CRÓNICAS PANDÉMICAS | Ventanas, silencios y zurcidos

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Amalia de Rosado muy feliz y paciente en la confección de las mascarillas.

Resulta que mientras la gente limpia a fondo el hogar en esta cuarentena, yo hago mascarillas gratuitas y trabajo en la oficina, desde la casa. Pero creo que le dedico mucho tiempo, junto con Amalia, a la confección de tapabocas.

Sólo me da tiempo de hilvanar sueños noche y día. De pensar en la posibilidad que podemos tener muchos de salvarnos del virus. O morir.

Pienso en la muerte. Leo La legión extranjera de Clarice Lispector. Oigo mucha música y mi ser se acopla a su sonido, me dejo llevar. Esa música que escucho me da serenidad. Esto, en vista de que parece que no puedo con mi propio silencio, y no sé si es porque mis vecinos, o se levantan muy tarde (duermen), o están muy tristes, porque no se los oye. Sólo se escuchan las aves. Me paso el día luchando con ese silencio o dándole música. (¡Mi silencio se alimenta de música!). Alimento con alpiste a mis pajaritos que gozan de plena libertad. Espero, (y no aparece), el arcoiris que en las tardes solía entrar por mi ventana. Preparo desayuno y almuerzo. Duermo tranquila, pero me levanto a las 3 de la mañana creyendo que falta muy poco para que amanezca. Entonces me levanto y me asomo a la cocina para ver las ventanas vacías de mis vecinos, oscuras y muy solas pero, sobre todo, muy silenciosas. Escucho el silencio de la madrugada. Todos duermen, aparentemente. Antes de que ellos vayan a la cama yo les pongo música que los tranquiliza. Porque es temprano, tipo 7 de la noche, y ellos parecen escuchar el sonido de mi alma: jazz, soul, blues, bossa nova, mantras, zen o lo que llamamos comúnmente “música suave”. Y llego a ponerles hasta los cuencos tibetanos, a eso de las nueve. Y todos se quedan tranquilitos. Empiezan a apagar las luces. Duermen. Y les pongo música de relajación. Siguen durmiendo.

***

Mi vecina quedó muy contenta con su tapaboca.

Todo esto pasa mientras espero el momento de ir a confeccionar las mascarillas con Amalia, la modista. Calculo que ya hemos hecho como cincuenta solo para los vecinos, sus allegados y amigos. Y no dejo de preguntarme ¿cómo terminará esta historia?

En las tardes bajo al piso de Amalia y entramos directo a su sala de costura. La primera vez yo lleve mi patroncito y la mascarilla original. Ella lo midió para probar su exactitud, lo comparó con el original y lo aprobó. Luego vi el zurcido paciente de sus dedos. El hilvanar de las agujas en la tela y su sorprendente destreza en el manejo del hilo, agujas y alfileres.

Con Amalia aprendí la diferencia que hay entre una costurera y una modista. La “costurera” era yo.

Ella tiene el cabello hermosamente blanco. Lleva 89 años llenando de vitalidad y amor su ser, lleno de tristezas pasadas. Amalia es malagueña. Posee una fuerza interior insuperable. Tiene una pierna enferma y eso la hace andar entre pasos cortos y una silla de ruedas. Me sorprendió que ella no se impaciente por ver el resultado final. Y como no tengo paciencia, me pierdo y no atiendo bien sus enseñanzas. Escucho sus historias acerca de su difunto esposo y de las enseñanzas de su madre, que la formó sumisa, en plena Guerra Civil y durante la dictadura franquista.

Amalia me dijo que el principal ingrediente de la costura es la paciencia. Paciencia, me dijo, mientras yo miraba sus manos de sabia. Amalia me enseñó cómo zurcir un sueño, cómo hilvanar el hilo en la confección de un trajecito que quede a la altura de la gente que más lo necesita. Y cómo hilvanar la vida.
Paciencia.

22 al 28 de marzo de 2020.

TERESA OVALLES MÁRQUEZ / CIUDAD CCS