Y ese día, el dolor se hizo compromiso

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No era un solo tipo de sentimiento lo que había aquella tarde en todos los rincones de Venezuela, era un manojo, una madeja, una maraña, un maremágnum. Si alguien no estaba aún convencido de que el Comandante Hugo Rafael Chávez Frías había alcanzado –en escasos veinte años– el rango de líder histórico, el tsunami emocional que causó su partida física debe haber borrado cualquier duda.

Todo el mundo sabía que su muerte era ya inminente, pero eso no disminuyó el impacto del anuncio que hizo el entonces vicepresidente Nicolás Maduro Moros, el 5 de marzo de 2013. Pasó lo que siempre nos pasa con la gente a la que queremos: nos negamos durante mucho tiempo a aceptar lo peor, nos aferramos al más mínimo resquicio de esperanza y, cuando se produce el desenlace, estallan todas las angustias y las tristezas reprimidas.
Al tratar de desenredar la maraña de sentimientos encontramos, en primer lugar, obviamente, el más genuino dolor por la muerte de alguien del círculo cercano de los afectos. Y es que una de las características del formidable liderazgo de Chávez fue su capacidad para hacerse parte de la familia de cada uno de sus partidarios y simpatizantes.

Esa cercanía no era una cuestión meramente ideológica. Por el contrario, rompió con una vieja tradición de líderes izquierdistas socialmente incompetentes, sujetos con mucho estudio de Marx, Lenin y Mao, pero incapaces de empatizar con el pueblo. Lo de Chávez era más bien cosa de humanidad. Algunos estudiosos de la ciencia política lo llaman carisma, pero esa categoría siempre tiene algo de artificial, de mercadotecnia y, en este caso, no se trataba de eso, sino de una auténtica identificación con el sentir de la gente. En las monumentales movilizaciones de su funeral, eso quedó refrendado.

Por supuesto que en la maraña de sentimientos no todo era amor y sufrimiento por la prematura muerte de un líder que era, a la vez, padre, hermano, pareja o hijo (en sentido figurado) de sus seguidores. También afloraron borbotones de odio, de desprecio, de alegría por la tragedia. ¿Para qué negarlo?

Se sabe que en todos los enclaves de la burguesía y en ciertas zonas de clase media, hubo euforia. Le dieron gracias al cáncer, como antes lo había hecho la ultraderecha argentina cuando la misma enfermedad se llevó a Eva Perón.

Claro que fue una alegría muy amarga, pues no se trató de una victoria en buena lid sobre el oponente político, sino un cuestionable triunfo, ejecutado por la fuerza de un destino perverso.

Además, la euforia de los adversarios tuvo que moderarse por mero instinto de conservación. No habría sido nada racional hacerle desplantes al pesar de millones de personas en duelo.

El tercer sentimiento que puede identificarse en aquella madeja de los inicios de marzo de 2013 es la rabia. Para ilustrar esa terrible emoción bien podríamos valernos de aquel tema de Silvio Rodríguez, Días y flores, en el que dice en algunos de sus versos: “¿Será que a la más profunda alegría, le habrá seguido la rabia ese día / La rabia simple del hombre silvestre / la rabia bomba, la rabia de muerte/ La rabia, imperio asesino de niños / La rabia se me ha podrido el cariño / La rabia madre, por dios, tengo frío / La rabia hijo, zapato de tierra / La rabia dame o te hago la guerra / La rabia todo tiene su momento / La rabia el grito se lo lleva el viento / La rabia el oro sobre la conciencia / La rabia ¡coño!, paciencia, paciencia”.

Se sentía mucho de ese tipo de rabia entre los miles que acompañaron el cortejo fúnebre del Comandante, entre los que hicieron colas kilométricas para verlo por última vez, entre los que lanzaron alguna humilde flor desde sus balcones. Fue la furia de un sector del pueblo que se sentía despojado de un verdadero líder y que, por ello, maldecía los avatares de la historia y cuestionaba hasta a la justicia divina.

Para algunos chavistas, lo predominante fue el desconsuelo. Se impuso en sus corazones la certeza de que, finalmente, los poderosos adversarios habían logrado su objetivo. Cual ruda tormenta, la depresión colectiva asoló a una porción significativa de las bases, lo cual quedó demostrado luego, cuando se produjo un declive en la fuerza electoral, en los comicios presidenciales que ganó Nicolás Maduro.

Por fortuna, para el legado de Chávez, ese estado de abatimiento paralizante no fue mayoritario. De la amalgama del dolor con la furia surgió un sentir diferente a ambos: el compromiso con las luchas que seguían en desarrollo, las que el propio líder había delineado muchas veces y que recalcó con especial contundencia el 8 de diciembre de 2012, al despedirse de su pueblo, cuando dijo: “En cualquier circunstancia, nosotros debemos garantizar la marcha de la Revolución Bolivariana, la marcha victoriosa de esta Revolución, construyendo la democracia nueva, que aquí está ordenada por el pueblo en Constituyente (…) En el marco de este mensaje que, por supuesto, jamás hubiese querido transmitirles a ustedes, porque me da mucho dolor, en verdad, que esta situación cause dolor, cause angustia a millones de ustedes, pues, que hemos venido conformando una sólida… un solo ente, porque, como decíamos y decimos, ya en verdad Chávez no es este ser humano solamente, Chávez es un gran colectivo, como decía el eslogan de la campaña: ¡Chávez, corazón del pueblo!”.

Solo ese compromiso –que terminó de fraguarse en el horno de aquel maremágnum de sentimientos– ha permitido que a los siete años de esa tarde trágica, el país siga resistiendo a toda clase de maniobras de los factores de poder más temibles del mundo, y los genuinos deudos de aquel líder continúen gritando a todo pulmón que ¡Chávez vive, la lucha sigue!

Lo que dicen las fotos

Revisar las fotografías de aquellos días es un ejercicio que permite ver cómo algunas figuras nacionales y globales han permanecido en la escena (con el mismo traje o con uno distinto) y otras han salido de ella.

Entre los locales destacan varios exministros, que no siguieron luego en el gobierno porque se refugiaron en el “chavismo crítico” o se sumieron en el ostracismo o saltaron definitivamente la talanquera.

En cuanto a los líderes mundiales, algunos siguen vigentes, como el presidente ruso Vladímir Putin, el nicaragüense Daniel Ortega y el entonces príncipe Felipe, ahora rey de España. Otros han vivido tiempos de protagonismo y luego pasaron a un segundo plano, como el iraní Mahmud Ahmadineyad, el cubano Raúl Castro y el uruguayo José Mujica. En ciertos casos, se trata de retiros traumáticos, como los de Luiz Inácio Lula Da Silva, Dilma Rousseff y Rafael Correa.

Unos se han vuelto “polvo cósmico” –frase de Chávez–, como el mexicano Enrique Peña Nieto, el panameño Ricardo Martinelli y el peruano Ollanta Humala.

Otros más han salido y entrado de nuevo, como el chileno Sebastián Piñera y la actual vicepresidenta argentina, Cristina Fernández.

De todos, el que más recuerda el pueblo es al derrocado presidente boliviano Evo Morales, quien tuvo un gesto chavista por excelencia: caminó al lado de la carroza fúnebre desde la Academia Militar hasta el Cuartel de la Montaña.

Perfil Clodovaldo Hernández