Cuentos para leer en la casa

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Esta semana Ciudad CCS trae como premio a la disciplina del pueblo caraqueño, que ha sabido sortear la adversidad y cumplir rigurosamente esta necesaria cuarentena, un montón de cuentos bonitos para leer en la casa disfrutando de buena literatura nuestra para que grandes y pequeños, se deleiten paseando en sus mentes, más allá de la internet, del televisor y los teléfonos. Compartiendo en familia el sublime placer de una buena lectura, a cuatro manos y dos voces, con la magia del que sabe soñar y no se avergüenza por ello, y la risa inocente y pícara de un niño.

5 autores venezolanos: Laura Antillano, Earle Herrera, Antonia Palacios, Denzil Romero y Luis Britto García nos regalan un puñado de historias para soñar y volar, sin salir de la casa. A continuación los cuentos:

Y LA CASA REGRESABA POR FRAGMENTOS
Antonia Palacios

—Aquí podríamos colocar la mesa para evitar que la luz nos llegue de frente.

Aquello había sido dicho el primer día, el primer día que penetraron en la casa, el primer día que la habían recorrido toda, la casa vacía. Un día cualquiera, quizás, para los que transitaban la calle, para los que entraban y salían por las puertas de las otras casas. O tal vez un día especial en lo aciago o en lo excepcionalmente dichoso para uno solo entre tantos. El primer día que había penetrado en la casa. La casa vista desde lejos, y pasar frente a ella, y pensar en lo que guardaba consigo, en lo que podría ofrecer en la participación de su interior custodiado por los muros. Verla desde fuera y esperar que en alguna forma se iniciara lo inesperado.

—Aquí podríamos colocar la mesa para evitar que la luz nos llegue de frente…

Y la luz entraba sesgada, deslizándose débilmente hacia los corredores donde la noche se aclaraba en las exhalaciones. Todo estaba en permanencia. Las cosas, invariables, exactas a ellas mismas, semejantes al aire, al espacio inmutable. Y recorrían la casa –inmensa en el vacío– buscando en ella sus preferencias para protegerse en ellas, para defenderse de los cambios que podrían sobrevenir sorpresivamente. Nada parecía hallarse implícito en aquel primer día que recorrían la casa. Todo, por el contrario, parecía entregarse en lo que había sido dado como si la plenitud, antes de cumplirse, estuviese ya consumada. Y recorrían la casa en una suerte de posesión irradiada, la casa que se agrandaba en el suspenso de la espera. Una espera fija, sin digresiones, tan fija como la casa misma en medio del movimiento de las calles, de las luces y de los ruidos de la ciudad.

—Y aquí la cama, y junto a la cama colocaremos la mesa y el velador…

Y las palabras resonaban en su empuje inicial antes de ser alteradas por el tiempo, fieles a la representación de un instante, buscando su propia ubicación, desplazándose en el ámbito de la casa vacía como se desplazan los muebles de los rincones, del centro mismo de las habitaciones donde permanecen por un tiempo indeterminado a la espera del apoyo de los muros. Y comenzaban a recordar, incorporando el olvido a la memoria, intentando someterse con fidelidad al recuerdo. En el recuerdo se establecían de pronto los vacíos, bastaba una densidad cualquiera para que la sombra todo lo invadiese mientras la luz permanecía en el aire por un tiempo efímero en un afán de eternidad. Y comenzaban a recordar, a buscar en el impulso de ir hacia el pasado, y el peso del olvido gravitaba en rededor. Todo se hallaba confundido, nada demasiado próximo ni demasiado lejano, confundido solamente, afirmándose en la confusión y olvidado, acogido en la vasta quietud del olvido. Y recorrían la casa integrando su estructura al acontecimiento de recorrerla, imaginando cada cosa libre de ser, de moverse y de estar en reposo. Los objetos, los posibles objetos, replegados sobre ellos mismos, en su órbita cerrada donde el acontecer no penetraba, y rompiendo la resistencia que opone la materia iban de un lado a otro, abriendo las puertas, las ventanas…

