orituco. No conocía por entonces la palabra desaprender y que se podía desaprender con dignidad.

Así pues más adelante, en 1982, estudié Ingeniería. Me coletearon feo y, otra vez Pedro (siempre Pedro) me hizo una pregunta: ¿si te gusta leer y escribir cómo es que no estudias Periodismo? Y terminé estudiando Periodismo en 1983. Ni en Ingeniería ni en Comunicación Social logré ocupar puestos políticos de importancia, aunque hice bastante eso que llaman “trabajo político”. El más alto cargo que tuve fue el de secretaria de la Federación de Centros Universitarios de la UCV, con una bolsa de trabajo, lo cual me sirvió para varios sustos en mi futuro universitario. La vida se encargó de mostrar qué tan buena soy en eso de comunicar.

Como no tenía ínfulas de Barbie (ni por tamaño ni por contextura), fue sencillo unirme a la manada masculina con la compañía de las pocas que andábamos en la misma onda.

Requisitos: conformarme con un maquillaje discreto, sentarme con las piernas abiertas, usar casi 99% del tiempo zapatos deportivos, botas y zuecos, usar pocos vestidos, decir groserías como mi mamá, fumar, beber cervezas por bidones, jugar dominó, con el truco nunca pude, ya eso era demasiado, ir al Estadio Universitario, aprender de deportes (aunque ya traía ese “mal” de la infancia), de casi cualquier deporte y destacarme pues, destacarme. ¿Tan malo no es, no? ¿Y cuál era la utilidad de hacer eso? Aún hoy me lo cuestiono sin sufrir. Porque la verdad es que la vida de los compañeros es divertida. Una vez uno me dijo: eres mi amigo con tetas.

Lo cierto es que no me gustaba el papel de la débil en esa obra de teatro universitario. Las camaradas vestidas de mujeres, con las piernas cruzadas de una forma que siempre me ha parecido incómoda y el cabello “secado con pistola” eran menos oídas, menos escuchadas y participaban menos. O les veían el culo o les veían las tetas. Creo que por eso los hombres dicen que no pueden hacer dos cosas a la vez. Bucear y escuchar, bucear y escuchar. ¡Es tan fácil! Pero no para ellos. Había que mimetizarse. No había otra. Evitaba el papel de damisela asustada todo el tiempo, salvo cuando se tratara de una cucaracha voladora.

Pero no se trataba solo de Mercedes Chacín. El “machismo leninismo” mandó fuertemente (en todos los partidos y movimientos de base) en los cinco o seis años que estuve en la militancia política en la UCV, a juzgar por el porcentaje de participación de la mujer que era bajísimo. Recuerdo con dificultad algunos pocos nombres de compañeras electas integrantes de los centros de estudiantes de las 42 escuelas de la Universidad Central de Venezuela. De un universo de 50 mil inscritas e inscritos. En cambio los nombres de compañeros se cuentan por decenas y hasta centenas.

En el siglo XXI algunas cosas han cambiado. Algunas. Chávez pilló todo rápidamente y luchaba por desaprender. Las mujeres luchamos por desaprender. Pero los hombres de izquierda no son la reencarnación de Simone de Beauvoir. Ni antes ni ahora. Sigamos.

Mercedes Chacín