Lina Ron, compañera de los humildes

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La mujer venezolana ha estado comprometida en la lucha por la libertad durante toda nuestra historia. El período colonial nos legó a heroínas de la altura de Orocomay, Urquía, Yurubí y Apacuana, en plena colonización; a Josefa Joaquina Sánchez, Luisa Cáceres de Arismendi, Juana La Avanzadora, combatientes de la época independentista, y Olga Luzardo, Livia Gouverneur, Argelia Laya, María León, Yulimar Reyes, en la lucha por la democracia y la libertad en el siglo XX.

Lina Ron pertenece a esa corte de mujeres que, entregando su tiempo de vida, se colocó al servicio de la lucha por la libertad y la justicia en Venezuela. Un perfil sobre ella no puede estar alejado de la gente con la que pudo compartir, batallar y hacer.

Nacida en Anaco, estado Anzoátegui, en 1959, de verbo atropellado, de actitud agresiva contra los sectores que vilipendian, invisibilizan y humillan a la gente más humilde, a los pobres, libró múltiples batallas en defensa de la Revolución Bolivariana y más allá de relaciones diplomáticas o políticas marcadas por la burocracia y los tiempos de la ley, desarrolló una profunda acción de calle.

Heroína, con la capacidad de enrumbar a los sectores más discriminados socialmente de la Cuarta República, distanciados entre sí y alejados de los líderes sociales de ese tiempo, para impulsar con ellos programas sociales y acciones de integración para la construcción del socialismo.

Su gente más cercana la define como abierta, directa, franca, profundamente sensible, compañera de la calle, con la sabiduría y la formación política de la calle.

Lina vivió la Revolución junto a los execrados, los de bajos suburbios, y aglutinó a mucha gente de una clase social más subterránea que la clase social baja. Clase social paupérrima que la burguesía define como callejera, de alcantarilla, maloliente.

Mucha de la gente cercana a Lina, en sus primeros tiempos, venía de una situación de frustración de la izquierda tradicional, o pauperizados por la crisis cuartarrepublicana, o se encontraba en condiciones de calle por desempleo, por alcoholismo, por drogas o pobreza extrema. Tuvo la capacidad de agruparlos, darles organicidad y acompañarlos para jugar un papel importante en la historia política venezolana.

En la plaza Andrés Eloy Blanco, refundada por ella como Plaza de la Libertad y hoy convertida en la Plaza Lina Ron, desarrolló un trabajo de recuperación de los espacios físicos, tomados por gente en situación de calle. A ellos les brindó alimento, medicina, los afeitó, se ganó su afecto y se volvió referencia para los más desposeídos que la buscaban como servidora pública y como líder de su clase.

En un momento de su vida le tocó asumir la coordinación del Fondo Único Social en el estado Miranda. Allí realizó un despliegue político y social en todo el estado, en el que logró favorecer a gran cantidad de gente humilde, con beneficios que esta institución brindaba al pueblo y desde esa acción alcanzó saldos políticos de organicidad que brindaron fruto a las grandes movilizaciones políticas.

Junto a ellos construyó una legitimidad política de clase y se enrumbó a organizar un movimiento que luego convirtió en el partido político Unidad Popular Venezolana (UPV).

No faltó su presencia y consigna frente a cualquier embajada oligarca que atacara los intereses de los pueblos y la humanidad, ya fuera EEUU o Israel.

Supo conformar un ejército de motorizados, cual cuerpo de caballería y, al rugir de las motos, tomaba la ciudad de Caracas y sus alrededores para decir desde allí: aquí está el pueblo de a pie, ahora en motos, defendiendo su Revolución.

En un momento de su lucha, en plena guerra mediática, tomó los espacios de Globovisión, planta que representaba a los medios más reaccionarios y que promovía la gesta de un golpe de Estado contra el presidente Hugo Chávez, y exigió como poder popular que dijeran la verdad al pueblo y al mundo.

Esa acción le costó un regaño presidencial público y su permanencia en la prisión por breve período de tiempo. Castigo que cumplió estoicamente para luego salir en libertad y seguir desarrollando su lucha al lado de la Revolución.

Desde esa organicidad no solo le dio vida a esta inmensa caballería motorizada, también acompañó la lucha por darle del movimiento de pobladores con los que le tocó construir organicidad.

Fue un foco de resistencia desde el poder popular para la defensa de los espacios de la Revolución. En su tiempo era imposible que se encendiera un foco de violencia opositora en la ciudad de Caracas. Si Lina hubiese estado viva no hubiesen existido guarimbas en 2014 o en 2017.

Lina apagaba todos los focos de violencia opositora en la ciudad. Solo con el tránsito de motos por la ciudad inspiraba respeto. Si estuviese viva, Guaidó no hiciera lo que hace hoy y los que han traicionado la patria pidiendo intervención, se desplazarían con más cuidado.

Para ella la palabra del comandante era ley. Orden directa que no dudaba en darle cumplimiento. Fue una de las consentidas de Chávez, quien no dudó en regañarla públicamente cuando sus acciones traspasaban los extremos, pero ambos se podían entender desde la conciencia de clases.

En su dirección y su verbo fue muy directa siempre fiel al proceso liderado por el Comandante Hugo Chávez. Fiel a la convicción antiimperialista, antiyanqui. Profundamente leal al proceso bolivariano y a su lucha de la gente y con la gente.

Fue satanizada por la oposición y por factores conservadores de la Revolución, pero su praxis deja claro que más allá de lo que encierra cualquier cuento terrible existió una mujer cercana a su pueblo.

Una enfermedad coronaria obstructiva de larga data detuvo su estadía en esta dimensión.

Partió exactamente dos años antes que Hugo Chávez, el 5 de marzo de 2011. El presidente Hugo Chávez publicó en su cuenta de Twitter: “Ha muerto la Camarada Lina Ron; fue una verdadera soldada del pueblo, una Revolucionaria Integral… Sigamos su ejemplo”.

Sus seguidores, su pueblo, siguen su ejemplo, la continúan evocando en las marchas, en las consignas y en cada gesto de solidaridad con los desamparados. Su espíritu sigue en su Plaza, en la Esquina Caliente, en la ciudad, en el país, en esta Revolución.

Ciudad CCS / José Javier Sánchez