—Y aquí el tocador, y el gran espejo…

Y parecían mirarse, reflejados en multiplicidad, sin relación directa con los gestos. Los nombres parecían significativos, adjudicados a un solo ser, y eran dos, muy juntos, dos seres reflejados en el gran espejo, muy juntos. Y podrían también distanciarse, irse, el uno, el otro, a los extremos, sin posibilidad de interrogarse, dejando todo sin respuesta, como si algo entre los dos hubiese sido dicho, algo que dejaba caer su sombra en la distancia. Y de nuevo se aproximaban, se buscaban en la perennidad del tiempo, en la duración misma de la vida. Solos, y el tiempo a sus espaldas, solos en la inminente soledad de la casa vacía. Y recorrían la casa dispersando la soledad, dejándola en libertad de expandirse en cada uno, de ser en cada uno desmesurada, y el confuso presentimiento de cómo habría de crecer en su desierto ilímite. Y olvidaban, lentamente, con mayor lentitud que la memoria, y en el olvido despertaban las cosas ya vividas, y señalaban con el gesto –el gesto que todo lo abarca– el sitio inmenso, inabordable, que les arrebataba la posesión de las cosas. Todo lo que colmaba la casa comenzaba a moverse abandonando los lugares ya escogidos, y se llenaban de polvo los espacios vacíos. Desde afuera, quizás, podía verse mejor todo lo que había invadido ese interior tan custodiado, que se creía bien al resguardo y de donde algo había partido. Y el regreso comenzaba lentamente a establecerse. Un regreso sin historia, sin lazos con el pasado, donde algo indecible, indefinido, persistía imponiendo una voluntad. La debilidad estaba en lo que ellos callaban, los días pasaban a través de los silencios. Y la casa regresaba por fragmentos: esta ventana, aquel muro, como si su conocimiento total desvirtuase lo acontecido. Y buscaban en las fechas, en los nombres, en los días, y elegían al azar un nombre, una fecha, un día que expresara la distancia. Y enumeraban los días partiendo desde aquel que predominaba sobre todos, aquel primer día que permanecía en el centro de todos los tiempos, orientándose desde allí, en todas las direcciones, hacia todos los sitios, los más lejanos, los más olvidados –acaso los más frecuentes– y sobre los cuales caía el abandono que es también soledad. Cada sitio atado a un recuerdo, un recuerdo que despertaba bruscamente en un gesto y el gesto aparecía sin identificación a pesar de que guardaba una extraña semejanza con lo ya sido. Un recuerdo subyugado, sometido a la continua presión de las cosas, de los lugares, de los objetos…

—Y aquí colocaremos las sillas de paja y miraremos descender el día…

El día que también podría morir, llegar a ser término. La luz degradándose lentamente y la casa a oscuras. Y recorrían la casa entre las sombras, sin voces, llenando en el tiempo el vacío, y la casa se llenaba de silencio. Desde afuera, quizás, podría verse mejor lo que acontecía en su interior. Aun cuando nada pudiese verificarse –espesas neblinas velaban la casa en la distancia–, todo se tornaba preciso, ordenado. Y se iniciaban la invasión y la huida, el estar y el partir, y al fin, la fuga silenciosa. En las calles la gente iba y venía, las calles que rodeaban la casa. Niños, jóvenes, ancianos, la multitud en su fragor subterráneo, en el gesto autómata del ir. Y se mezclaban a la multitud sumándose a los rostros, a los pasos, a las voces. Todos iban, hacia atrás, hacia adelante, iban con la sombra, con la luz, en avance y retroceso. Y todos también se alejaban, se distanciaban los unos de los otros, y de nuevo se aproximaban, buscándose en la perennidad del tiempo, en la duración misma de la vida. Desde afuera –quizás se podía ver mejor– se mira lo acontecido en la casa donde ya nada se podrá borrar, donde todo quedará esculpido en el tiempo, adquiriendo un relieve irrefutable. Desde afuera, quizás, se mira mejor la casa en la distancia. Se la mira más allá de ella misma, buscando en ella el nivel para establecer un nuevo comienzo, el vaho de la ciudad sobre sus techos, los muros defendiendo su interior mientras la luz avanza hasta la línea divisoria de la sombra. Se la mira desde afuera, en la distancia, que bien podría ser el límite establecido para el nuevo comienzo. Todo parece venir desde adentro a través de una transparencia: las curvas, los descensos, la infinita prolongación de las estancias. La luz se entrega en ondas, en constante movimiento sobre los arcos, las espirales y las elipses, sobre el trazo vertical de las paredes. Ya todo se oscurece, apenas roza la luz el vértice de alguna torre lejana. Contra el cielo violento, casi en sombras, se recorta la casa, y se aleja, empañada, confundida con el vaho opaco de la ciudad. Y la representación simultánea de los múltiples acontecimientos que tuvieron lugar –¿cuándo? ¿en qué sitio? ¿en qué minuto?– de pronto se hace presente. Desde afuera se mira mejor la casa en la distancia. La casa fija, en medio del movimiento de las calles, de las luces y los ruidos de la ciudad. La casa intemporal y el residuo del tiempo. De Crónica de las horas (1954)

