La verdad del día

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Día del Idioma, Día del Libro. Ayer 23 de abril fue el “Día de la Palabra”. Quienes tenemos el privilegio de trabajar con y para la palabra, la vemos como ve una cocinera, digamos, la sazón, el sofrito. Sin la palabra no hay idioma, no hay libro, no hay poesía, no hay poemas de amor, no hay canciones, no hay… La palabra no pasa de moda, la mutan, la perturban, la intentan asesinar, le ponen ropajes para ocultarla, la limitan… Sin sazón la comida no es nada.

Antes, cuando el papel no existía, la palabra era lo único con lo que contaban los seres humanos para cerrar tratos, llegar a acuerdos, intercambiar bienes, “comprar” y “vender”. Con la llegada del papel, a la palabra se le agregó una rúbrica, un nombre que se legitimaba con la tinta, con la palabra escrita. Y el mundo se hizo de billetes.

En el mundo global, este de las comunicaciones, estar aquí o miles de kilómetros más allá al mismo tiempo, diciendo, cantando, hablando… es muy fácil. Es tan fácil que ese falso don de la ubicuidad puede llegar a ser perturbador. La palabra no es que no valga nada, es que no se le invoca como tiempos ha. No hay últimas palabras. ¿Quién tiene la última palabra? ¿En qué lugar está su palabra? O mejor aún, ¿ha tenido usted alguna vez la última palabra? ¿Desde qué lugar, exactamente, me quiere convencer de su palabra? ¿Es verdad que la pandemia necesita cuarentena? ¿O es falso? ¿Qué palabra es la que tiene mayor credibilidad? ¿La de Trump, la de Bolsonaro, la de Andrés Manuel López Obrador? ¿La de Boris Johnson? ¿O habrá que prestarle atención a Tedros Adhanom?

¿Qué pasa cuando los hechos niegan las palabras?

Para quienes trabajamos con el periodismo, para quienes trabajamos con la palabra, las mentiras son un accidente desgraciado. ¿De qué sirven las palabras si son mentiras? ¿Qué siente un “periodista” cuando está escribiendo una noticia que sabe que es falsa? Es una mentira igual a la del niño que miente para salvarse de una reprimenda. Miente el amante, la amante para causar dolor y para lo contrario, miente el político para ganar voluntades y luego faltar a su palabra, miente la hija para no causarle más dolor a una madre, miente la madre para lo mismo. Algunos llaman a algunas mentiras, mentiras blancas y nadie ha dicho de qué color son las mentiras más peligrosas.

Algún mentiroso le puso un remoquete al otro: Mentira fresca. La mentira tiene piernas cortas. Y uno se imagina al mentiroso caminando con tocones. Tocones, repito, no vaya a creer el amigo corrector que son tacones.

Ayer fue 23 de abril, Día del Idioma, Día del Libro, Día de la Palabra y es muy fácil cerciorarse de que la palabra está en entredicho. En el mundo de la palabra la mentira se codea con desparpajo con la verdad. Las noticias falsas bien pudieran monitorearse en un contador como el del precio del crudo, que ahora es famoso porque no vale nada. ¿Cuántas mentiras has leído hoy? Y no es, por desgracia, una pregunta retórica. Un instituto de comunicación, vinculado con la derecha, hoy nos manda unos tips para que descubramos rápidamente cuándo una noticia es falsa. Eso es como la negación de la negación. ¿Acaso es verdad que están preocupados por la mentira? ¿Cómo creer a una fábrica de mentiras? ¿Creerles? “La verdad os hará libre”, dicen que dijo Dios, que dijo su hijo y que los apóstoles dijeron. ¿Será verdad? Sigamos.

MERCEDES CHACÍN