Unidos contra un monstruo

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Por tercer año consecutivo en esta época de cuaresma las calles altomirandinas retrotraen pasajes de Ortiz –pueblo llanero que azotado por el paludismo fue el escenario central de Casas muertas, una de las obras maestras de Miguel Otero Silva–. Primero fueron las guarimbas, después el apagón supercalifragilísticoespialidoso y ahora es el coronavirus, considerado una pandemia por la OMS, lo que ha generado alarma pública y cuarentena social para cortar sus raudos canales de expansión.

Por el anuncio presidencial sobre las restricciones y normas de higiene, el pasado lunes Venezuela amaneció en expectativa y el eje altomirandino, extrañamente disciplinado, acató de manera cívica el llamado.

Las marcadas diferencias sociales, económicas y políticas de los casi 500.000 habitantes de San Antonio, Carrizal, Los Teques, San Pedro, San Diego y San José quedaron atrás. Los alcaldes Josy Fernández de Los Salias, del partido Primero Justicia, así como Farid Fraija de Carrizal y Wisely Álvarez de Guaicaipuro (ambos de PSUV), estuvieron a la altura de la situación.

A pesar de las predecesoras pandemias mundiales como la peste negra o la gripe española, este drama jamás se había vivido en el país, salvo en macabras películas, por lo que el pueblo ora con la esperanza puesta en un final feliz.

Sensatez con especulación

Mientras Carmen Rosa, protagonista principal de Casas muertas, enfrentaba la desolación de su natal Ortiz a causa del paludismo y las falsas expectativas de crecimiento en torno a la incipiente industria petrolera, en el eje altomirandino renacieron los fantasmas de Sebastián, Celestino y don Cartaya para satisfacer necesidades básicas en el almacén.

“La Espada de Plata” de doña Carmelita, donde Olegario les despacharía, mientras que otros prefirieron ir con Epifanio.

Privó la sensatez, a pesar de escasas minorías, que muy temprano pretendieron cambiar el tono, aunque ellos mismos frenaron su desenfreno por generar caos en medio de tan dura situación.

A pesar de que el Ejército y policías garantizaron paz y libre tránsito, en algunos locales comerciales especularon sin controles ni sanciones. Por la emergencia la gente compra y ya. La carne subió a 340.000 soberanos en varios sitios. En “Farmachoro”, como le dicen a un comercio grandote de techo azul que vende de todo –y también medicinas–, un frasquito de 100 cc de alcohol de 43.347 soberanos fue vendido en 300.000. Se agotó. La cosa trascendió. Les cayó la Sundde ¡y mandó a bajar…!

Una señora malquerida y ya sabemos por qué, vendió el litro de antibacterial en 30 dólares y le voló. Mientras que por la mitad del precio, un joven compró en Valencia cuatro litros del mismo producto (que repartiría gratis), pero se lo decomisó la GNB ¡de la manera más vulgar y descarada!

Limón no hay, pero cuesta 300.000, y las naranjas son a 98.000, dicen en varios negocios.

¡Más desalmados que la abuela de la cándida Eréndira! En los centros comerciales solo abrieron expendios de productos para satisfacer necesidades básicas, como lo exigió la orden presidencial.

Estaciones de servicio, panaderías, recarga de agua potable y ventas de alimentos de animales también trabajaron. Compras nerviosas originaron restricciones en algunos rubros; nada fuera del orden ciudadano.

En los automercados se usa tapabocas, distancia prudencial entre unos y otros, solo un miembro por familia y con acceso permitido a un mínimo de personas por turnos, según sea el tamaño del establecimiento comercial.

Carlitos, un albañil, pasó varios mensajes: “Al llegar del trabajo nos tomamos una pata de elefante de Centauro” “¿Y tú estás trabajando?” “Sí, en unas quintas de unos ricos. Si no trabajo no como”. Como él, hay otros que no pueden parar porque tienen necesidades extremas. Pero son minoría.

Sin embargo, sus patrones ya les dijeron que no vayan más hasta que esto mejore y les pagaron por adelantado. “Vamos a beber que la caña mata el virus”, insistió en tono de chanza.

Rumores y más rumores

En medio de aquella desolación las mariposas revoloteaban en los estómagos como señal de desasosiego. No faltó la ola de rumores –más poderosos que la efectiva manera de transmisión del virus made in China–; cada quien manejaba una versión. Hablaban de cifras extraoficiales, direcciones de posibles infectados, versiones médicas y teorías científicas acerca del clima y la propagación del virus. Todo un sicoterror colectivo que desencadena conductas hipocondríacas, pero no pasó a mayores. “Hemos aprendido.

Vivimos de todo: bloqueos, desidia, falta de servicios y hasta desastres naturales. Pronto superaremos este nuevo reto”, afirma Juambimba en cada rincón.

Unos repetían como loros que “no es tan mortal como el AH1N1, pero se transmite más fácil”, “es pesado químicamente y por eso no viaja mucho por el aire”, “el ibuprofeno dificulta su tratamiento”, “los hipertensos son más vulnerables”, “nuestro clima tropical y caliente lo mata…”.

Aunque desde el domingo en la noche, también de manera inusual por esta época, ha hecho un frío raro. Y durante el día una pepa de sol aunque sin el calor necesario, según comentan, para noquear al enemigo importado.

Gente apegada a su fe cree que es el momento de José Gregorio Hernández. “Va a acabar con este mal y El Vaticano tendrá que beatificar al hijo ilustre de Isnotú”.

En las emisoras radiales la audiencia recibe orientaciones, boletines oficiales y mucha música para el necesario esparcimiento ante el claustro que exige esta cuarentena social.

Las realidades

Ricardo Peña, un abuelito de la zona, amaneció jodido, de emergencia, justo en este inicio de cuarentena y hay que auxiliarlo. Unos exámenes en el laboratorio de la Alcaldía. De ahí pa’l CDI de los cubanos y de allí al dispensario del Ipasme, donde la mismísima directora dio las atenciones básicas hasta referir al paciente de 85 años al hospital centinela de la región, Victorino Santaella de Los Teques, recinto desprestigiado por sus antecedentes de inoperancia que encienden las alarmas en cualquier paciente.

Se ubicó a la máxima autoridad de salud de la entidad para garantizar la efectividad requerida pero hubo mutis, parecido al apagón que aunque duró poco generó terror y molestias. Por fortuna, médicos y enfermeras saben hacer lo suyo. A Dios gracias lo del abuelito no era coronavirus…

Civismo salvavidas

El aislamiento salvó vidas, porque ese lunes como a las 4 de la tarde a la altura del IVIC, km 9 de la carretera Panamericana, un árbol tapió la vía y afectó a seis vehículos sin víctimas. Un día de circulación normal presupone mayor afluencia de vehículos lo que hubiese significado un accidente de dimensiones catastróficas.

“Dios está con nosotros”, dijo una doña, que como el resto de la gente ya olvidó al cura pederasta descubierto la semana anterior en San Antonio, y solo esperan que Carmen Rosa no abandone su pueblo Ortiz para que el país eche pa’lante para derrotar a este nuevo monstruo que ataca sin piedad.

Ciudad CCS / Luis Martín