Editorial | Solidaridad en tiempos de cuarentena

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La palabra cuarentena me sabe a Semana Santa y a alumbramiento. Tuve años creyendo que la cuaresma católica era lo mismo que la cuarentena posparto y tuve un gran patuque un buen tiempo en la cabeza, porque creía que eran sinónimos. O sea en mi mente medio perversa adolescente, mezclaba la cuarentena de la mujer recién parida con el inicio del periodo litúrgico de la Semana Santa. ¿Y qué tiene que ver el cura Bartolomeo con la cuarentena de mi tía Alicia? Nada. Porque ni Alicia ni Bartolomeo forman parte de una realidad. Lo que nos está pasando tiene mucho de realismo mágico, mucho de las mariposas amarillas de Mauricio Babilonia. Tiene mucho del amor en los tiempos del cólera.

Mucho de poesías y de somaris. Tiene mucho de ciencia ficción, de esa que habla de las distopías en las que los seres humanos llevamos la peor parte siempre. Tiene mucho de literatura y ficción. Solo que la realidad, esa frase tan manoseada que usamos cuando los acontecimientos de la vida nos rebasan, supera la ficción.

En los últimos cien años ha pasado de todo en el mundo. La vida del ser humano cambió de un modo vertiginoso, asombroso, definitivo. En lo que se refiere a la comunicación, el papel ya es una casi una antigüedad que hace que los volantes que repartíamos en la universidad hace apenas 30 años, se vean como una actividad «vintage» de contacto con el otro, con la otra. Las cartas fueron sustituidas por los correos electrónicos, las computadoras personales por dispositivos móviles, los barcos por aviones súper veloces, las casas por rascacielos, las protestas en las calles por «hilos» en las redes sociales, los discos de acetato son una curiosidad para los nuevos hippies, el cine se convirtió en plasma, las patinetas ruedan sin tracción de sangre, las noticias falsas sustituyeron al periodismo y la vida privada de las personas ya no acepta una demanda.

En los últimos cien años se perfeccionaron los complots, las conspiraciones contra países y pueblos. Los medios de comunicación forman parte de una estrategia global que cambia a su antojo la percepción de la realidad. Igual que antes, sólo que ahora los escenarios que se construyen son cada vez más irreales, más «ejecutivamente» producidos, más onerosos, más crueles. Y son más crueles porque los seres humanos siempre son extras. Desechables a la hora de editar. El Oscar no es un objetivo humano. Puro billete.

Hoy estamos siendo protagonistas, todas y todos, de una situación en la que poco importa la verdad. No importa si el virus es inventado, creado, sembrado, producido, inventado o parido por la tierra. Cualquiera sea su origen, su accionar está cambiando al mundo. No volveremos a ser los mismos. Gane el virus o gane la humanidad es un cambio definitivo.

No sabemos aún si triunfarán los malos o los buenos. No sabemos si los buenos saben el final de la película. Los malos siguen ahí como siempre, al acecho, «cazando güire».

La solidaridad entre los seres humanos surge siempre contra la barbarie, contra la muerte, contra la tristeza. Esa cuarentena que sabe a Semana Santa, a cuajado de pescado, es un respiro para la tierra y para nosotros. Para que sea humana la humanidad. Sigamos.