A Lucelia Pino: La casa que olía a Navidad

0

Te fuiste con tu impronta sigilosa, muy silenciosa como eras. Aprovechaste esta cuarentena social para volar, y es que llega un momento de la vida en que el cuerpo es un traje muy pesado. No podré acompañar a mi hermano para despedirte.

Recuerdos vienen a mí en una cantidad que me abruma, se entremezclan, y cómo no, si te conocí casi en mis inicios en la Facultad de Ingeniería, donde me había tropezado con el inquieto de Yoyo (alias Frenzel). Tiempos de sueños libertarios.

Ir caminando por el parque de La Fundación en Catia La Mar hacia tu casa, era acercarse a un festival de olores de cocina, la pregunta era ¿qué estará cocinando la señora Luz?

El viejo Frank (Gurrufio) en el porche con el saludo que de una increpaba, muchachos hasta cuándo van a armar bochinche en la universidad; y una vaina Yoel, me decía, ¿cuándo se gradúan?

Al pasar a tu refugio, veía tu mesa y siempre había un plato de comida servido, o así mi memoria lo recuerda, y es que tu amor entraba por el olfato y el gusto, con el saludo venía el ofrecimiento de desayuno, un cafecito con algún bizcocho. Y es que a toda hora en tu cocina había manjares para hijos, nueras, nietos, hermanos, sobrinos, vecinos y los compañeros de estudios de tu hijo predilecto.

Siempre callada, solidaria, querendona, risueña y esa magia de mujer costeña, como personaje de Macondo, y es que Gabriel García Márquez se inspiró en ustedes las mujeres caribeñas. Ese realismo mágico que tanto encanta a muchos intelectuales y académicos, es parte del diario vivir de nuestros pueblos, Gabo solo fue un cronista de estás tierras.

Huele a guiso, sí; a cebolla, ajo y ají dulce, a especies y mezclas maravillosas que como alquimista hacías en tu cocina. Papelón, anís y harina, y nos deleitabas con arepitas dulces.

Caracazo, el pueblo arrecho sale y toma lo que le habían negado por décadas. Plomo y candela. El Gobierno masacra al pueblo, no acepta que se rebele, busca culpables de la rebelión y como parte del realismo mágico detiene y persigue a estudiantes, exguerrilleros y dirigentes populares. Son días de conchas, clandestinidad y escondites, de resguardarse, y el más afortunado fui yo, me tocó esconderme en la casa que olía a Navidad.

Y estuve bajo tu manto protector ese febrero del 89, y doy fe de que tu casa olía a Navidad, a guiso de hallacas, a pernil, a hervidos, a dulces criollos, pero sobre todo a amor y solidaridad.

Hoy los sueños siguen presentes, y la casa que olía a Navidad se mudó, si Lucelia, un poco más allá, en Marina Grande hay unos nuevos alquimistas de la solidaridad y el amor, tu hija (nuera) Yaritza y el inquieto güaireño Yoyo.

Salúdame a Gurrufio y a Popa, te esperan para el guiso de chigüire y pescado salado. En Chuspa retumban los cueros de los tambores, y al ritmo de fulía, me despido.

Hasta siempre, Lucelia

Tu hijo de vida Yoel
Cagua, Marzo 2020

Ciudad CCS / Yoel Amaya