Humanidad y enclaustramiento

0

La vivencia de estos días de enclaustramiento, producido por la alarma de la pandemia causada por el virus, nos lleva a pensar en las experiencias semejantes que ha vivido la humanidad en circunstancias parecidas, y en mi memoria la pista de epidemias fatales está relacionada, desde hace muchos años, con la muerte de Sor Juana Inés de la Cruz, la muy talentosa escritora mexicana que escogiera el hábito monacal para poder preservar su derecho a ser una inteligente creadora en su época, el siglo XVII, en que era casi un crimen para una mujer el tener esas cualidades e intereses.

Sor Juana murió por contagio, víctima de una fatal epidemia de fiebre tifoidea, de la que se contagió cuidando pacientes de la misma, en el Convento de San Jerónimo, el 17 de abril de 1695.

Un año antes había ratificado sus votos religiosos y fue víctima de la enfermedad dentro de un alto índice de población mexicana azotada por esa terrible enfermedad. Su caso me impacta sensiblemente, porque Sor Juana dio una gran lucha intelectual para defender el derecho de las mujeres a ser seres pensantes, y cuando llega a la muerte estaba pasando por un proceso depresivo definitivo al que la condujo el consejo u orden de su confesor, Núñez de Miranda, quien la condujo a abandonar la escritura y la creación en general y la hizo vaciar su celda monacal, donde guardaba su maravillosa biblioteca, más instrumentos musicales y hasta científicos que le habían acompañado durante años para el ejercicio de sus ensayos, propios de un ser curioso de conocimientos y libertad creadora.

Pienso que su depresión ante tal circunstancia la llevó, de algún modo, a desear la muerte como una salida a su imposibilidad de ser ella misma, pero este ya es otro tema y quiero es hablar de las pandemias históricas.

En redes hay información sobre lo que fue la viruela, tan antigua como unos diez mil años antes de Cristo, tan fatal que se dice que “algunas culturas preferían esperar a que los hijos contrajeran la enfermedad y sobrevivieran para luego ponerles un nombre”…

La llamada Gripe Española de principios del siglo XX, 1918 aproximadamente, es con la que más nos tropezamos en las lecturas de crónicas históricas y hasta en las novelas. Arrasó con humanos y animales por igual. Pero, estamos hablando del pasado y al punto de que en la memoria colectiva esos hechos que ellas ocasionaron se han convertido casi en espacios imaginarios en la memoria, o se confunden entre realidad y ficción.

Lo que nos toca ahora es que no nos pasaba por la mente que nos tocaría vivir una circunstancia como esta, después de los viajes interplanetarios, el invento de las redes sociales, la superación de las Guerras Mundiales, y tantas otras cosas que deberían suscribirse en el Atlas de lo que la especie humana (tan pedante frente a las otras especies) ha logrado por la investigación y la producción de conocimiento en referencia.

Pero no, estamos encerraditos, portándonos bien, como debe ser, en función de efectuar los protocolos para evitar el contagio con ese virus insólito, que puede permanecer en el ambiente hasta tres días después de haber sido dejado por los contagiados, y genera la muerte en los mayores y los más chiquitos, a diferencia de otras enfermedades del pasado.

La reflexión debe acercarnos al hecho de que estamos pensando ante ello como miembros de la Humanidad, más que como afiliados a una nacionalidad, a un idioma, a una ideología, a un territorio, y ello es importante, pensarnos como humanos en referencia a todos los humanos del planeta Tierra. Es una circunstancia que quizá no podemos experimentar en ninguna otra circunstancia, lo que la hace fundamentalmente importante. Duele, pues, el que se contagie un muchachito en La Guaira, como en Illinois, La Habana, Antofagasta o algún lugar de Corea del Sur; o fallezca una anciana en Puerto Rico, Cumaná, Brasilia, Nueva Zelanda o Buenos Aires.

Sentirlo así es particularmente grande y hondo, como un pozo del tamaño del Atlántico, tan largo como el Orinoco. Y por eso estamos más alertas, más sensibles, más solidarios, más preocupados por cada contagio y cada fallecimiento, y celebramos más cada sobreviviente y cada territorio donde no hay contaminados por el virus, como la aparición de posibles vacunas o medicamentos combatientes de su efectividad fatal. En estos días donde se nos llama al enclaustramiento, sabemos por las redes, esa verdad: todos somos Humanidad y así debemos vivirlo.