El mercado

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Si hay lugares apasionantes de esta ciudad, los míos son el cementerio y el mercado; aunque conozco, como paciente y paseante reciente algunos centros de salud que me parecen de película.

No voy a echar el cuento del cementerio. Para mi asombro la última vez que fui, la hija de un difunto se quejaba: «si la semana pasada lo enterramos, ¿cómo es que ahora no tiene cabeza?». Y la historia se hace larga porque quise saber y terminé escuchando la defensa de los santeros que viven en algunos monumentos del campo santo.  Y no pude saber quién es quién en el Cementerio General del Sur porque la hora de salir me tiraba de la camisa.

Pero, digo, que hoy no me toca echar ese cuento. Porque el mercado mayorista me apasiona en este momento mucho más. Hasta sentir casi el vicio de romper la cuarentena para ser testigo diario de lo que allí sucede.

El martes fui y el sábado volví a comprar víveres y logré entrar casi amaneciendo. Ya sé que en la casa con dos cajas del Clap podemos sobrevivir unos cuantos días. Pero comprar vegetales es una experiencia que cambia día a día. Y a algunos vecinos les he dicho: voy al mercado, ¿quieres que te traiga algo? Y esto siempre me da la obligación de ir.

Si vas con tarjeta de débito vives de una manera, pero si vas con efectivo vives más. Deambulo por toda la playa. Cada quien anda con su tapaboca, pero el gentío comprando hace imposible el asunto del distanciamiento social. Por lo que si un sitio es necesario y peligroso en estos momentos es un mercado de alimentos.

Siempre me pregunto por qué si es tan fascinante el mercado, no se hace un espacio más amable para la exhibición, como un centro turístico. Pero acepto que las ventas que se levantan sobre gaveras y tablas en la madrugada; con carretillas enormes yendo y viniendo; y el vocerío a veces insolente, a veces insinuante o de palabras que amenazan con golpes porque alguien me quitó el puesto, son algo que a mí me parece pintoresco e interesante. Y se ve gente humilde y gente que vive de los humildes porque ponen cierto orden a costa de un diezmo.

Pude ver un camión que descargaba, saco tras saco, y algunos individuos que esperaban a que se cayera alguna papa para recoger; algunas ventas se levantaron luego con esa recolecta; que desde luego es de las que no tienen punto de venta y colectan con más facilidad el efectivo escaso a cambio por precio de remate.

Los edificios, que son como un misterio porque parecen vacíos y el dinero parece moverse en los locales con vista a la calle y en la playa, me llaman siempre la atención; no por los locales que están a la vista, agencias bancarias, abastos, carnicerías. Alguien me contó que dentro hay bares, licores de todo tipo y hasta camas para el placer. En un pasillo oscuro no pude comerme una empanada porque no tenían punto. Ciertos placeres se mueven con efectivo. Un guardia corrió inesperadamente de donde me encontraba, y tomó a un muchacho que hablaba manoteando. El que atendía la carne nos dijo que el militar no le iba a hacer nada, pues pertenecía a una banda, la dueña del mercado. El comprador vecino me dijo que para vender en el mercado, si vienes con un camión tienes que bajarte de la mula. Pero uno entra, como yo, sin mayor profundidad y eso, por más que te atraiga, no es lo que puedes ver en esa gran fiesta de campesina.

Puedes encontrar algún pepino a veinte por ciento de lo que lo venden fuera del mercado, lechosas de todo tipo rematadas al menor y al mayor; los camiones de auyama o de patillas; los pescados sin limpiar de todas las variedades. Todo es lo que se pueda comerciar sin que la higiene sea un requisito, porque nada hay más desaseado que los riitos de la zona pescadera cuando ese tipo de proteína está en el día de su abundancia. Nadie usa uniforme, ni guantes, ni gorros, pero el sábado no faltan las mascarillas, y la tarjeta de débito es un peligro que anda relacionando a la mayoría de los vendedores y compradores.

Compré pescado. Aunque no conseguí sardinas. El carrito lo fui llenando de cosas hasta que ya no podía resistir, sabía que me exponía al riesgo de que se rompiera alguna rueda y me tocase cargar con todo ese peso, pero la sensación de estar entre la gente me producía un placer tan grande que decidí quedarme como una hora más contemplando el espectáculo de las ventas.

No pasó nada extraordinario, digno de contar en esta crónica, más allá de que los rostros, los gestos; la dificultad para andar entre los pasillos; el momento de la decisión de una compra o su evasión me parecen algo que echaré siempre de menos esta cierta vida del presente que será seguramente del pasado después de la cuarentena, del cambio con el que toda esta gente aún no se ha topado. Una forma del comercio que puede ser hasta incongruente e inútil: que los compradores de víveres hagamos una hora de viaje para encontrarnos en este desorden de mercado, antihigiénico y barato, porque el resto de los comerciantes de la ciudad quieren siempre sacarle el jugo a las mercancías que compran al mayor pero las venden como si no vinieran de este mercado de mayoristas. Porque los supermercados son poderosos centros de especulación en materia de vegetales y frutas; y allí no parece haber participación contable estatal. Por eso es imposible entrar sin mucho dinero en un Excelsior Gama o un Plaza, por eso siempre están vacíos los Central Madeirense; y es un fiasco ir a comprar a un mercado Clap o a un Supremo, que son buenos locales mal gerenciados y que no compiten con los tarantines de los minoristas, que instalan sus ventas en las aceras de la ciudad. El coronavirus obligará a reinventar, porque o inventamos o erramos.

Gabriel González