Marcela Lunar, melómana y apasionada

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El nombre de Marcela Lunar ha sonado bastante en las artes escénicas en estos últimos años, sobre todo por la obra Frutos extraños, de Indira Carpio Olivo y Oriana Orozco, que dirige con pasión.

Desde hace 12 años, ella lleva la batuta de Amaká, compañía de danza contemporánea, poética y teatral, con el que desarrolla el proyecto La noche boca arriba, un espacio nocturno e itinerante para lugares no convencionales, donde el performance y el disfrute son la premisa, y en el que estarán presentes la danza, los versos, la música en vivo, así como las artes plásticas y escénicas.

Lunar formó parte del Tercer Encuentro de Mujeres Creadoras, y recibió muy contenta una mención especial del premio Marco Antonio Ettedgui 2020, entregado por la Fundación Rajatabla, por su ardua trayectoria en pro del teatro venezolano.

Acá nos cuenta su amor por Caracas y sus recovecos.

— ¿Cuál es tu lugar preferido de Caracas?

-— Sin duda alguna, mi casa (risas). Siempre ando haciendo tantas cosas que poco tiempo tengo para estar ahí: echarme en la hamaca a leer, tomar café, inventar en la máquina de coser, escribir, detenerme en la música, jugar con Lucía Mariposa, mi hija, son de las cosas que me gustan de estar en casa. Un lugar fuera de eso, el Ávila, por la serenidad y la paz que me genera.

— Una esquina o avenida.

— Parque Central. Por ahí ha transcurrido parte importante de mi vida en Caracas, desde que llegué de Cumaná. Allí he tomado clases de ballet en el PH, y de danza contemporánea en el Tajamar y Catuche. Ahí han vivido mis mejores amistades; he pasado noches maravillosas y tuve un amor de los más raros y bonitos que vivía en el Caroata. Ahí también trabajé un tiempito en Fundarte. Junto a Amaká estuve trabajando en la sede del Ballet Mundo con la maestra Laura Fierrucci. Cuando estaba en la universidad siempre tenía que atravesar Parque Central porque era el lugar de ensayo, de amistad, de encuentros, de café, de despedidas, de renuncias, de desamores, de llantos, pero siempre un punto de encuentro y de referencia para el arte. Podría escribir un libro de anécdotas sobre Parque Central.

— Un local nocturno.

— Sin duda alguna, La Casita Azul de San Agustín, que se ha convertido en nuestro templo, nuestro lugar de resguardo, de liberación, de confluencia. Es como un centro estratégico operacional de Amaká, donde. además. nació La noche boca arriba. Queda detrás del metro de Parque Central y detrás de la iglesia Nuestra Señora de Fátima. En este lugar acogedor, les recibirán la señora Marisol y el señor Manuel, los mejores anfitriones de esta ciudad, así que por ahí nos vemos.

— Una película.

— Wong Kar-wai es uno de los directores que hacen referencia en mí. Él guarda una poética de la imagen inigualable: siempre habla de la soledad, del desamor, de formas tan hondas y tan profundas que logran remover en una las fibras más intangibles. Del cine venezolano me gusta mucho el trabajo de Rober Calzadilla. Cuando vi El amparo, tuve la certeza de que se abría la historia en dos, de que en mi país se está haciendo muy buen cine; que estamos redimensionando y cambiando el foco, la mirada hacia la gente real de esta tierra, como lo hace también La familia, de Gustavo Rondón o Yo, imposible, de Patricia Ortega. Son filmes que hacen ofrenda a la imagen, a verdad sin exceso y al natural.

— Una canción.

— De las canciones y los géneros me da por épocas. Soy melómana, sí. Escucho de todo. Ahora estoy entregada nuevamente a Amaranta con la canción Qué importa, que canta acompañada de José Alejandro Delgado, en un programa que él tenía: El Descompón. De él fui y soy fan (risas). También Fabiola José, Ile, Natalia Lafourcade, El Kanka, Jorge Drexler y otro montón de artistas hacen mis días. Ahora, estoy enamorada de la voz de Williams Mora, quien nos acompaña en La noche boca arriba. Imagínate, estoy rodeada de amigos y amigas, maravillosos cantores y cantoras. No puedo decidir por uno.

— Un libro.

— Rayuela, sin duda, ha sido el libro que más me ha atravesado. Lo leí muy joven y desde allí lo releo porque Cortázar a una le abre las perspectivas de la vida y, sobre todo, del juego. Con su forma perfecta y justa de usar las palabras, las dimensiones, él puede ponernos del otro lado del azar, del tiempo, y hacernos ver lo que le va a pasar a los personajes sin que podamos hacer nada. Si pudiera nombrar a quienes me conmueven, tendría que decir Alejandra Pizarnik, Cristina Peri Rossi, Indira Carpio Olivo, Sol Linares, Esmeralda Torres, Jorge Luis Borges, Juan Rulfo, Ramón Palomares, Magaritte Yourcenar, Anais Nin, Freddy Ñáñez, Hanni Ossott. Y así…

— Un poema.

— Los amorosos, de Jaime Sabines. Con este poema descubrí la intensidad del amor y su locura. Supe que no estaba sola en el mundo (risas).

— ¿Tienes algún ritual antes de entrar en escena?

— Sí, claro. Llegar temprano al teatro, contemplar el espacio, revisar los elementos que uso, limpiar, preparar el vestuario son cosas que hago como parte de ese ritual. Ahora, con Amaká, en nuestra hoguera de brujas, nos reunimos alrededor del fuego y, entre inciensos, cantos y bailes, calentamos para empezar la función. Nos gusta escuchar Bruja de La Perla de Bogotá. También tomamos unos traguitos de cocuy o ron para relajarnos (risas).

Ciudad CCS / Rocío Cazal / rociocazal@gmail.com