CONVIVIR ES VIVIR | Confinado en el confín con fin (ojalá feliz)

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1.
Estoy muy lejos de casa. Llegué a este confín, tierras de mis ancestros, por motivos de salud, por culpa de un accidente, hace más de 20 años, que no debió nunca producirse, cuando nuestra república no era ni de tercera, sino de cuarta. El mal crónico hace crónica en mí desde entonces. Superado los dos últimos embates, y mientras miro con telescopio el horizonte, a ver si te veo país, a ver si los veo gente, a ver si te veo Gradillas, llega esto. Confinado en el confín. La vida es muy extraña.

2.
Miro a mis hijos y me veo a mí. Les tocó ser, de un modo u otro, protagonistas del primer virus, de connotaciones bíblicas, o demoníacas, si se quiere, de sus vidas. A mi generación le antecede uno quizá más dramático (no todo pasado fue mejor) que es el Sida. Corrijo: Quizás se asemejan mucho. En ambos, en plena eclosión, expansión y primeros conocimientos, no se podía amar de cerca sino de lejos, a la distancia. Tanto para uno como para el otro se implantó, como práctica, un plástico, una película, una tela, un fieltro, una delgadísima línea divisoria entre uno y otro. Disculpen el tono trágico pero este presente obliga: no te puedo ni quiero dar todo lo que soy, y no puedes, ni quieres, recibirlo. Vaya porosidad amorosa. La vida es muy extraña.

3.
Permítase la rebuscada paradoja, -pero simultáneamente muy sencilla en su simbología-, pero es curioso, por lo menos, que luego de dedicar una buena parte de la existencia a la búsqueda de “desenmascarar” al Otro, se pida ahora que nos “enmascaremos” todos por nuestro propio bien y el de los demás. “Ponte la mascarilla, por favor, no se necesita verte el rostro completo para saber quién eres”. O, en todo caso, y lo que sería peor, “no necesito saber qué eres o quién eres”. Queda atrás, entre muchas otras cosas, el tango El corso: “No finjas más la voz, abajo el antifaz. / Tus ojos por el corso, van buscando mi ansiedad… / Descúbrete por fin… tu risa me hace mal. / Detrás de tus desvíos, todo el año es Carnaval”. La vida es muy extraña.

4.
Como ya se sabe, las primeras muertes en Europa a causa de este virus se contabilizaron en Italia, en Lombardía y Veneto. Para finales de febrero ya se sabía en ese país que el paciente 0, según los investigadores era un italiano que había estado en Shanghái (China) y que luego regresó tranquilamente al país. Al parecer este paciente 0, que se encuentra aún hospitalizado porque se le siguen realizando todo tipo de pruebas, regresó con una cantidad insignificante de virus en su cuerpo pero con una temible capacidad de contagio. Por eso este paciente 0, asintomático, hizo lo que conocíamos hasta ayer como una vida normal: estuvo con amigos, con los cuales almorzó y cenó, tomó seguramente un café, participó en dos carreras populares y quizá, aunque no se sabe, tuvo un encuentro amoroso (lo llaman algunos contacto carnal) con alguien. De esta buena vida nació, al menos para la historia médica, el paciente 1, un hombre de 38 años, oriundo de Codogno, quien ya contagiado asistió a trabajar con normalidad junto a una nómina de 150 empleados. No faltará quien arriesgue y entre legítimas razones que, a veces, el Mal lo trae el Bien. La vida es muy extraña.

5.
También ya se sabe, pero ahora, que Alemania simuló cómo sería un virus con características similares al actual en el 2012. Qué protocolo de cuidado seguir, qué política(s) sanitaria, preventiva, de control y de sanación aplicar, y seguramente qué decir a la sociedad y qué callar. Cuando anochece no puede uno eludir vincular lo anterior con la negación de los vecinos alemanes a aplaudir, en señal de agradecimiento, al personal sanitario. “Sería demasiado cinismo hacerlo, ellos son siempre los olvidados a la hora de los reconocimientos socioeconómicos”. La vida es muy extraña.

6.
En días de posverdad, algo que algunos, tal vez muchos, no entendemos muy bien, poco a poco van viniendo en Europa, los días del posvirus. Aún son centenares los muertos, aquí y allá, día tras día, y ya está en la agenda de los gobiernos cómo volver a la “normalidad”, cómo volver este hoy al ayer. El capital no descansa. La llaman “la nueva normalidad” (cuidado, no es inocente la contradicción). El dilema está, dicen, en que si persiste el confinamiento la vida no acabará por problema de salud sino por problema de economía. Sorprende que aún haya tantos que defiendan este sistema-mundo actual. No estábamos, no estamos, equivocados cuando en ese rincón maravilloso del trópico, llamado República Bolivariana de Venezuela, se propuso, se propone (experiencias ya hay, claro que hay, pero faltan más que más, muchas más), la vida comunal. En comuna, en el bien común, la vida no es tan extraña.

7.
¿Qué nos viene? ¿Qué es lo que viene? ¿Qué nos toca? ¿Qué debemos hacer? A sabiendas que vivimos en días de una incertidumbre aplastante, totalizadora y de apariencia concluyente, se pergeña aquí, con la modestia del caso, una única certeza: Debemos acercarnos más entre nosotros. El cómo hacerlo es el reto. Siempre ha sido ése el reto. Pensemos.

RUBÉN WISOTZKI
CIUDAD CCS