Aleksandra Kollontái, ideóloga de la mujer nueva

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Una verdadera revolución tiene que vencer no solo la desigualdad entre ricos y pobres, sino también la que existe entre hombres y mujeres. Tal era el planteamiento central de Aleksandra Kollontái, pionera de las luchas feministas dentro del socialismo.

Ella siempre lo tuvo claro: la revolución socialista podía significar una victoria del proletariado y el campesinado sobre la burguesía y la pequeña burguesía, pero aun después de ese triunfo, el patriarcado iba a seguir existiendo dentro de las nuevas estructuras sociales.

Así ocurrió, en realidad, y ella pudo verlo directamente, pues vivió la transformación radical de la sociedad rusa, siendo ya una mujer madura. Nació en San Petersburgo el 9 de marzo de 1872, de modo que vivió en la Rusia de los zares sus primeros años y luego se enfrentó a ella hasta la mitad de sus cuarenta, cuando, en 1917, cristalizó la Revolución de Octubre.

A partir de ese momento, tuvo un rol destacado en los tremendos cambios que experimentó aquella sociedad y pudo comprobar que en la nueva clase política y, sobre todo, en la floreciente burocracia estatal, el machismo primaba quizá tanto como antes.

Ella no fue una víctima directa. Por el contrario, fue elegida como integrante del Comité Central del Partido Comunista antes de los sucesos que condujeron a la caída del viejo régimen. Estuvo entre los radicales que apoyaron a Lenin en sus planes de toma del poder.

Una vez consumada la Revolución, fue electa al Sóviet de Petrogrado y, desde esa responsabilidad, siguió respaldando las iniciativas de Vladimir Ilich Ulianov, quien se enfrentaba a capa y espada con las tendencias reformistas dentro del movimiento que había derrocado al zar.

Kollontái no esperó mucho para emprender la batalla interna por la igualdad de la mujer dentro de aquel torbellino de cambios. Ya para 1918, estuvo entre las organizadoras del Primer Congreso Panruso de Mujeres Trabajadoras, del que surgiría luego el Departamento de la Mujer, un ente que, al menos nominalmente, pretendía guiar las políticas de equidad de género.

No era sencilla la tarea, pues entre los principales escollos se encontraba un hecho muy concreto: la incidencia del analfabetismo era notablemente mayor entre las mujeres en aquella nación atrasada, empobrecida y rural.

La postura de Kollontái no hizo más que robustecerse: suprimir la propiedad privada, la gran meta marxista, no sería suficiente para lograr una sociedad libre. Hacía falta un cambio sustancial en la existencia de las personas comunes, en sus costumbres, en la mentalidad dominante, que seguía siendo machista a rabiar. Si no se concretaba esa emancipación de las mujeres, ninguna revolución podría considerarse triunfante.

Como es de suponer, los planteamientos de Kollontái encontraron resistencia, primero que nada, en las altas estructuras del Partido Comunista. Buena parte de los hombres de esos círculos de liderazgo decían estar de acuerdo con la exigencia de igualdad, pero rechazaban la tesis de una lucha sectorial. Creían que la nueva sociedad socialista traería, por añadidura, la liberación de la mujer, pues habría sido sustituida la superestructura capitalista.

Incluso en la intelectualidad revolucionaria predominaba la idea de que las mujeres conformaban un segmento políticamente atrasado y reaccionario. Kollontái, por el contrario, afirmaba que eran un factor clave para concretar cualquier cambio social, una pieza insustituible en una vanguardia política duradera.

La confrontación, con estos ribetes ideológicos, se desarrolló de manera paralela a la pugna por el rumbo definitivo de la revolución, que dio un paso crucial en 1922, con la creación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).

El debate era candente. En la interpretación de Kollontái, Marx había planteado que no bastaba con trasformar las relaciones de producción, sino que era necesario un medular cambio psicológico y sociológico que condujera a un nuevo tipo de persona. En el lenguaje patriarcal de aquel tiempo (vigente aún hoy en muchos niveles) se habló (y se habla) del “hombre nuevo”.

Con una clase social irrumpiendo en el escenario, el proletariado, surgía la necesidad de modificar algo más allá de la ideología, cuestionar también las relaciones establecidas y la moral prevaleciente.

Los varones (y también algunas mujeres) le pedían aplazar tales luchas para un tiempo supuestamente más apropiado, luego de que hubiese fraguado el nuevo Estado socialista.

Pero Kollontái consideraba que semejante salto en la evolución humana no podía estar supeditado a una conquista política o militar. Era imprescindible que los procesos marchasen simultáneamente. De hecho, ella estaba convencida de que ya existía una mujer nueva, antecesora incluso del hombre nuevo profetizado por Marx.

Poco después, y tras la muerte de Lenin, empezó la época de José Stalin, en la que la disidencia de Kollontái se aplacó significativamente.

Desde entonces se ocupó de asuntos diplomáticos de alta responsabilidad y adoptó un cerrado mutismo en torno a la conocida mano de hierro del líder e, incluso, sobre su lucha particular por la igualdad femenina. Muchas compañeras de Kollontái echaron mucho de menos su participación en esa etapa, pues la burocratización intensiva del Estado soviético trajo consigo, en lugar de liberación, más y más exclusión y discriminación de las mujeres.

Pese a esos años finales de repliegue, Aleksandra Kollontái siguió siendo una referencia fundamental para el combate de las feministas de izquierda, esas dobles guerreras que han sido, son y serán siempre las genuinas mujeres nuevas.

La espina del silencio

La trayectoria de Aleksandra Kollontái como feminista tiene su lado oscuro. Quienes han estudiado el tema la acusan de desertar de la causa cuando más se le necesitaba.

La activista zuliana Gioconda Espina resumió la trayectoria de Kollontái con una frase muy venezolana: tanto nadar para ahogarse en la orilla.

Espina muestra los kilómetros de nado contra la corriente de esta histórica mujer: “Figura descollante en los años previos a la revolución bolchevique (en 1907 fue delegada de Rusia a la Primera Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, que presidió Clara Zetkin); durante cinco meses (octubre 1917/marzo 1918) fue ministra de Previsión Social del gobierno de Lenin; promovió la ley de divorcio, que propuso la colectivización del trabajo del hogar y la crianza de los hijos por el Estado, así como la corresponsabilidad de hombres y mujeres en todos los terrenos”.

Luego, se pregunta cómo fue que esa misma gran nadadora, se ahogó en la orilla: “¿Cómo pudo guardar silencio ante los desaguisados del Partido Comunista que había denunciado cuando fue parte de Oposición Obrera, enfrentando por igual a Lenin, a Trotski, a Bujarin y a Zinoviev? ¿Cómo pudo mantenerse callada cuando se revirtieron todas las conquistas a favor de la mujer y de la familia que ella misma había logrado?”.

Ese silencio, en resumen, es una espina clavada
en su biografía.

Perfil Clodovaldo Hernández