 

EL MUCHACHO QUE ERA YO                                                                                  Denzil Romero

El muchacho que era yo no se ha bajado de una mata de ciruela joba. Busca los gajos de frutas amarillas entre el follaje espeso y un sabor agridulce le agita la mañana, le mordisquea la sangre, le ensaliva la boca, le alivia la inquietud. Un mar extenso es la inmensidad del copo de mi mata de ciruela. Cada hoja, cada pecíolo girante ante la luz del sol, cada nervadura de los limbos brillantes, es un temblor de ola en cuyos fragores provoca zambullirse.

El muchacho que era yo se vuelve entonces marinero, se abandona a la ebriedad de un viaje en buque por la ingrávida vida de mil puertos diferentes, al paso de costas olvidadas con acantilados y cuevas, refugios de antiguos piratas malayos, pesca perlas en los placeres de Cubagua; sin brújula ni mapa ni sextante, resiste una tormenta en el Cabo de la Buena Esperanza; caza ballenas en los mares del sur bajo el vuelo de pesados arpones, más allá de una isla dorada llamada Tasmania. O se empina sobre la alta niebla, y olvida su existencia.

Otra vez, mi mata de ciruela se convierte en un abrupto campo de batalla. Y el muchacho que era yo persigue por los aires a ilusiones enemigos de juego; quiebra sus enormes ramas y rompe la cabeza, los huesos, la vida de terribles rivales. Ellos también me golpean, me descuartizan, sin poder ocultarme, me desloman y el cuerpo forcejeante queda un raleado cobertor de raspones y magulladuras. “Eso te pasa por buscar camorra”, me digo, al tiempo que entreduermo para recuperar las fuerzas y espero que la ira se pase, entre el sol y la sombra, como un agua.

También puede ser mi mata de ciruela un trozo de sabana donde apacientan vacas, a orillas de un riachuelo, o perdidas por los andurriales. El muchacho que era yo se hace pastor, gamoral, cabrestero. A horcajadas sobre una horqueta, caballito cebruno siempre presto a la acción, corre camino con los otros llaneros para cayapear la faena. Entrada la noche, comparte con ellos bajo el ramizo de la cocina, arrimados al fogón. Los mayores hablan de mujeres entre veras y chanzas.

Y el muchacho que era yo comienza a adentrarse en los misterios, presintiendo no se sabe cuáles ternezas susurradas. También podía ser mi mata de ciruela: una ciudad grande con anchas avenidas y vitrinas espejeantes; muchos, muchísimos automóviles y enjambres de obreros saliendo de las fábricas. Podría ser un jardín embrujado o un circo trashumante; el templo milenario de una ciudad santa o la cueva de Alí Babá; el país de las maravillas que visitó Alicia o la selva africana donde vivió Tarzán de los Monos. En cada caso, el muchacho que era yo asumía su papel.

Si se tienen siete años y se vive en un pueblo de unos cuantos habitantes y apenas nos dejan salir a la calle, la copa de una mata de ciruela joba, o de cualquier otra mata, puede ser el universo entero.  De Lugar de crónicas (1985)

 

COLORÍN COLORADO                                                                                                Luis Britto García

Este era un niño que se llamaba Rubén. Este Rubén que yo digo inventó la manera de juntar las luciérnagas y volarlas de noche como un gran papagayo. Él también esperó que cayera una estrella sobre el sube y baja del parque de juegos para coger impulso hada arriba. Así escapó del pueblo de las abuelas que se pasaban la vida encerrando a los nietos.

