David Rockefeller: retrato de un plutócrata global

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A veces usamos con ligereza ciertos términos y, por ejemplo, a cualquier rico con ambiciones políticas le damos la categoría de plutócrata. Pero si queremos retratar a un plutócrata por excelencia, podemos repasar la historia vital de David Rockefeller, miembro de una dinastía de multimillonarios estadounidenses que nunca se conformó con amasar fabulosas fortunas, sino que también se empeñó en manejar los hilos del poder político.

Fue, qué duda puede caber, un rico de cuna. No en balde era nieto de John Davison Rockefeller, el pionero de un emporio que comenzó con la petrolera Standard Oil y a la vuelta de unas décadas llegó a ser el hombre más acaudalado del planeta. Pero David Rockefeller, el nieto que vino al mundo en 1915, no actuó como el clásico hijo de papá.

Igual que otros de sus hermanos (entre ellos Nelson, quien se vinculó, por la vía del oro negro, a los oligarcas venezolanos), se convirtió en un caimán tan voraz como lo fue en su momento el patriarca de la saga. Y tal vez hasta un poco más porque David Rockefeller siempre tuvo en mente la idea de gobernar no a Estados Unidos únicamente, sino al planeta entero.

Esa desaforada vocación lo llevó a formar parte de varias de las entidades más elitescas, tanto dentro de su país como a escala mundial, tales como el Consejo de Relaciones Exteriores de EEUU, la Comisión Trilateral y el Grupo Bilderberg, que tienen fama bien ganada de ser los cenáculos más exclusivos, donde una pandilla de capos de la economía y la política (con toques de sociedad secreta) toman decisiones trascendentales para el manejo real del poder en todo el orbe.

En esas instancias, donde se destila la quintaesencia de la plutocracia, alternó con (o fue jefe de) los elementos más recalcitrantes del capitalismo mundial, multimillonarios de toda laya, gobernantes de países, unos desarrollados y otros no tanto, funcionarios de organismos multilaterales, intelectuales de alto coturno y los infaltables dueños de grandes medios de comunicación. Para solo mencionar a dos pesos pesados, citemos a Henry Kissinger y Zbigniew Brzezinski, de siniestras y larguísimas trayectorias en ese terreno donde se imbrican el poder político y el de las corporaciones.

David Rockefeller siempre estuvo en esa zona exclusiva. Se formó en la Universidad de Harvard y luego se especializó y doctoró en dos instituciones vinculadas a su opulenta familia: la London School of Economics y la Universidad de Chicago. Tan pronto egresó, comenzó a vincularse al mundo de lo público. Tuvo un cargo simbólico en la alcaldía de Nueva York y otro en la Oficina de Defensa, Salud y Servicios de Bienestar del gobierno federal. Durante la Segunda Guerra Mundial se alistó en el Ejército y terminó ostentando el rango de capitán. Trabajó en labores de inteligencia y agregaduría militar.

Luego de esa pasantía como ciudadano cualquiera, en 1946 comenzó su carrera como líder empresarial. De los muchos y muy jugosos negocios del clan, él asumió la rama financiera, el Chase National Bank, que más adelante sería rebautizado Chase Manhattan y mucho después –crisis y fusiones mediante– como JP Morgan Chase & Co. Bajo la conducción del entonces muy joven David, el Chase vivió años de gloria. La coronación fue el soberbio edificio de 60 pisos en pleno corazón de Nueva York.

Desde el puente de mando de ese banco, demostraría su extraordinaria habilidad para moverse con igual destreza en los ámbitos empresariales y políticos, de EEUU y del mundo.

De hecho, la institución financiera llegó a ser considerada como el banco de la Organización de las Naciones Unidas. No por casualidad, la familia donó el terreno donde se construyó el edificio sede de la ONU. El Chase fue también la primera entidad en su tipo en montar tienda en Moscú, entonces capital de la Unión Soviética, lo que ocurrió en 1973, es decir, 16 años antes de la caída del Muro de Berlín. Previamente había negociado con el National Bank of China para que el Chase fuera su representante en EEUU.

La borrosa frontera entre lo público y lo privado también caracterizó la relación de Rockefeller con el Banco Mundial: varios de los presidentes de este organismo (otra de las instituciones multilaterales dadas a luz en la posguerra) habían sido previamente ejecutivos del Chase, es decir, subalternos del magnate. Algo parecido pasó con algunos altos directivos de la Reserva Federal.

Para calibrar el peso de los afanes plutocráticos de David Rockefeller es imprescindible volver a revisar las actuaciones del Grupo Bilderberg, una camarilla de poderosos que comparten (según lo que se filtra de sus encuentros secretos) el proyecto de un gobierno corporativo mundial basado en los poderes conjuntos del dinero, las armas, la tecnología y el control de los recursos naturales, por encima de la soberanía de los Estados y de los pueblos.

Para avanzar hacia ese mundo (utópico para los neoliberales, distópico para las mayorías mundiales), este neoyorquino tuvo la suerte de disfrutar de una vida extremadamente larga, pues murió cuando solo le faltaban dos meses para cumplir 102 años.

Su lapso de existencia y la forma como esta finalizó pueden considerarse una excepción con respecto a las proclamadas versiones acerca del karma: luego de haber sido un feroz depredador en el mundo del capitalismo salvaje; tras haber peleado en una guerra y –según sus detractores– haber promocionado varias más con fines mercantilistas; tras haber contribuido a montar oprobiosos aparatos de espionaje, David Rockefeller se despidió del mundo plácidamente, mientras dormía, en los aposentos de su mansión. La propia muerte para un plutócrata global.

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La otra cara: un filántropo

Quienes afirman que David Rockefeller fue, como todo banquero, un egregio ladrón encorbatado, se encontrarán con mucha gente que lo defenderá diciendo que se trató de un filántropo que contribuyó con programas sociales de países pobres y, por si eso fuera poco, destacó por ser un amante del arte contemporáneo.
En América Latina este debate siempre será candente porque tanto David como otros miembros de la tribu se metieron hasta el cuello en asuntos políticos, siempre bajo la mascarada del apoyo a las causas justas. Fanático de los organismos de nombres enigmáticos, promovió y presidió el Consejo de las Américas y la Sociedad de las Américas, dos poderosos artefactos paradiplomáticos que defienden los axiomas de la corporatocracia: libre mercado y democracia al estilo estadounidense (aunque nunca han tenido problemas para funcionar con dictaduras de derecha).
La impronta rockefelleriana puede encontrarse en la misma partida de nacimiento de la burguesía venezolana, sobre todo si se le sigue la pista a otro de esos entes rimbombantes, la International Basic Economy Corporation (IBEC) y su peculiar ala local, la Venezuelan Basic Economy Corporation (VBEC), que financió proyectos en diversas áreas y dio origen a una clase empresarial que fue, es y será siempre pronorteamericana o, si a usted le gusta más, pitiyanqui por naturaleza.