PERFIL | Día de la gran cosa llamada Tierra

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En ese afán tan posmoderno de designar un día internacional para cada cosa, hace algunos años se acordó en las Naciones Unidas que el 22 de abril es el Día Internacional de la Tierra, es decir, el día de la gran cosa, esa donde están todas nuestras demás cosas.

Antes de ser internacional, fue algo de Estados Unidos, una especie de subproducto de la cultura hippie de los 60 y de la ola de protestas generada por la guerra de Vietnam, pero luego, gracias a que –imperio, al fin y al cabo– todo lo de EEUU, incluso lo contracultural, se impone, terminó por convertirse en una fecha avalada por la ONU.

En los últimos años, esta especie de cumpleaños planetario ha sido una ocasión para que los chamos en las escuelas hagan esferitas azules de papel maché o dibujen al mundo con cara de gente risueña; para que los militantes del ecologismo salgan a limpiar playas; para que Google se invente un doodle ahí, todo fumao; y para que cualquier persona natural o jurídica intente aliviar su conciencia y, de paso, conseguir unos “me gusta” en las redes sociales, enviando mensajes conservacionistas del tipo “el planeta somos todos”.

Este año, 2020, la fecha encuentra a la tierra en condiciones muy raras. Con miles de millones de personas recluidas en sus casas; con decenas de miles de fallecidos a causa de un mal desconocido hasta hace apenas unos meses; y con los contagiados contándose ya por millones. Lo que sí no resulta nada raro es que las élites que gobiernan este compungido mundo están buscando la manera de sacar el máximo provecho de la desgracia ajena. En eso no hay nada nuevo bajo el sol.

Se ha hecho tendencia decir que con la pandemia de COVID-19, que ha detenido parcialmente la economía global, el planeta por fin se ha tomado unas vacaciones, razón por la cual el aire está más limpio y las especies en peligro de extinción (salvo la humana) han reaparecido en los ámbitos silvestres. Quienes lo dicen apuntan a la idea de que la verdadera plaga de la tierra es la humanidad. Pero, ¿es así, en verdad? ¿Es cierto que todos los seres humanos somos culpables de que, en apenas unos milenios, este paraíso se haya vuelto un infierno? Incluso, ¿es cierto que la tierra sea un infierno?

La pura verdad es que en los males que hacen al mundo invivible, la inmensa mayoría de los hombres, mujeres y niños no tienen arte ni parte. Resulta que las culpas es lo único que el capitalismo hegemónico global quiere repartir equitativamente. Entonces te dicen que tú eres tan responsable de lo que pasa (por ejemplo, del calentamiento global o de las pandemias) como los dueños de las empresas que explotan petróleo de esquistos o como los accionistas de las farmacéuticas que fabrican enfermedades para luego vender las medicinas. Y algunos –tú no, pero otros sí– salen a repetir tamaña estupidez y a darse golpes de pecho.

Más allá del tema de las culpas, lo cierto es que el modelo civilizatorio que ha predominado, que se les ha impuesto a los pueblos en el devenir histórico, es potencialmente suicida. Para no conformarnos con opiniones pedestres, atendamos a lo que dijo el filósofo Enrique Dussel, en una entrevista para el medio digital Ecoportal, realizada hace casi un año, antes de que apareciera el coronavirus en escena. El pensador descolonial lo explicó de una manera compleja, pero vale la pena ponerse a desglosarla, sobre todo ahora que mucha gente tiene un poco más de tiempo: “El mundo físico, astronómico es entrópico, es decir, va gastando energía y se va degradando. En cambio, la vida es un proceso antientrópico porque va creando cosas nuevas, etapas cualitativas superiores. Las plantas y los animales van reproduciendo la vida porque van sacando lo más de lo menos. Alrededor de lo humano la vida ha logrado su mayor complejidad y un desarrollo todavía indefinido hacia el futuro”.

Dussel advirtió, entonces, que esa característica maravillosa de la vida ha sido contrariada, no por el ser humano en sí, sino por el modelo civilizatorio que se ha desarrollado, pues este es, en cambio, entrópico, es decir, que consume, depreda, traga, gasta y se desgasta. Es ese proceso el que va a llevar a la destrucción del planeta o a la extinción de la especie humana, a menos que cambiemos los usos y costumbres de la civilización.

Se supone que si la humanidad, actuando como lo que es, la especie con el atributo de la inteligencia, quiere modificar el rumbo para evitar el colapso, tendría que cambiar en aspectos sustanciales, como el afán desmedido de ganancias de los más ricos. Pero está claro que ni siquiera con el susto de una pandemia global han considerado pensar en esa opción. Quien tenga alguna duda, que revise lo que han dicho Donald Trump y otros gobernantes de su estilo.

Algunos futurólogos afirman que lo que está pasando es apenas un preludio y que el peligro más grave deriva del cambio climático. Pronostican que cuando empiecen a producirse los efectos más radicales (cosa que ocurrirá muy pronto, dicho sea de paso), se vivirán tiempos parecidos a los actuales: habrá una sensación de sálvese quien pueda (o quien tenga con qué salvarse); los gobiernos de los grandes países se harán los locos o culparán al Programa de la ONU para el Medio Ambiente por no avisarles a tiempo (así como Trump culpa a la Organización Mundial de la Salud por el desastre del COVID-19 en EEUU); y los ideólogos del neoliberalismo volverán a empeñarse en hacerles creer a los trabajadores, y a los pobres en general, que ellos también tienen la culpa. Así oiremos al compadre en la barbería diciendo que todos somos responsables por el derretimiento de los polos, porque la humanidad es la peor plaga de la tierra.
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¿Y la Pachamama?

La fecha escogida por la ONU no tiene nada que ver con las celebraciones ancestrales de las culturas relegadas de los pueblos originarios. En concreto, entre los súbditos de la Pachamama, la Madre Tierra de los aimaras y quechuas, ese día debió ser el 1° de agosto.

Las ofrendas a la tierra en esa fecha son muy variadas, pues a ella se le debe todo lo habido y por haber. Una de las ceremonias consiste en excavar un hoyo y meter allí alimentos y bebidas para, simbólicamente, dar de comer y beber a la tierra. Es un ritual de agradecimiento al planeta y un momento relacionado con el cierre de ciclos y el inicio de otros.

Los conocedores aseguran que se trata de un denominador común, no solo de las culturas indígenas americanas que adquirieron mayor desarrollo (en los actuales México y Perú, y en Centroamérica), sino de todas. En Venezuela, donde viven más de 40 pueblos originarios, la devoción por la madre tierra es una característica fundamental de cada uno de ellos.

Como ejemplo, para los wayuu (el pueblo indígena más grande del país), la madre tierra se llama Mma y es hija de Piüüshi, la Gran Abuela, que es “la noche oscura”. Si queremos oír una definición maravillosa de la tierra, sigamos el concepto wayuu de Mma: “Es la deidad que dio origen a todo ser vivo y que, tras cumplirse el ciclo de la vida, alberga todo lo que ha muerto”.

Clodovaldo Hernández