La enfermedad de las aventuras le comía tanto el corazón que ya no podía soportar los días. Este Rubén era tan valiente que esperó a que cayera un relámpago y subió por él al sitio donde nacen las nubes. Así llegó al país de los días sorprendentes y vagó deslumbrado por la selva de los instantes magníficos. Jugando al escondite llegó al pueblo donde se guardaba la felicidad en botijas y se la enterraba por miedo de gastarla riendo. Gracias al gran tesoro de felicidad que Rubén desenterró, pudo construir el trespuños para navegar en el ciclón de las pesadillas. Así llegó al fin de su viaje al sitio de las cosas que todavía no habían nacido.

Por allí anduvo Rubén hasta que la lluvia de tizones lo obligó a buscar refugio en el pozo sin fondo donde se guardan las cosas más imposibles. Entonces fue que pelearon el antes y el después y Rubén dirigió los ejércitos de soldados de plomo que conquistaron la ciudad del Ahora. Por esos lados ya empezaba la pelea entre las cosas y los nombres de ellas, que no querían seguir juntos más tiempo. En el país de los diccionarios peleó con la palabra de los mil millones de significados.

Gracias a la ayuda de ella fue que salió con vida del bosque de las tijeras empeñadas en cortar los gritos. Después se entretuvo en detener los instantes hasta que llegó a preferir su recuerdo. Pasaron miles y miles de años. Las estrellas cogieron la manía de caerse y Rubén las recogía para alumbrar los mundos que creaba cada mañana. Entonces fue que Rubén inventó lo de los ríos viajeros que fluían para donde él quería ir, y así hacía los viajes boyando. Por eso acabó depositado en el laberinto de los ojos curiosos. Entonces se le ocurrió cantar las canciones más tristes y un torrente de lágrimas lo elevó hasta una torre tan alta que estaba llena de los esqueletos de sus constructores, que murieron bajando. En lo alto de la torre se encontró una princesa tan bella que se había encerrado allí para evitar que los niños murieran de amor por donde ella pasaba.

Para libertarla, allí Rubén puso a pelear al dragón del día y al dragón de la noche amarrándoles los rabos sobre las montañas de menta. Prendiéndose de un cometa que pasaba pudieron la princesa y Rubén saltar la muralla y alumbrar el país de la noche.

Estaban tan enamorados que a cada momento debían pelear para acordarse de que eran personas distintas. Así rescataron el sol que había quedado enredado en las selvas de los confines del mundo. La princesa murió de alegría de saber que nuevamente había luz en los campos. Rubén la dejó en la cascada de instantes en donde por primera vez se amaron.

Atacado por la peste del amor vagó lacerándose por el país de las espinas. Bajo lluvias de cascabeles, llegó hasta el cementerio de picaflores que está situado en la luna. Allí, el Rey de los pájaros le contó del bosque donde estaba la rama que le permitiría resucitar a su amada. Por llegar a ese sitio se fatigó en la batalla con el camino que devora los pasos.

Rubén depositó una a una sus armas en la puerta del amor, donde solo se entra indefenso. Entonces cayó al suelo, herido por uno de los arqueros dorados del León de latidos de plomo. Y allí permanece para siempre, con el corazón atravesado por una varita mágica. De Abrapalabra (1980)

LA APUESTA                                                                                                                    Earle Herrera

Levantan el as de copa para brindar por la victoria que los une en la derrota, los ardientes jugadores. Nada aclaran, ya todo es sabido, ambos conocen perfectamente las reglas del juego y, sobre todo, sus leyes no escritas; perder la partida no implica la derrota; ganarla, no entraña la victoria. Hay una mutua necesidad entre el vencedor y el vencido. Por siempre seguirán mirándose a los ojos a través del azar, hablándose en su lengua de envite: se mentirán, se harán trampa, sabrán de los engaños necesarios pero no se podrán separar.

