Una cuarentena para mirarse por dentro

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Los hijos son un cable a tierra. Fotos Adriana del Nogal

Cuando la pandemia asomó la cabeza en Venezuela y el presidente Maduro dijo: “Vamos a cuarentena”, o a distanciamiento social, creo que dijo, nosotros en casa ya teníamos alguna noción de lo que eso significa.

Gisela, mi mamá, sufrió hace siete años un accidente que le cambió el ritmo a su vida. A ella y a nosotros, a todos en la casa. Sucesivas operaciones no han podido devolverle la motricidad que tenía otrora.

Ese día mi mamá, con un tilín de amargura, no mucha, exclamó:
“¡No hombre, gran vaina! Yo ya tengo siete años encerrada”.

Yo la miré como con ternura y algo de amargura también, una poquita de ella. Que si algo hemos aprendido en todo este tiempo es a no estacionarnos en el dolor.

Desde hace siete años mi mamá permanece en una suerte de semiaislamiento. Las secuelas de una seudoartrosis, sumadas a las carencias económicas por las que hemos transitado todos los venezolanos desde hace ya varios años, no hacen posible que ella pueda relacionarse de manera activa con la vida fuera de los muros de la casa.

Es decir, no hay carro, no hay dinero para taxis y no hay otros medios de movilización disponibles, salvo una silla de ruedas para una ciudad donde las aceras y las barreras arquitectónicas son obstáculos muchas veces insalvables.

En fin, ir a un banco, a una farmacia o a la panadería, o a la peluquería a hacerse las uñas (porque Gisela primero muerta que sencilla), son actividades que mamá tiene negadas hace un buen rato. Quienes vivimos con ella tratamos de facilitarle algunos medios para que eso no le resulte tan difícil de llevar. Y así ha sido durante siete años. Casi una década de un camino que nos ha exigido mucha destreza emocional.

Sin embargo, un cable a tierra nunca ha faltado. Gracias a la tecnología, mi mamá le toma el pulso al mundo exterior. Con su teléfono se mantiene informada y es usuaria activa de las redes sociales. Comenta, analiza, y a veces peca de “exceso” de información. Tal como nos está pasando ahora a buena parte de los habitantes del planeta.

Acostumbrarse a estar en casa, porque las circunstancias no te permiten salir al mundo exterior, hacer lo que siempre hacías, frecuentar los sitios y las gentes que siempre te esperaban, no es sencillo. Es duro asumir que los escasos metros de tu vivienda serán, desde ahora y quién sabe hasta cuándo, tu único paisaje. Es un proceso que toma un tiempo y tiene etapas.

Afortunadamente, Gisela siempre ha sido una mujer fuerte. Detrás de sus hermosos ojos verdes se esconde una gata brava, arrecha, que si te hace falta te suelta un arañazo. Ese temple, ese espíritu inquebrantable, ha sido su principal insumo para salir adelante, para doblarse sin quebrarse, para no rendirse, siempre, o casi siempre, con fuego en la mirada y las uñas afiladas.

Gisela ya lleva siete años de aislamiento social.

Cuestiona, que algo queda…

Con el confinamiento de mamá, y con este que ahora debemos enfrentar para salvarnos y salvar a los demás, hemos sorteado abismos, peligros, oscuranas y el nacimiento de días más luminosos. Hemos tenido que asomarnos a conceptos e ideas concebidas y cuestionarlas.

Yo le decía una vez a uno de mis hermanos que temía que el encierro de mamá terminara pasándole una factura a su salud emocional.
“Porque es que estar metido en cuatro paredes, esa vaina no es normal”, le decía.

Y ha tocado cuestionarnos. Y cuestionar lo que te rodea. Qué es la normalidad, qué significa ser normal cuando no puedes cumplir con esa normalidad. Te toca “hacerte una normalidad”. Te toca darle forma, tus formas, a esa nueva normalidad, a esa realidad.

Hay que “reinventarse”, como dicen ahora los coachs, figura muy frecuente en los deportes, pero que ahora pulula en redes sociales desde donde intentan acomodarles la vida a los demás.

Sacar fuerzas de flaquezas porque lo otro es sucumbir. Lo otro es abrirle la puerta a un sentimiento de devastación que no tiene ninguna utilidad, salvo la de hacer más difícil todo. Y eso lo aprendió mi mamá durante estos siete últimos años.

Y nos lo transmitió a quienes vivimos con ella. Cada día de estos siete años han sido un aprendizaje, a veces doloroso, otras gozoso. Con su ejemplo, con su historia, con su palabra, aprendemos de Gisela.

Aprendemos sobre la paciencia, el amor, la empatía, el respeto por el dolor ajeno. También aprendemos sobre nosotros, de nuestros límites, de qué y de cuánto somos capaces. Tomamos conciencia sobre lo que esperamos de la vida.

A veces somos muy exigentes con eso que llamamos “vida”, la existencia. Queremos trascender, ser geniales, ser imprescindibles, “ser alguien en la vida”, como reza ese lugar común tan odioso. Y en ocasiones la vida es más sencilla, vamos, siempre es más sencilla la vida.

Pepe Mujica (y miren que ese señor sabe de encierros) dijo en una entrevista reciente, a propósito de la pandemia del coronavirus, que este es un tiempo para hablar con el que uno lleva por dentro, galopar en la subjetividad. Yo creo igual.

Este tiempo quizá no desemboque en una revolución definitiva. Probablemente el capitalismo retome nuevos y nefastos bríos. Este trance será quizá la cimiente de algo nuevo, no sabemos si mejor, es muy temprano para saberlo. Eso también ha tocado aprender. Que el tiempo de los procesos no es el tiempo de nuestro tránsito por el mundo.

Cada quien gestiona su confinamiento como bien puede y con los recursos que tiene. Sin embargo, es bueno asomarse a lo interno. Es bueno a veces verte obligado a enfrentarte. Algunos nunca lo logran porque la velocidad no los deja.

ADRIANA DEL NOGAL / CIUDAD CCS