La página de Aquiles | Música

0

Mozart comestible

Nadie sabía que el pobre Mozart tenía sus bolsillos llenos de monedas de oro.
El pobre hombre se quitaba cada noche sus desventurados pantalones, y al sacárselos caían al suelo las tintineantes monedas.

Pero como su esposa era medio sorda, creía que se trataba de monedas de plomo.

La señora de Wolfgang Amadeus Mozart era muy rigurosa en sus costumbres.

Pensaba sinceramente que las heridas de aquel tan elegante corazón se cerrarían con curitas Johnson.

Y se las aplicaba inútilmente cada noche, mientras el hermoso corazón de Mozart se desangraba en silencio, como si dijéramos una botella de jarabe que se le quiebra a uno secretamente en la bolsa de las compras.

Mozart tenía muy mal carácter, muy mala memoria y muy mala suerte.

Especialmente una vista pésima.

Un día se subió en una nube creyendo que era un autobús.

Otra vez mirando salir en sucesivo vuelo unas palomas de un palomar, se puso a gritar en plena calle: ¡Epa, epa, se están escapando los guantes!

Era un hombre muy hermoso y según se dice se alimentaba con medias de seda.

Era muy descuidado también, a la hora del baño se tragaba el jabón creyendo que era una almendra.

Una vez a Mozart los policías lo pusieron manos arriba, porque al pedirle su cédula de identidad les presentó una rosa.

Mozart era muy mal educado: en las recepciones se comía el perfume de las señoras y les besaba la ropa en público.

El día que murió Mozart estaba nevando, y sus amigos en vez de enterrarlo decidieron comérselo como un mantecado.

Y como está comprobado que los helados se comen con la boca especial del amor, llegamos a la conclusión de que Mozart no existe sino en los labios de los enamorados, y eso si es domingo.

Dos canciones de Beethoven a Armando Reverón

Adelaida

Adelaida,
que el lausí ya se muere
-Adelaida, y el jazmín
está muerto.

Borda con tus lausí de sueño
un corazón de azúcar cande
y un nombre delicado de pañuelo.

Adelaida,
que se acaba el lausí
y llueve.
Llueve.

Para Elisa

El cofre, la violeta,
¡Quién sabe!
Coty otoñal:
Elisa

Variaciones
sobre un tema
de Debussy

I
Luz de arriba remozada
y abajo llueve que llueve
cruje su sandalia breve
contra la arena mojada;
pasitos tiene de nada
y levedad de escarpín:
la lluvia es un querubín
cuya mano delicada
agua lleva iluminada
para la sed del jazmín.

II
Cuando la gota es una,
es una lágrima de la luna.

Cuando son dos
son los ojitos del niño Dios.

Y cuando las gotas son tres,
entre sus campanitas claras hay un pez.

III
Volvió la clara hermana
de cintura de nada y lengua fina.
En su coche de helada filigrana
volvió la hermana cristalina.

Volvió la hermana cantarina
de inocencia de espiga y avellana.
¡Vino de la mañana a la ventana
con sus menudos pies de bailarina!

Retreta
del domingo

Retreta del domingo, fiesta pobre
que alegra el corazón municipal
ahora tocando un viejo pasodoble
y, después, la Vereda Tropical.

Se suma a tu voz múltiple de cobre,
cada quince minutos, Catedral.
Y escupe el autobús su ruido innoble
sobre tu ancianidad sentimental.

Pobrecita retreta del domingo
que celebras la boda de Tilingo
con acompañamiento de trombón.

Yo advierto tu alegría complaciente
ante la indiferencia de la gente
y se me desafina el corazón.

Un poquito de música (Fragmento)

Son tan cambiantes los acentos de la música venezolana, tan varias sus manifestaciones instrumentales, tan numerosas sus aplicaciones a la danza o al canto como los signos mismos de nuestra diversísima geografía. Como muy pocos países del orbe hispánico, atesora la cultura venezolana un acervo sonoro que enumera –y conserva vigorosamente activas– todas las formas en que el hombre ha desarrollado, en el decurso de la civilización, su sentido de la música.

Comparable en significación a la escuela de pintura que floreció por los mismos tiempos en el Potosí de Melchor Pérez Holguín, surgió en Caracas a finales del siglo XVIII una escuela de música culta cuya magnificencia y fecundidad en grandes manifestaciones y maestros no ha sido aún igualada en nuestra América. Teresa Carreño, en el siglo pasado la más grande figura de la pianística mundial después de Liszt, y Alirio Díaz, el mayor guitarrista de los tiempos actuales junto a su maestro Segovia, son las dos figuras más renombradas en quienes se continuó la tradición que sentó aquella escuela que arrulló con música de Haydn y Mozart a la juventud de la primera generación republicana.

Una réplica espiritual del mapa físico de Venezuela se podría lograr en términos sonoros, si pudieran ensamblarse como las piezas de un mosaico las maneras en que cada una de las regiones del país manifiesta su gusto por el canto y el baile.

Selección de Oscar Sotillo