De trapacerías saben las cicatrices que marcan sus brazos, rostro, abdomen. Atrás quedaron casas y haciendas, filiaciones y amigos. Sólo tienen cómplices y rivales y palabra de jugador, que se cumple o se sella con la vida. Del mismo lado de la mesa se han encontrado largas noches (son cómplices), pero otras tantas veces han estado frente a frente (son rivales). El conocerse demasiado alimenta su odio mutuo, mas ninguno desea el fin del otro, ni siquiera su ruina, organismos de una lúdica simbiosis fatal. Cuando uno de los dos se ha perdido por alguna breve temporada, el nerviosismo y la incertidumbre se han adueñado del otro. Este ha jugado torpemente y con ansiedad lo ha buscado por garitos y casinos, tugurios y escondites. Noches de farra han coronado el encuentro, cerrado siempre con una partida amistosa, de poco monto, excepcionalmente pulcra, como una reconciliación dolorosa y feliz. El ganador corre con la cuenta y el perdedor queda con dinero para volver mañana, entonces sí por el desquite, que será feroz y desconfiado, sucio y hasta el último céntimo. Alguna noche jugaron las mujeres que ya habían perdido con la vida sin solución de trucos, alguna menguada madrugada se restearon a las cicatrices en los brazos, alguna asolada tarde apostaron el nombre.

Execrados de los casinos donde eran aclamados en otros tiempos, aceptados a regañadientes en los tugurios, sin nada que buscar en el pasado y mucho menos en el futuro, del presente les quedaba la palabra de jugadores y nadie, en las hondas casas de juego, se las quiso apostar. A la luz de una luna de esquina que los alumbraba con mezquindad y desprecio, se miraron de frente y se presintieron enlazados por el mismo pensamiento. Necesitaban la emoción de otros días y cada uno tenía una sola cosa –sí, una sola e insignificante cosa– que apostar: su vida. Un trago de whisky malo y un apretón de manos, precedidos por palabra de jugadores y sucedidos por la emoción de los que reencuentran sus pasos, sellaron el pacto.

–Mañana al anochecer.

–¿Aquí mismo?

–Aquí mismo.

Mañana, cuando caigan las sombras, el uno saldrá con la saliva agria en procura del otro; éste, con inefables ansias, lo estará esperando donde siempre, el sitio que ellos saben, puntual y tembloroso:

…lo verá llegar, lo verá esperándolo y los dos corazones, trémulos, echarán a rodar en el uno o el seis, aunque ambos saben que los dados son falsos.

 

CARTA DE UN OTOÑO LEJANO                                                                               Laura Antillano

Deseas escribir esta carta desde un otoño pálido y frío, desde una ciudad desconocida, con tranvía y subterráneo, con edificios ocres y un pasado histórico que parece pesar sobre la espalda de la gente, como un baúl viejo con ropa del abuelo.

En la memoria, como un álbum de fotos, ves a papá, gordo, pequeño, con bigote ralo, cuando discute mientras limpia sus libros, se pone los anteojos en la punta de la nariz mirándome por encima, porque los usa para leer y escribir, y si le hablas sube la cabeza y te mira, como si los anteojos se quedaran inútiles puestos allí, justo encima de su nariz.

Él sabe bailar y canta a gritos y tiene una risa muy sabrosa. Cuando se afeita pone mucha espuma en la brochita y lo hace con un gesto cuidadoso, poquito a poco, y canta un poco si no anda apurado. Piensas en esto y entonces recuerdas, página a página, el álbum de fotografías y el gato pequeño de felpa que dormía sobre la cama cerca del piso.

Y con tu frío, de manos en el bolsillo y mejillas rojas, mientras compras estampillas o te preparas para la jornada de trabajo de hoy, sabes que quieres reconstruir palmo a palmo una tarde y otra, y meterte en el uniforme de la escuela de los nueve años y tener el bulto grandísimo que arrastrabas por demasiado peso.

Sabes que algo cambió en todas las cosas, porque ni siquiera tu sonrisa es ahora la misma de entonces; y te sientes como si fueses un árbol y te estuvieran talando corteza a corteza, porque la angustia viene de que no puedes hablarle, de que no te oye, y te viene la imagen de la fotografía en que sonríe, con su abrigo tan grande sentado ante una fuente, y con su risa tan fuerte reconoces cada rasgo de su boca, su nariz, sus manos pequeñas, y en ello reconoces tu boca, tu nariz, tus manos pequeñas.

