CONVIVIR PARA VIVIR | Convivir con el miedo es lo difícil

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Trabajando el Suplemento Literario.

No voy a negar que añoraba poder dormir mucho y que soy más casera que un tuqueque. Pero desde el 13 de marzo algo nos hace percibir la casa como prisión: El miedo.

Lo que hace angustioso el estar en casa, es la incertidumbre. No saber cuándo pasará, no tener claro de dónde vamos a sacar comida, ni cuánto tiempo el Gobierno podrá garantizar alimento a todos si esto se prolonga hasta septiembre.

Desde hace 2 meses convivo con mi hermana y su hija de 15 años, y me encanta.

Me encanta que puedan estar conmigo, y sentirse cómodas. Sin embargo, desde el 13 de marzo, el panorama es distinto. En la habitación de mi hermana se instaló el miedo y la atormenta. La atormenta saber que está en un grupo de riesgo, porque acaba de superar un cáncer metastásico de mamas y ganglios y siempre tuvo una salud frágil. Además es una mujer nerviosa. En nuestra adolescencia a mi herma no la peló ninguna eruptiva. A mí en cambió sólo me dio lechina –y por loca-. Tenía una cita y las piernas peludas… ella, siempre ordenada y previsiva, sí tenía afeitadora y lechina. Yo que soy todo lo contrario, no tenía ni lechina ni afeitadora. Tenía una cita. Era urgente rasurarme, ni modo. Se la robé. Pasé toda la cita con fiebre.

Camila dibujando sobre la cama. Fotos Tatun Gois

Siempre he sido un desastre total. Mi hermana no. Desde hace rato, no la contradigo, la considero demasiado. Ella es una dragona de fuego y me encantan los dragones. Son maravillosos prodigando cuidados, a pesar de no ser muy cariñosos. Mi herma lo controla todo aunque no lo parezca, y es mejor no enojarla porque escupe fuego. Siempre he sabido llevarla, porque respeto su espacio en todo sentido. Es irascible, y desde que enfermó se me olvidó cómo llevarle la contraria, aunque me agobie. Sencillamente no puedo hacerlo. Le gusta vivir en una casa bonita, y se ocupa de mantenerla así, yo sólo le obedezco.

Cuando se mudaron hasta una cama y un sofá nuevo me regaló, porque mi casa era un desastre por extensión. Pero con miedo, mi herma es otra, es más difícil de llevar. Desde la primera cadena entró en pánico. Ha sentido los síntomas un par de veces. En ambas ocasiones la he tranquilizado con información comprobada y se le pasan los síntomas. Desde la llegada del COVID-19 la vida es diferente.

Tres de mis malandras mascotas.

No me quejo de mi hermana sino de sus manías. ¡Dios!

Mi sobrina -cuya rebeldía secretamente secundo- y yo, entramos en RPH (régimen de permanencia en el hogar), tenemos que bañarnos todos los días, lavarnos las manos compulsivamente. Y escondernos para tocarnos los ojos o la nariz. Además de limpiar y recoger la casa todos los días como si fuera fin de año. Eso es extremo, la pulcritud así, es extrema pero es. He sido designada como la compradora familiar. ¡Qué peo volver a entrar!… Debo desnudarme en la puerta. Colocar los zapatos en un recipiente con cloro, la ropa en un tobo. No puedo tocar nada. Y tras lavar las llaves y las puertas, quitarme el tapaboca y los guantes. Desinfectar la compra y pasar directo al baño. Sólo entonces vuelvo a ser su hermana. Para completar, tengo 2 perras y 2 gatas, 4 malandras híper consentidas, que están encima de mí todo el tiempo. No ha sido fácil sobrellevarlo, pero creo que como en toda relación, la clave son los acuerdos.“Máxima paciencia, máxima sabiduría” como dijo nuestro Presidente.

TATUN GOIS / CIUDAD CCS