EDITORIAL | “Palo al tiburón”

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No es fácil concentrarse en un solo tema en Venezuela. Mientras cada nación anda pendiente de su tragedia particular (no creo que en algún país de la comunidad europea se preocupen en este momento de nuestro petróleo) el complejo industrial militar norteamericano decide que la amenaza para ellos no es el coronavirus, es Venezuela. Porque Nicolás Maduro Moros, presidente constitucional de la República Bolivariana de Venezuela, es un narcotraficante que surte de cocaína a los 300 millones de habitantes de Norteamérica. ¡Vaya patraña!
Para el gobierno de Estados Unidos es más importante en este momento ocuparse de la adicción de sus gobernados, que del aumento exponencial de los casos de coronavirus en Nueva York. Y para ello enfila sus barcos hacia nuestras costas, para controlar a los carteles mexicanos porque Maduro es el responsable. Es decir que la droga que vende Colombia a los carteles mexicanos es controlada desde Venezuela, pero Duque -que sí es pana de los narcos- y que sí tiene montado un narcoestado que tiene a ese país hecho un desastre es el Santo Niño de Atocha, según el Comando Sur.

Y resulta que el “país narcoterrorista” está siendo asistido y asesorado por chinos, rusos y cubanos, bajo la lupa de la Organización Mundial de la Salud, que no es ni de cerca una institución socialista. Y ese mismo país en el día 17 de su cuarentena registró un caso solitario por el coronavirus. Mientras, aterriza en Nueva York un avión ruso con ayuda, a lo que Trump respondió que es very nice. O sea que los rusos son “estupendos”. Y resulta que ese avión llega porque la crisis sanitaria ocasionada por el número de muertos víctimas del COVID-19 en Nueva York ha rebasado a las autoridades, el presidente gringo estima que si son 200 mil los muertos, ellos pueden sentirse satisfechos y felices. Pero aun con esa amenaza encima Trump decide enfilar su maquinaria de terror y muerte contra Venezuela. Uno lo oye y recuerda las más 100 mil personas destrozadas por la bomba lanzada por los gringos sobre Hiroshima y Nagasaki. Los japoneses fueron sometidos para siempre a punta de miedo. Si usted lee una novela de Murakami, se da cuenta que la transculturización no fue solo aquí en América. No solo los usaron para probar la letalidad de la energía nuclear, también les robaron la vergüenza.

Pero lo que resulta sorprendente es que los gringos insistan en decirnos qué hacer. No nos interesan sus propuestas. No tienen nada que aportarnos en cuanto a nuestra situación política, salvo que deroguen sus criminales medidas coercitivas. No queremos saber qué piensan. Queremos que nos dejen en paz. Que se ocupen de sus asuntos, de su problema epidemiológico, de su gente que está viva y necesita ayuda. Solo eso esperamos de ustedes. Arranquen. “Si lo ven que viene, palo al tiburón”, canta Rubencito. Sigamos.

MERCEDES CHACÍN