Editorial | Imperio en pelotas

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Aun recuerdo las lágrimas del reverendo Jesse Jackson (que no es santo de nuestra devoción) cuando ganó Barack Obama la Presidencia de Estados Unidos. También recuerdo la emoción de los negros y negras del mundo, las y los afrodescendientes, la gente de color, cuando el esposo de la Michelle asumió la Presidencia del imperio más sanguinario del planeta.

Estuvo dos períodos en la presidencia de Estados Unidos y tuvo el tupé de decir, palabras más palabras menos, que cuando un país no obedecía las órdenes imperiales, ellos tenían sus métodos y artimañas para “torcerles el brazo”. Vaya metáfora viniendo de un presidente. Confesó sin presión alguna que son chantajistas, extorsionadores y torturadores. Fue el inicio de la era del caradurismo más ramplón para saquear, para abusar, para asesinar, para acabar con el derecho internacional. Para cachetear a la Organización de las Naciones Unidas. El mundo está gobernado o dirigido, por la vía de facto, por un grupo de hampones con corbata y dinero. Y desalmados.

El coronavirus, además de ensañarse con las personas mayores, deja al descubierto de qué están hechos estos seres humanos. Es muy sencillo. Brasil, Estados Unidos y Chile, por solo mencionar tres, colocaron a los números macroeconómicos, colocaron la doctrina neoliberal, colocaron por encima de la vida humana, al billete. Han preferido aprovechar la selectividad para matar a quien tiene el coronavirus, en lugar de combatirlo. Se escribe y no se cree.

Decíamos que Obama inauguró una forma de hacer política inédita. Desde las torpezas letales de Ronald Reagan, pasando por los genocidas de los Bush, ningún presidente norteamericano había decidido desclasificar sus fechorías. No hay que esperar 20 años para saber de injerencia. Pero eso ya no es lo peor. Siempre se puede caer más bajo, decimos cuando queremos describir un barranco. Las corporaciones del complejo militar industrial estadounidense dejaron el disimulo y crearon, paralelamente, empresas para matar. Privatizaron el espanto. Con mentiras destruyeron y destruyen países, y ellos mismos los van a reconstruir. Un negocio redondo y mortífero.

A todas estas, la pandemia ocasionada por el Covid-19 les produjo incontinencia verbal. Sus palabras van delante y, detrás, los seres humanos pasamos a ser números, estadísticas, pérdidas y ganancias. Los capitalistas, los neoliberales le rinden culto al billete y para ser coherentes no es posible gastar tanto dinero en la vida de unos ancianos improductivos. Faltaba más.

Donald Trump no es peor que Obama. Es un supremacista blanco y probablemente le provoque utilizar un tapabocas para comunicarse con su antecesor. Tal vez es más sincero, aunque aquello de torcer el brazo lo ha seguido con mucha disciplina el empresario que juega con la vida de todas y todos nosotros. Como alguna vez hicieron con Saddam Hussein, le pusieron precio a la cabeza de Nicolás Maduro.

¿Casualidad que haya sido horas después de develarse un complot de Juan Guaido y los gringos contra el presidente de Venezuela?
Uno no sabe si esta última fechoría de la banda de Trump es otro intento de acabar con el derecho internacional que medio permitía la convivencia entre naciones. Lo que sí sabemos es que el imperio está en pelotas. Quien tenga ojos que vea. Sigamos.

MERCEDES CHACÍN