Porque para ti él sigue sentado en aquella mecedora como lo dibujaste una vez, hace años, dormido, con las mangas de su camisa enrollada hasta los codos y con esa expresión triste que viéndolo dormir descubriste latente.

Papá siempre pareció entender que una tenía que crecer, y si se pone triste a veces es porque todos los papás del mundo, de todas las generaciones, pasan por eso.

Tienes un recuerdo de niña: llovía y papá nos sacó cargadas de una tienda a mi hermana y a mí, y corrió hasta el carro, lo empegostamos todo de caramelo porque estábamos comiendo chupetas; el agua chorreaba y él hacía maromas para mantenernos a las dos alzadas hasta ingresar a los asientos del auto, y estábamos orgullosas de que pudiera con nosotras en esa hazaña insólita de llevarnos juntas.

El médico me puso a dieta para adelgazar cuando yo tenía nueve años, pero si salíamos a pasear, papá y yo, esa dieta se olvidaba y comíamos helados grandísimos; creo que papá entendía y confiaba en que yo iba a crecer y adelgazaría, como ha pasado sin darnos cuenta.

Juntos hacíamos excursiones a las librerías y me sugería: cuentos de Hans Christian Andersen y los Hermanos Grimm, cuentos orientales y africanos, leyendas indígenas, cuentos escandinavos, yo gozaba con esas historias de castillos y caballos, duendes y gnomos; personajes arriesgados que se la jugaban completo, y paisajes naturales exóticos y lejanos. Luego fueron libros más largos: Robinson Crusoe, Ivanhoe, Moby Dick, La Madre, de Máximo Gorki, y era grato quedarse en casa con ese librero, una que era tan tímida y costaba hablar y entrar en tramas ajenas.

Una vez estábamos en el cine viendo Aladino y la lámpara maravillosa, yo tenía cuatro años y me asusté mucho por el genio que salía de la lámpara, le dije a papá que me cargara y mi hermano se puso muy bravo porque a los cuatro años no hay razón ya para esos sustos bobos.

Papá fue el responsable de sacarnos los dientes de leche a todos. Si uno tenía un diente flojo y lo decía él contestaba: -¡Ah!, ¿sí? Déjame verlo. Y ¡chas!, te lo sacaba rapidito, pero no dolía nada.

Mi padre tiene una cicatriz en la muñeca, que se produjo él mismo al golpear el cristal de una ventana en un ataque de furia reprimido.

Mi padre lee a Walt Whitman en alta voz y dice que el Canto a mí mismo es para todos nosotros y su voz cobra entonces un resonar de tambores, y canta, y hace gestos, se ríe de sus propios gestos y habla solo, como si planificara las conversaciones, y le gusta la Sinfonía del Nuevo Mundo, y siempre quiso escribir libros que no escribió, por esas cosas y muchas más sé que está aquí conmigo y en ninguna otra parte.

A él le gusta que una haga cosas y madure, pero a veces no entiende cosas que una hace y cree que no están bien pensadas, entonces se molesta y se pone triste y una termina también por ponerse triste porque quisiera que todas las cosas fueran entendidas por la humanidad completa.

Creo que él siempre pareció saber que una tenía que crecer, y si se pone triste a veces es porque todos los papás del mundo, de todas las generaciones, pasan por eso cuando sus hijas crecen.

Allá, en el fondo, papá entiende que él nos enseñó a pensar, a estar alegres o preocupados, a tomar decisiones, y por eso tiene que tener fe en nosotros, que podemos equivocarnos o no… pero de eso se trata esto de crecer y ser adultos alguna vez…

Cuando papá comprende eso, vuelve a ser el que se pone mucha espuma en la brochita de afeitar y canta operetas siguiendo la música en sus discos preferidos y ríe con mis hermanas menores y se va a la playa, y lee cosas nuevas o va al cine y ve dos películas en una sola tanda y… ¡es otra vez mi papá!

 

Ciudad CCS