CARACAS CIUDAD CARIBE | Los virus de la Corona

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Cuando revisamos la historia de las pandemias es frecuente que nos encontremos con una larga relación de las más importantes según la perspectiva eurocéntrica (Plaga de Atenas, la Peste Negra, la Gripe Española, etc.). Pero al mismo tiempo nos topamos con una gran omisión histórica: las pandemias indoamericanas causadas por los virus traídos al Nuevo Mundo por los conquistadores europeos a partir de 1492. En efecto, una gran parte de la población amerindia fue exterminada tras la invasión europea. Según el antropólogo brasileño Darcy Ribeiro: “En América Latina, había una población de aproximadamente setenta millones de amerindios antes de la llegada de los españoles y 150 años más tarde quedaban sólo tres millones y medio”.

Pero nuestros indígenas no murieron mayoritariamente en los combates militares, derrotados por un enemigo superior, más hábil, valiente o audaz. ¡No! Los conquistadores, en efecto, ejercieron violencia y crueldad contra los nativos de América; pero no fueron sus armas ni sus tormentos los que arrasaron con la población americana. Los indígenas murieron mayoritariamente en sus aldeas, víctimas de diferentes especies de seres diminutos e invisibles: los virus transmisores de enfermedades de procedencia europea. De hecho, hubo más muertos debido a las enfermedades transmitidas por microorganismos letales que las producidas por las espadas y los arcabuces. Más muertes ocasionadas por los minúsculos virus, que por los enormes perros amaestrados para matar. Afirma la historiadora Suzanne Austin: “Si bien el saqueo practicado por españoles, ingleses, holandeses y franceses produjo gran destrucción de vidas y culturas nativas, fue la introducción de enfermedades del Viejo Mundo, en particular la viruela y el sarampión, lo que ocasionó la muerte de la mayoría de los habitantes nativos del hemisferio”. (Las grandes causas de muerte en la América precolombina). Asimismo, el biogeógrafo Jared Diamond en su obra Armas, gérmenes y acero, afirma: “A lo largo de América, las enfermedades introducidas por los europeos se extendieron de tribu a tribu mucho antes de la llegada de los propios europeos, matando a un porcentaje estimado del 95% de la población nativa americana existente a la llegada de Colón”.

Aliado invisible y despiadado

Sin este auxilio inesperado, invisible y despiadado, quizás la historia de América habría sido otra: Los invasores habrían sido derrotados y expulsados de nuestras tierras; habrían tenido que pactar formas alternativas de convivencia pacífica como las propuestas por Bartolomé de las Casas en Venezuela y Centroamérica, Vasco de Quiroga en México o los jesuitas en el Paraguay; o se les habría hecho mucho más difícil someter por la fuerza y luego mantener esclavizados o en servidumbre a los nativos de América. Pero no fue así. La victoria fue de los europeos que portaban los gérmenes exóticos. Nuestros indígenas no estaban inmunizados contra las enfermedades del Viejo Mundo. Su sistema inmunológico se derrumbó como una frágil muralla frente al ataque de un ejército conformado por diminutos enemigos. Carecían de anticuerpos para ganar una guerra bacteriológica.

Para entonces Europa vivía (sería mejor decir moría) asolada por las pandemias. Fresca estaba en la memoria de los invasores la imagen de la muerte portando su guadaña y arrastrando bajo su sotana a millares de moribundos; fresco el recuerdo del sufrimiento y la angustia causados por las epidemias que diezmaron la población. Estas pestes tuvieron su origen en las precarias condiciones de salubridad que facilitaron el contagio de las enfermedades que portaban sus animales domésticos (ganado vacuno, caballos, cerdos, cabras y ovejas). En efecto, según Suzanne Austin “muchas de las infecciones del Viejo Mundo, como la viruela y el sarampión, se originaron en poblaciones de animales. Sin embargo, aun cuando los habitantes del Nuevo Mundo finalmente domesticaron varias especies, incluyendo perros, pavos, patos y camélidos (la alpaca y la llama) de Sudamérica, la viruela, el sarampión, la peste bubónica y el cólera no se desarrollaron en las Américas”.

Afirma Austin que en la América Precolombina la población era, en general, bastante sana: “Las enfermedades relacionadas con las deficiencias nutricionales y la desnutrición eran raras. Las hambrunas no eran frecuentes. Debido a las bajas densidades de la población, las epidemias raramente ocurrían”. En particular, la gripe en cualquiera de sus modalidades no existía en el continente americano. Concretamente, “los investigadores no han descubierto ninguna evidencia que compruebe la existencia de la influenza (gripe) en la América Precolombina”.

