El beso, entre candideces y pasadeces

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¿Sabes lo que es un beso, vida mía? / un beso es la esperanza, la aventura / es del alma la íntima armonía / la suave vibración de una ternura. / Un beso es una ilusión, una poesía / es un rayo de luz del alma pura / es un alma en dos bocas confundida / es todo el corazón, toda la vida”. Estos versos son de Sindo Garay, uno de los compositores más prolíficos de la música cubana. En Venezuela mucha gente lo recordará en la portentosa voz de Argenis Carruyo, con el respaldo de la Dimensión Latina.

¿Hermosa definición, verdad? Adecuada para hablar del tema con gente de “cierta edad”, porque para nuevas generaciones se hacen necesarias otras referencias. Y es que piezas sobre besos es lo que sobra en los cancioneros de todos los tiempos, incluso en los actuales, cuando las obras musicales de moda usan un lenguaje tan explícito, que la noción de un simple beso parece una cosa de bobos.

Por ejemplo, en el tema de trap de Criss Ft, el Inmortal, el beso es un trámite: “Solo yo te pido a ti un beso / para adelantarnos al proceso / empezar a calentarnos para el sexo / lo único que quiero es un beso / después de que entres en calor / me encantas bañadita en sudor”, dice, y uno compara esa lírica con aquello de “la ilusión y la poesía” y dice que, bueno, son otros tiempos, aunque los besos, a fin de cuentas, sean parecidos.

No pasa solo con la música. En otros campos, el beso tiene esa misma capacidad de provocar las frases más poéticas y las más escatológicas; candideces muy cursis y pasadeces de toda calaña. Así, vemos los besos más folletinescos y los más pornográficos en la poesía y la narrativa, en el cine, en las artes plásticas y, obviamente, en la vida real. Si tenemos suerte, también podemos experimentar esa variedad tan tentadora.

Si nos vamos por el lado de la ciencia, es obvio que en pandémicos días como los que corren, un beso sea una acción estrictamente prohibida, debido al alto riesgo de contagio, inclusive en su versión más diplomática y de relaciones públicas, que es la del saludo cotidiano entre amigos y compañeros de trabajo. No obstante, en condiciones normales, la ciencia le otorga al beso un rango casi de panacea, de remedio que cura cualquier mal.

Una muy somera explicación neurológica del proceso que ocurre cuando besamos (o nos besan o las dos cosas al mismo tiempo, que es lo mejor) es suficiente para concluir que funciona de manera muy parecida a una droga.

Resulta que la juntura de bocas activa el cerebro, específicamente el núcleo supraóptico paraventricular del hipotálamo, y más superespecíficamente, la neurohipófisis, glándula en la que se elabora (gracias a unas células muy peculiares, denominadas neurosecretoras magnocelulares) la hormona oxitocina, que produce sensación de bienestar y que está asociada a muchas de las cosas agradables y sabrosas de la vida, como el amamantamiento de los bebés, el contacto físico y el orgasmo. (Bueno, también está asociada al parto y esa, al parecer, es la causa de que casi siempre, a pesar de ser tan doloroso, termine generando placer).

La forma como esta hormona inunda el torrente sanguíneo tras el contacto de labios y lenguas es algo tan complejo que de solo analizarla uno puede llegar a la conclusión –muy poco romántica, por cierto- de que el amor es una cuestión de bioquímica.

Resulta que la oxitocina es un neuropéptido, llevado por una neurofisina (una proteína transportadora) a través de las neuritas de las células hipotalámicas. ¿Se entiende?… No se preocupe porque solo lo entienden los neuroquímicos, y, si me acepta un consejo: no se ponga a pensar en eso cuando esté en pleno beso porque puede pasar que la neurofisina se agote a mitad de camino.

Ahora bien, no vaya nadie a pensar que, merced a la oxitocina, el beso es una droga suave. Los investigadores han determinado que cuando son apasionados, los besos también liberan adrenalina, que es una cosa más fuerte, vinculada al miedo y al instinto de supervivencia, por lo que eleva el ritmo cardíaco, la tensión arterial y hasta el azúcar en sangre. Una nota fuerte, pues.

Y así, guiados por las sustancias gobernadas en los sesos (aunque la fama la lleve el corazón), vamos por la vida repartiendo besos, algunos más y otros menos, claro, como ocurre con todo.

En la niñez, los afortunados recibimos los de nuestra madre. Los más afortunados, también han tenido los de las abuelas. Los que no han sufrido los rigores de las ausencias o de los prejuicios, han sido besados por padres y abuelos, que dan besos de otro tipo, pero también importantes.

A partir de cierto momento, el beso se convierte en exploración de montañas, abismos y laberintos, parte del despertar a una vida alucinante. Sobre la mítica emoción del primer beso se han vertido mares de palabras, tanto en obras literarias que han perdurado, como en los diarios íntimos inéditos y también en las confidencias que se intercambian con las amistades más entrañables: las de los primeros años.

Esa emoción, por cierto, tiene un extraño atributo: puede repetirse, a pesar de ser algo “de la primera vez”. Se repite, ciertamente, cuando la boca con la que coincide la tuya es la de quien –al menos en ese momento- te parece el amor de tu vida.

En el ciclo de la existencia, a los afortunados (insisto en esto) les toca luego la gran emoción de besar a los hijos. Y los todavía más afortunados, hasta tienen la oportunidad de besar a los nietos.

Hoy, en tiempos de tapabocas y saludos con el codo, solo queda rogar al cielo para que de nuevo podamos besarnos en las diversas formas en que eso es posible y según el nivel de oxitocina que se nos derrame en el cuerpo. Por lo pronto hay que conformarse con un ¡mua! o un emoji.
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Elige tu beso

Al nombre beso se le han puesto infinidad de apellidos, lo que demuestra su universalidad y omnipresencia. Hay besos cándidos y apasionados; blancos y negros; de lengua y de piquito; en la mejilla, en la frente, en la pata de la oreja; de fuego, de hielo, brujos y callejeros; de coco y de yuca; de guerra y de paz; largos y cortos; eróticos e hipócritas; de telenovela y de los que el viento se llevó; dulces, amargos e insípidos; de bienvenida y de despedida; de ruptura y de reconciliación; de vida y de la muerte; fáciles y complicados; que matan y que enredan; cuerdos y locos; de sangre y de lágrimas; de tornillo, de vampiro y con mordisco incluido; al aire y soplados; bajo la lluvia y bajo las sábanas; franceses, esquimales, rusos, filipinos e italianos; célebres y olvidados; gay y lésbico; entre políticos y entre deportistas; inesperados y previsibles; juguetones y demasiado serios; robados y regalados; nuevos y de segunda mano; castos y tántricos; tímidos y devoradores; con música y con efectos especiales; del hombre araña y de la mujer araña; que liberan y que esclavizan; exclusivos y a tiempo compartido; de antes, de durante y de después; el que nunca te dieron y el que no deberías haber buscado; el de cuando éramos felices y no lo sabíamos y los de tiempos de cuarentena que son de Twitter, de Facebook y de Whatsapp.

CLODOVALDO HERNÁNDEZ