Los indígenas se enfermaban, por supuesto; y “las principales causas de muerte eran infecciones respiratorias y gastrointestinales severas”. Pero los amerindios conocían cómo tratar las dolencias y padecimientos propios de estas tierras: para ello contaban con una variada terapéutica y con los piaches o curanderos. De modo que sin la agresión extranjera el crecimiento de la población indígena hubiese seguido su ritmo normal, propio del tipo de civilizaciones comunitarias que venían desarrollándose. Pero ocurrió un hecho inesperado: fueron invadidos por hombres despiadados que portaban consigo los mortíferos microbios.

La resistencia indígena

Los indígenas pelearon con furia para defender sus tierras, su comunidad y su cultura. Mas la distancia de América con respecto a Europa se convirtió en su talón de Aquiles. A diferencia de sus enemigos, no estaban inmunizados. Así fue diezmada toda América. Desde el momento cuando se dieron los primeros contactos en las islas caribeñas donde arribaron primero los conquistadores, la población nativa sufrió una debacle demográfica. Las cifras son alarmantes: “el 90% de la población caribe y arawak murió en los veinte años siguientes a la llegada de Cristóbal Colón y sus hombres en 1492”, explica el epidemiólogo Muñoz Sanz.

Hubo lugares donde la población aborigen fue prácticamente aniquilada. Este fue el caso de Cuba. En la isla convivían tres pueblos amerindios: los guanajatabeyes, los siboneyes y los taínos. De acuerdo al investigador cubano Rolando J. Rensoli “…su población se ha calculado por diversos autores entre 100 mil y 700 mil personas al momento de la conquista española (1510-1515)”. Para los indígenas cubanos la salud jugaba un papel fundamental, y en su organización social los “behiques” o curanderos eran especialmente apreciados.

Cuando llegaron los conquistadores a Cuba, ya habían depredado las otras islas que antes encontraron en su camino. Allí masacraron a buena parte de los indígenas y estos se les enfrentaron militarmente. De una de estas islas (Quisqueya, hoy República Dominicana) vino a Cuba el cacique Hatuey. Organizó la resistencia indígena, convocó a la unidad de los pueblos nativos y se puso al frente de la insurgencia. A su lado combatieron tenazmente los pueblos originarios cubanos, entre los que destacan los nombres de su coterránea Anacaona, de la cubana Guarina, los caciques Guayucayex, Yucaguayex, y especialmente Caguax, Guamá y su esposa Casiguaya, sucesores de Hatuey en la lucha insurgente. Sin embargo, son derrotados y prácticamente aniquilados por los opresores, sus puñales y sus gérmenes. A tal punto llega la masacre que la población originaria disminuye drásticamente y los conquistadores se ven en la necesidad de llevar a Cuba a la fuerza a miles de indígenas de otras regiones del Caribe, a quienes someten al trabajo forzado.

El antivirus cubano

Paradójicamente Cuba, esa isla esquilmada por los conquistadores, se ha convertido en esperanza planetaria en la lucha contra el virus que hoy nos azota. En sus centros de investigación se ha elaborado el medicamento esencial en los protocolos que permiten salvar la vida de los contagiados de coronavirus: el interferón alfa2b. El médico cubano Luis Herrera es el creador de este fármaco que ayuda a tratar a pacientes contagiados con el COVID-19. Ahora los investigadores cubanos trabajan arduamente para crear la vacuna, el antivirus que libre al planeta de esta pandemia. Y no solo eso, Cuba ha dado una lección de solidaridad a todos los pueblos del mundo. Un crucero de Gran Bretaña con cerca de mil personas, con seis pacientes infectados de coronavirus a bordo, ha sido recibido en Cuba a pesar de los riesgos que ello supone y tras serle denegada la entrada en varios puertos. Los afectados recibieron atención médica en la tierra de los “behiques”.

Hoy una comisión de médicos cubanos dirigida por el Dr. Luis Herrera se encuentra en Venezuela y colabora con el gobierno venezolano en la lucha exitosa que desarrollamos contra la pandemia. Al llegar a nuestra Patria evocó las palabras del apóstol José Martí: “Deme Venezuela en qué servirla: ella tiene en mí un hijo”. Gracias, Cuba.

Así que mientras que de Europa nos llegaron las primeras pandemias a Nuestra América, probablemente sea justo en estas tierras americanas donde se produzcan no solo el antivirus que nos cure de enfermedades terribles, sino los proyectos civilizatorios y las lecciones de solidaridad que salven a la humanidad de su destrucción y envilecimiento.

JOSÉ GREGORIO LINARES
CRONISTA ADJUNTO DE CARACAS